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Psicología

Ese objeto peligrosísimo que es una escalera (y II): el problema está en el diseño

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Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos sobre los accidentes que producen las escaleras en todo el mundo, el problema reside en el diseño de las mismas.

Sí, es cierto que hay un componente epidemiológico de índole psicológica, motora y hasta cultural (por ejemplo, en Japón hay más accidentes de este tipo en oficinas o centros comerciales que en EEUU porque allí se usan antes que las escaleras que los ascensores y las escaleras mecánicas). También puede haber una falta de atención por nuestra parte, que desarrollaremos más adelante. Pero el diseño de la escalera es fundamental, no solo en el hecho de que nos caigamos o no sino de cómo lo haremos y los golpes que nos daremos antes de detenernos.

Además de una mala iluminación, la ausencia de barandillas, de peldaños demasiado anchos (o estrechos) y descansillos que interrumpen el ritmo del ascenso o el descenso, hay tres características que influyen decisivamente en cómo nos enfrentaremos a una escalera: la contrahuella, la huella y la pendiente.

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El panteón de los cerebros geniales o cortando el cerebro de Lenin en 31.000 secciones

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futurama_cartman.jpg¿Os acordáis del museo de cabezas de Futurama? Flotando en alguna solución protectora, miles de cabezas privilegiadas de la historia permanecen alienadas en los anaqueles del museo, a la espera de que entablemos conversación con ellas. Allí está Chomsky, por ejemplo. O Nixon, ejem.

Algo parecido se llevó a cabo en marzo de 1914, en el Instituto Emperador Guillermo de Investigación Cerebral y Biología General, dirigido por el doctor Oskar Vogt y apoyado financieramente por Fritz Alfred Krupp, el magnate del acero alemán. Allí se empezó a recibir cerebros de personas intelectualmente sobresalientes, sobre todo científicos. Una suerte de panteón de cerebros geniales que acaso serviría para localizar, físicamente, en algún rincón del cerebro, la fuente de la genialidad.

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Las 10 religiones más extrañas del mundo

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simbolos_religiones-7.jpgLa imaginación del ser humano para rellenar sus lagunas de ignorancia no conoce límites. Es capaz de inventar cualquier cosa, por muy extravagante que sea, para calmar sus zozobras espirituales. Y, paralelamente, siempre habrá gente alrededor para sumarse a ese nuevo sistema de creencias, aunque a todas luces quede patente que es la simple fantasía de un solo individuo.

A continuación, 10 muestras del miedo de la gente combinada con su capacidad de organizarse alrededor de cualquier credo. Las 10 religiones más extrañas del mundo:

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¿El amor es para siempre? A veces (muy pocas veces), sí

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love_fire.jpgA pesar de lo que prodiguen los poetas, el amor no es para siempre. Al menos el amor químicamente puro, si se me permite la licencia. Otra cosa es que, tras caducar el amor neuroquímico, una pareja continúe unida y feliz, aunque no necesariamente bajo el manto del amor sino de muchos otros sentimientos similares. El cariño, la camaradería, la complicidad y otros.

Bueno, esto es siempre si obviamos a los mutantes. Porque hay mutantes que sí se pueden enamorar para siempre.

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Dibuja lo que quieras y significará lo que quieras

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31_rorschach.jpgCuando veo por la tele a uno de esos jetas que dicen que, a través de la grafología, pueden adivinar parcelas de tu personalidad, me subo por las paredes. Es algo visceral, pauloviano. Lo mismo me pasa cuando el jeta asegura que tal o cual persona es más o menos culpable de un crimen porque se le nota en el escorzo, en la manera de andar, en la forma de hablar o en su fisonomía. También me pasa cuando alguien te muestra una dibujo sin sentido y te pide que le expliques qué ves tú para sacar a la luz tus más recónditos secretos psicológicos.

La diferencia entre estas pseudociencias y los que miran el porvenir en la bola de cristal son mínimas (ambas carecen de sustento científico), sin embargo las primeras gozan de mucho respeto en los medios de comunicación. E incluso, horror, se han colado en algunos procesos judiciales (y no como forma de peritaje sino como manera de de identificar o describir la personalidad de un individuo e intentar determinar características generales del carácter. Una barbaridad, vamos.

Lo que uno crea que ve en unas manchas no tienen ningún rigor científico, por mucho que exista una Sociedad Internacional del Test de Rorschach. Tampoco prueba nada lo que una persona dibuje, como ya se ha demostrado en numerosas ocasiones. Ya en 1967, por ejemplo, se llevó a cabo un experimento contra esta idea que ya se considera clásico (pero que los medios de comunicación contemporáneos parecen ignorar).

El experimento fue realizado por un equipo de psicólogos compuesto por un matrimonio, Loren y Jean Chapman, de la Universidad de Wisconsin. El estudio trataba de poner en evidencia un tipo de evaluación psiquiátrica muy popular en los años 1960 denominada “Prueba de dibujo de una persona”. Según los expertos en estos dibujos, gracias a ellos se podían detectar todo tipo de problemas, como la paranoia, la sexualidad reprimida y la depresión.

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Según un estudio británico, las mujeres aparcan mejor el coche que los hombres

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Una revisión de imágenes de circuito cerrado de 700 aparcamientos británicos junto con entrevistas con 2.000 conductores sugieren que, al considerarse una serie de factores como el método utilizado y el tiempo empleado, las mujeres están aparcan mejor su coche que los hombres.

La investigación analizó siete áreas, incluyendo la rapidez del conductor en encontrar una plaza de aparcamiento, lo que condujo a ella, cuánto tiempo le llevó aparcarlo, lo mucho que tuvo que reposicionar el coche y el resultado final.

De un puntaje máximo de 20, las mujeres obtuvieron un resultado promedio de 13,4, mientras que la puntuación media de los hombres era 12,3.

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¿Por qué sabemos diferenciar la realidad de la ficción?

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A pesar de que la mayoría de la gente cree que se nos da muy mal diferenciar la realidad de la ficción, por ejemplo creando filtros para evitar que las personas imiten los comportamientos de las películas o achacando que alguien que se lanza desde un sexto piso con una capa roja es porque ha sido mentalmente pervertido por Supermán), lo cierto es que se nos da muy bien diferenciar ambas cosas. Incluso a edades muy tempranas.

La realidad incluso puede ser más interesante y extraña que la más desbocada de las fantasías: el mundo sensible emite en Alta Definición y nosotros todavía andamos con una televisión antigua en blanco y negro.

Precisamente por ello, vivimos en la sociedad menos violenta de la historia de la humanindad (incluso menos violenta que en los lugares donde no llegan las películas no recomendas para menos de 18 años). A pesar de los videojuegos violentos, las películas gore, los granguiñolescos telediarios o el bovino fútbol, la violencia desciende. Porque sabemos separar muy bien realidad de ficción (como prueba, la sociedad japonesa, que compagina productos hiperviolentos con los índices más bajos de crímenes de sangre).

Según un reciente estudio en el que participaron neurocientíficos de la Universidad de Cambridge y de la Universidad de Melbourne, la capacidad cerebral y, más específicamente de la memoria de saber separar y distinguir entre lo real y lo ficticio, podría residir en un pequeño pliegue en la parte frontal del cerebro (surco paracingulado, PCS por sus siglas en inglés).

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Cómo determinadas palabras cambian nuestro cerebro

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Las palabras tienen poderes ocultos, ya sea por el sonido que emiten al pronunciarse como los significados que encierran, así como los lastres culturales que arrastran. Como si fueran palabras leídas en un grimorio por Harry Potter. Los retóricos saben usar algunas parcelas de ese poder, pero existen otras ramificaciones subterráneas que apenas se pueden controlar y que, fonía a fonía, nos desvelan cómo son capaces de modificar nuestra mente gracias a la tecnología de la neuroimagen.

Y eso es especialmente significativo con determinadas figuras estilísticas, aunque, a priori, nos puedan parecer la parte aburrida, academicista, exegética, de pasatiempo de la literatura.

Por ejemplo, el oxímoron. Es decir, usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, que genera un tercer concepto. Muerto viviente, silencio atronador, noche blanca y monstruo hermoso. Según un estudio que investigadores del Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL) de San Sebastián, un oxímoro, así como otras figuras retóricas, generan una intensa actividad en el área frontal izquierda del cerebro, una actividad que no se produce cuando se trata de una expresión neutra o de una incorrecta.

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El mito de que los descubrimientos científicos los realizan los científicos por sí solos

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Hay una serie de ideas que todos llevamos por bagaje. Cuantas más generaciones sobreviven estas ideas, más difícil resulta desprenderse de ellas, ya no digamos cuestionarlas mínimamente. Una de estas ideas es que, en el mundo, hay una serie de personas que son geniales. Que son genios sin mácula. Los artífices de la mayoría de los inventos de la era moderna.

Es una idea muy intuitiva: como solo conocemos un puñado muy pequeño de genios, deducimos que, en efecto, hay pocos genios en el mundo. Pero no nos planteamos que quizá haya más genios que, por algún motivo, no salen a la luz.

Relacionado con esta idea, pervive otra, todavía más contumaz: que los grandes descubrimientos no solo los llevan a cabo estos genios, sino que lo hacen a solas, después de largos encierros en sí mismos, aislados de todos, obsesionados con su trabajo, hasta que, por fin, alcanzan su meta. Pero no nos planteamos que quizá un descubrimiento en realidad no tenga un autor único. Que, incluso, un descubrimiento debe de tener, casi por obligación, muchos autores, como piezas de un gran rompecabezas.

Es decir, que las grandes ideas no se producen exactamente en nuestras mentes individuales, sino en diversos hábitats que apoyan o fomentan las grandes ideas, sobre todo si estamos conectados con otras mentes.

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Síndrome Zombi y otros casos de personas que son zombis de verdad

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Cuando la electricidad era misteriosa, se creía que podría reanimar a los muertos (está vivooo… que diría el doctor Fronkonstin). Tiempo más tarde, Luigi Galvani (1737-1798), profesor de la Facultad de Medicina de Bolonia, quiso demostrar que la electricidad estaba implicada en los procesos vitales, usando para ello un puñado de ancas de rana conectadas a la corriente eléctrica.

Los músculos se contraían, en efecto, pero ello no significaba que estuvieran vivas; ni tampoco confirmaba su teoría fallida de la electricidad animal.

Desde que sabemos más sobre la electricidad, los muertos vivientes modernos de la ficción se animan mediante otros métodos más plausibles: un virus, por ejemplo. Pero no es necesaro recurrir a la ficción para comtemplar un zombi. Ni tampoco a la electricidad. Basta con influir en el cerebro de la gente (y no, no me refiero a ponerles una sesión de doce horas de Sálvame Deluxe).

Por ejemplo, en un artículo que publiqué recientemente, hablé del síndrome de Cotard, un trastorno que obliga al paciente a creer que está muerto, que huele a carne podrida, que ya no tiene entrañas y que, por tanto, puede hacer lo que quiera sin riesgo a morir.

También hay otras formas de crear zombis de verdad mediante una neurotoxina que, en las ceremonias haitianas de vudú, se denomina “polvo zombi” que, según el antropólogo, botánico y etnólogo de Harvard Wade Davis, bloquea las terminaciones nerviosas. Este polvo fue analizado y se encontraron en él varios tipos de neurotóxicos como tetradotoxina, datura metel, datura stramonium y mucuna pruriens.

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