Hay cosas que todavía no tienen palabras para ser designadas. Hay palabras que necesitan ser acuñadas. Por ejemplo, hasta hace poco, la sensación vaga e incómoda que nos invade al sentarnos en una silla que conserva aún el calor del trasero de quien la había estado ocupando no tenía palabra para ser designada. Gracias a Douglas Adams (autor de la desopilante Guía del autoestopista galáctico) y su texto The Deeper Meaning of Liff, ahora los ingleses ya tienen esa palabra: Shoeburyness.
Eso lo hacen también estupendamente en la serie de televisión Cómo conocí a vuestra madre. Una de las mejores acuñaciones de la serie fue la de revértigo. El término se refiere a la sensación de cambiar cómo somos cuando nos encontramos con alguien del pasado que hacía mucho que no veíamos: si es alguien del colegio, no podemos evitar comportarnos un poco tal y como éramos en aquella época, con esa persona.
A propósito del ateísmo, un grupo bastante amplio de intelectuales ha decidido hacer algo similar: inventar una palabra que defina mejor la posición científica, naturalista y atea frente a la realidad. Una buena razón para ello es que la mayoría de la gente con la que discutes sobre Dios y se declara agnóstica, en realidad resulta que es atea, pero no lo sabe. Muchos agnósticos, pues, son ateos mal informados. Entre otras cosas, quizá se deba a que la palabra agnóstico (no sé si dios existe o no) parece más razonable y humilde que la palabra ateo (etimológicamente, sin Dios).

Hace un par de días falleció Christopher Hitchens uno de los grandes defensores de la razón y el pensamiento secular, y, junto a Richard Dawkins y Sam Harris, probablemente formaba el triunvirato más popular y militante contra la religión.
Gracias a Google y su sistema de mapas por satélite Google Maps, pronto empezaremos a ver toda clase de lugares de forma virtual. Ya hay muchos turistas que prefieren no salir de su casa para viajar por todo el globo mediante este sistema. O incluso echar un vistazo a la piscina del vecino desde un punto de vista cenital, omnipresente y divino: “¿será su piscina más grande que la mía? De ser así, le lanzaré un castigo bíblico”.
John Allen Paulos es mi divulgador de matemáticas favorito. A lo largo de los años, me ha enseñado a usar las matemáticas en la vida cotidiana: leer las noticias y averiguar cuáles son falsas o están amplificadas, calcular riesgos, poner las cosas en perspectiva, entender que el anumerismo es un problema galopante, etc. Y además es divertido, el tipo es divertido.
He de admitir que la obra que nos ocupa, La diversidad de la ciencia: una visión personal de la búsqueda de Dios, no es lo mejor de Carl Sagan. Y es que estamos ante una obra póstuma, publicada en conmemoración del décimo aniversario de la muerte de Sagan. La esposa de Sagan, Ann Druyan, ha recopilado una serie de conferencias emitidas por el astrónomo en 1985, las prestigiosas Conferencias Gifford, que se celebran en Escocia anualmente desde el siglo 

Una de las cosas que más me agotan cuando estoy discutiendo con alguien es que, frente a una de mis analogías (reconozco que las empleo con frecuencia: es mi manera de explicarme mejor), mi interlocutor la desdeñe con la frase: “No es lo mismo.”
A menudo se suele propagar la idea de que la mayoría de los científicos del mundo creen en Dios o se adscriben a alguna clase de religión. Dejando de lado que el concepto de Dios probablemente será distinto entre una persona formada en ciencia y cualquier ciudadano común, esta idea sólo pondría de manifiesto que los científicos también son seres humanos, con sus debilidades y miedos.
La gente suele dar mucha importancia a sus percepciones y también a sus sensaciones. Si uno siente que Dios existe, tiende a pensar que es así. Ya no digamos si percibe alguna manifestación sobrenatural.