Como os adelantaba en la anterior entrega de esta serie de artículos sobre los accidentes que producen las escaleras en todo el mundo, el problema reside en el diseño de las mismas.
Sí, es cierto que hay un componente epidemiológico de índole psicológica, motora y hasta cultural (por ejemplo, en Japón hay más accidentes de este tipo en oficinas o centros comerciales que en EEUU porque allí se usan antes que las escaleras que los ascensores y las escaleras mecánicas). También puede haber una falta de atención por nuestra parte, que desarrollaremos más adelante. Pero el diseño de la escalera es fundamental, no solo en el hecho de que nos caigamos o no sino de cómo lo haremos y los golpes que nos daremos antes de detenernos.
Además de una mala iluminación, la ausencia de barandillas, de peldaños demasiado anchos (o estrechos) y descansillos que interrumpen el ritmo del ascenso o el descenso, hay tres características que influyen decisivamente en cómo nos enfrentaremos a una escalera: la contrahuella, la huella y la pendiente.

¿Os acordáis del museo de cabezas de Futurama? Flotando en alguna solución protectora, miles de cabezas privilegiadas de la historia permanecen alienadas en los anaqueles del museo, a la espera de que entablemos conversación con ellas. Allí está Chomsky, por ejemplo. O Nixon, ejem.
La imaginación del ser humano para rellenar sus lagunas de ignorancia no conoce límites. Es capaz de inventar cualquier cosa, por muy extravagante que sea, para calmar sus zozobras espirituales. Y, paralelamente, siempre habrá gente alrededor para sumarse a ese nuevo sistema de creencias, aunque a todas luces quede patente que es la simple fantasía de un solo individuo.
A pesar de lo que prodiguen los poetas, el amor no es para siempre. Al menos el amor químicamente puro, si se me permite la licencia. Otra cosa es que, tras caducar el amor neuroquímico, una pareja continúe unida y feliz, aunque no necesariamente bajo el manto del amor sino de muchos otros sentimientos similares. El cariño, la camaradería, la complicidad y otros.
Cuando veo por la tele a uno de esos jetas que dicen que, a través de la grafología, pueden adivinar parcelas de tu personalidad, me subo por las paredes. Es algo visceral, pauloviano. Lo mismo me pasa cuando el jeta asegura que tal o cual persona es más o menos culpable de un crimen porque se le nota en el escorzo, en la manera de andar, en la forma de hablar o en su fisonomía. También me pasa cuando alguien
Una revisión de imágenes de circuito cerrado de 700 aparcamientos británicos junto con entrevistas con 2.000 conductores sugieren que, al considerarse una serie de factores como el método utilizado y el tiempo empleado, las mujeres están aparcan mejor su coche que los hombres.
A pesar de que la mayoría de la gente cree que se nos da muy mal diferenciar la realidad de la ficción, por ejemplo creando filtros para evitar que las personas imiten los comportamientos de las películas o achacando que alguien que se lanza desde un sexto piso con una capa roja es porque ha sido mentalmente pervertido por Supermán), lo cierto es que se nos da muy bien diferenciar ambas cosas. Incluso a edades muy tempranas.
Las palabras tienen poderes ocultos, ya sea por el sonido que emiten al pronunciarse como los significados que encierran, así como los lastres culturales que arrastran. Como si fueran palabras leídas en un grimorio por Harry Potter. Los retóricos saben usar algunas parcelas de ese poder, pero existen otras ramificaciones subterráneas que apenas se pueden controlar y que, fonía a fonía, nos desvelan cómo son capaces de modificar nuestra mente gracias a la tecnología de la neuroimagen.
Hay una serie de ideas que todos llevamos por bagaje. Cuantas más generaciones sobreviven estas ideas, más difícil resulta desprenderse de ellas, ya no digamos cuestionarlas mínimamente. Una de estas ideas es que, en el mundo, hay una serie de personas que son geniales. Que son genios sin mácula. Los artífices de la mayoría de los inventos de la era moderna.
Cuando la electricidad era misteriosa, se creía que podría reanimar a los muertos (está vivooo… que diría