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El Museo Freud se encuentra en la casa del norte de Londres donde el gran doctor de la mente trabajó durante la última etapa de su vida. Si algún día lo visitáis, encontraréis allí su famoso diván. Imaginaos que os tumbáis en este chaise-longue de 1,80 metros de largo, y que Freud os pregunta sobre vuestros más secretos deseos sexuales.
Si sois hombres, es probable que muchos afirméis algo parecido, tanto a nivel temático como profundidad estructural, a un videoclip de ZZ Top dirigido por Mariano Ozores. Gimme all Your Lovin, por ejemplo, en plan celtíbero y con la mujerona que protagoniza la pared de algún taller.
Si sois mujeres, entonces la cosa es un poco más esquiva. Sí, parece que se venden muy bien los libros románticos cuyas portadas están presididas por machos de cuerpos apolíneos y cabelleras largas. Pero también parece que atraen los hombres poderosos o populares, aunque sean rematadamente contrahechos o viejos.
Saber lo que excita a un hombre parece relativamente fácil: su entrepierna lo delata. Pero en una mujer no es tan evidente. (Ni siquiera es efectivo saber si su sexo se humedece o no, como popularmente se cree; pues incluso en las violaciones se produce esa lubricación, como más adelante os explicaré).
Para medir la respuesta genital de una mujer el método más corriente consiste en insertar una sonda del tamaño de un tampón llamada fotopletismógrafo vaginal. No suena muy erótico, y tampoco tiene aspecto erótico: está conectado por cable a un equipo de registro externo, ilumina las paredes vaginales y mide el color de la luz reflejada para determinar el flujo sanguíneo de esa región.
La acumulación de sangre (vasocongestión) antecede a la lubricación vaginal, un proceso por el que se exuda plasma sanguíneo que forma la base del lubricante. El cachivache de marras mide una reacción específicamente sexual: se observan respuestas intensas a estímulos sexuales y no se observa prácticamente ninguna a estímulos carentes de contenido sexual.
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