Tanto si habéis visto recientemente la película Contagio, de Steven Soderbergh, como si no, seguro que en alguna ocasión os habéis preguntado cuánto tiempo necesitaría un supervirus en llegar a todos los rincones del planeta.
Los virus son diminutos, no comen, no se mueven, no respiran, y a diferencia de las bacterias, ni siquiera poseen células. Toda su amenaza reside en su poder reproductivo y en su habilidad para insertar material genético en el interior del núcleo de otras células.
Imaginemos que tenemos un virus de la influenza. Como afecta al tracto respiratorio, la tos y los estornudos asociados facilitan su contagio en un radio de 0,9 metros. El virus también debería originarse en una gran ciudad con mucho tráfico aeroportuario, para que se pierda el rastro fácilmente de la cepa originaria.


Por todos es conocido que la madre naturaleza es muy sabia.
Un pequeño porcentaje de pacientes seropositivos puede tener en su organismo la clave para lograr imitar este mecanismo en el futuro. 
Ayer concluyó en Viena la Conferencia Internacional Sida 2010. Los resultados han sido moderados, aunque ligeramente optimistas.
Todos hemos visto la típica escena en la que alguien llega a casa después de una intensa y fría lluvia, empapado hasta el tuétano, y cómo una voz decía: cámbiate de ropa o cogerás un resfriado.
Vivimos rodeados de microbios. Algunos son nuestros enemigos declarados. Otros han firmado una tregua con nosotros.