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Las 10 religiones más extrañas del mundo

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simbolos_religiones-7.jpgLa imaginación del ser humano para rellenar sus lagunas de ignorancia no conoce límites. Es capaz de inventar cualquier cosa, por muy extravagante que sea, para calmar sus zozobras espirituales. Y, paralelamente, siempre habrá gente alrededor para sumarse a ese nuevo sistema de creencias, aunque a todas luces quede patente que es la simple fantasía de un solo individuo.

A continuación, 10 muestras del miedo de la gente combinada con su capacidad de organizarse alrededor de cualquier credo. Las 10 religiones más extrañas del mundo:

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Pensar en grupo nos vuelve más radicales o cómo 100 cabezas no siempre son mejor que 1

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papajmj2011.jpgEstos días he estado visionado por televisión la visita del Papa a España o JMJ (¡juas!). Y he tomado notas. No porque el Papa me interese particularmente sino por las vibraciones sociológicas que pueden percibirse en cada fotograma del evento: cómo se comportan las personas, cómo la fe más irracional empuja a la gente que no encuentra solaz en otros sitios, cómo hincaban la rodilla los diferentes miembros del gobierno frente a un líder teocrático disfrazado que luego viajaba en una urna por la A-2, cosas así.

Pero sobre todo me sirvió para comprobar de nuevo que las personas, cuando están en grupo, se vuelven más radicales. Un buen ejemplo son las imágenes que visioné de la manifestación laica al toparse con los jóvenes católicos, mediando entre todos la policía más bruta que haya podido ver en los últimos años (exceptuando los desalojos de los Indignados en Plaza Cataluña). Y bueno, si bien me adscribo ideológicamente a uno de esos grupos (sólo a uno), los tres grupos me pareció que tropezaban en los mismos errores. Gritar hasta que se pone la vena gorda, por ejemplo, tal y como señala con su particular estilo Arturo Pérez Reverte en un reciente tweet: Un energúmeno con las venas del cuello hinchadas, desaforado, gritándole en la oreja a una muchacha asustada que besaba un crucifijo. Así no se llega demasiado lejos.

Estoy convencido de que muchos de los integrantes de los tres grupos (aunque la distribución no sea equitativa) son personas inteligentes y cultivadas. Sin embargo, algo sucede cuando la gente pertenece a un grupo fuertemente cohesionado. La gente parece entonces suspender el juicio y dejarse embargar por las pasiones más bajas.

Hay numerosos experimentos que sugieren esta inclinación. Por ejemplo, un estudio de principios de 1970 realizado por el graduado del MIT James Stoner, que determinó que la gente solía tomar decisiones más arriesgadas cuando formaba parte de un grupo.

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El fin de la Religión

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iglesiaLos ciudadanos de nueve países abandonarán por completo las creencias religiosas en unos años.

Ésta es la principal conclusión de un modelo matemático desarrollado por físicos de la Universidad de Arizona y la Corporación Científica para el Avance de la Ciencia (EE.UU.), que relaciona el número de personas creyentes y las motivaciones sociales para mantener la fe.

Según la polémica investigación, en las sociedades modernas seculares (en las que, para los individuos, es más útil no creer que hacerlo) la religión terminará por extinguirse. Para llegar a esta conclusión, los científicos han tomado los datos de países con censos que se remontan hasta un siglo y en los que se consulta la filiación religiosa.

Son Australia, Austria, Canadá, República Checa, Finlandia, Irlanda (llama la atención al ser de gran tradición católica), Países Bajos, Nueva Zelanda y Suiza.

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Creemos en lo que queremos creer y no en lo que es más evidente (y II)

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cigarette.jpgComo os prometía en la anterior entrega de este artículo, voy a enumeraros los argumentos más empleados por los fumadores frente a los estudios que sugerían que fumar producía cáncer de pulmón.

Argumentos muy poco sólidos desde el punto de vista de la lógica que os sonarán muchísimo, y no sólo del ámbito del tabaco:

-Muchos fumadores tienen una larga vida: frente a este tipo de argumento suelo contestar siempre lo mismo: claro, y mi prima es calva. La gente suele decir “conozco muchos casos” basándose exclusivamente en su entorno (por ejemplo, ahora está de moda decir que la juventud es más violenta y ha perdido los valores, aunque el que afirma tal cosa sólo se base en que se ha cruzado con unas cuántas docenas de jóvenes conflictivos). Peor es el caso cuando, como en el tema del tabaco, esa afirmación contradice las estadísticas.

-Hay muchas cosas que son peligrosas: claro, siempre hay cosas peores, cosas más importantes de las que hablar, etc. Pero, por un lado, es una forma de desviar la atención del tema tratado. Y, por el otro, ¿realmente el individuo que afirma tal cosa se ha tomado la molestia de cuantificar las cosas que son más peligrosas y cuán peligrosas son en comparación con fumar? La afirmación suele usarse en abstracto: yo no soy tan malo asesinando a diez personas, total, Hitler mató a miles.

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El efecto halo y el efecto tridente: cuando preferimos zanahorias del McDonald´s a zanahorias de verdad

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mcdonalds.jpgNuestro cerebro resulta muy impreciso a la hora de valorar o creer en algo. Simplemente agarramos los datos disponibles, rellenamos los huecos… y ancha es Castilla, como suele decirse.

Por esa razón, la mayoría de gente cree más fácilmente que una persona atractiva es más buena que una muy fea, y viceversa. También los estudiantes consideran que el nivel docente de los profesores con mejor presencia física es superior a los de peor presencia física.

En lo que en psicología se denomina efecto halo:

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Midiendo tus creencias: el teorema de Bayes (I)

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El conocimiento previo que tenemos de las cosas, nuestras creencias y suposiciones, influye en nuestra percepción. Una percepción, a su vez, es más o menos informativa en la medida que modifica las creencias del receptor sobre el mundo.

Pero ¿cómo podemos medir las creencias de una persona y, a su vez, los cambios que se han producido tras recibir determinada información? La solución vino de la mano del reverendo Thomas Bayes (1702-1761), probablemente el creador de uno de los teoremas que están más de moda en los círculos académicos.

Si bien Bayes jamás publicó un artículo científico, llegó a ser miembro de la Royal Society de Londres. Entonces, dos años después de su muerte, se publicó su trabajo Phylosophical Transactions of the Royal Society, que cayó en el olvido durante más de 100 años.

Recientemente, sin embargo, Bayes se ha puesto de moda, hasta el punto de que en publicaciones como el New York Times del 20 de enero de 2004 podemos leer observaciones como la que sigue: “En el mundo académico, la revolución bayesiana está a punto de convertirse en un punto de vista mayoritario, lo que hace diez años habría sido impensable.”

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Lo que dice la ciencia es verdad; lo que opinas tú, no (y III)

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Llegados a este punto, cabe considerar entonces lo que significan los conocimientos científicos objetivos. ¿Existen? Para algunos intelectuales no existen, e incluso afirman cosas como que la teoría cosmológica del Big Bang puede ser cierta “para nuestra cultura” pero la historia de creación de los zunis es equivalentemente válida para ellos.

El quid de la cuestión, sin embargo, no es si existen conocimientos objetivos, sino que difícilmente sabremos si los hemos obtenido, porque la ciencia se basa en pequeñas aproximaciones a la verdad. Así pues, aunque la verdad de los conocimientos científicos sea sólo consensuada, temporal y sujeta a refutación, no contribuye en nada al nivel intelectual que haya críticos sobre el nivel de objetividad de la ciencia o que aseguren que cualquier visión sobre ello es válida.

El motivo principal para creer en la validez de las teorías científicas (como mínimo de las mejor verificadas) es que ofrecen una explicación a la coherencia de nuestra experiencia, es decir, a todas nuestras observaciones, incluyendo los resultados de los experimentos de laboratorio cuyo objetivo es comprobar cuantitativamente (algunas veces con una precisión asombrosa) las predicciones de las teorías científicas.

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Lo que dice la ciencia es verdad; lo que opinas tú, no (II)

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En puridad, no hay demasiadas diferencias entre la epistemología de la ciencia y la epistemología de la vida cotidiana. Es decir, que todos vosotros tenéis cierto grado de pensamiento científico. Historiadores, detectives, electricistas… todos usan los mismos métodos básicos de inducción, deducción y evaluación de los datos que los físicos o los bioquímicos.

La diferencia crucial es que la ciencia moderna intenta llevar a cabo esas operaciones de forma más cuidadosa y sistemática, por ejemplo usando controles y ensayos estadísticos, insistiendo en la repetición, desconfiando de testimonios, etc.

Tampoco se basa sólo en la observación (por ejemplo, como he visto a un gnomo o que un amigo mío puede levitar, entonces los gnomos y los superhéroes existen): el razonamiento por el que se pasa de las observaciones científicas a las teorías científicas es mucho más intrincado y precisa de una enorme red de datos empíricos, no de una sola observación.

Resumido en una frase de Clovis Andersen: “Uno no sabe nada hasta que no sabe por qué lo sabe.”

Llegados a este punto, mi amigo de cafetería podría discrepar de los estudios que le había presentado pero… ¿hasta qué punto podría hacerlo? Como dije, hay verdades científicas que no son opinables (salvo que aportes un quintal de pruebas, con lo cual dejas de opinar para sostener evidencias). Por ejemplo, si explico a alguien el funcionamiento de un aparato de radio, él no puede replicar: ésa es tu opinión, pero yo creo, contra lo que dice la teoría, que la radio no funciona así.

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Lo que dice la ciencia es verdad; lo que opinas tú, no (I)

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Supongo que empezaréis a leer estas líneas con los ojos un poco enfurecidos después del provocativo titular. Pero el titular no es tan provocativo como parece (si bien necesita de una pequeña matización).

Todo empezó la semana pasada, cuando estaba en una cafetería con un amigo y le expliqué uno de los artículos que tenía pensados para Genciencia. No importa cuál, lo que importa es que el artículo venía a desarrollar una serie de estudios que habían llevado a cabo científicos de diversas universidades.

A mi amigo no le gustaron las conclusiones del artículo (tampoco importa si no le gustaron a nivel personal, político o moral), y por esa razón trató de impugnarlas.

Yo traté entonces de explicarle mejor el contenido de dichos estudios, porque creía que él los había malinterpretado. Finalmente, mi contertulio me espetó, acorralado: ésa es tu opinión. Aparte de lo obvio (“sí, claro, esto es lo que digo yo”), tuve que defenderme: no, no es mi opinión. Yo no tenía ninguna opinión fundada sobre ese determinado tema, sobre todo porque no tenía suficientes conocimientos sobre ello.

Lo expuesto, pues, no era mi opinión: sólo le estaba transmitiendo lo leído en un estudio, lo reflejado en los manuales de biología… las instrucciones de una lavadora o el funcionamiento de la física newtoniana. Así pues, no sólo no era mi opinión sino que… parte de lo expuesto ni siquiera era opinable.

Ya os imagináis a dónde me mandó mi amigo.

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La niña que desmontó la pseudociencia del Toque Terapéutico (y II)

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Emily Rosa era una niña de 9 años de Loveland, Colorado, que quería obtener una buena calificación en la asignatura de ciencias del colegio. Así que ideó un experimento para verificar la veracidad de una pseudociencia como trabajo.

El tratamiento de medicina alternativa que escogió someter a examen fue el Toque Terapéutico, porque Emily entendía que tenía poco sentido que la gente pudiera curarse simplemente porque alguien moviera sus manos rítmicamente por encina del cuerpo del paciente, a una distancia de entre 5 y 15 centímetros, con el fin de reequilibrar el campo magnético humano que supuestamente nos envuelve a todos.

Emily entendía que aceptar algo así suponía reescribir una buena cantidad de páginas de su libro de ciencias, así que creyó oportuno comprobar si realmente el Toque Terapéutico podría ser una revolución científica que acabara por otorgarle el Premio Nobel a su descubridora.

El experimento llevado a cabo por Emily acabó siendo portada en el New York Times del 1 de abril de 1998, y también fue publicado en el The Journal of the American Medical Association.

Pero ¿qué hizo exactamente?

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