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¿Las líderes políticas lo están haciendo mejor que los líderes políticos en la pandemia del coronavirus?

¿Las líderes políticas lo están haciendo mejor que los líderes políticos en la pandemia del coronavirus?
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Partiendo de la base de que valorar la buena gestión de una administración en función del sexo de su líder es tan estéril y hasta contraproducente como hacerlo en función de los rasgos físicos o el color de la piel, cabe preguntarse si las líderes políticas lo está haciendo mejor que sus homólogos masculinos.

Y cabe preguntárselo porque es una cuestión que se ha invocado machaconamente desde determinados púlpitos mediáticos. La respuesta rápida es: no.

¿Cuestión de sexos?

Son muchos los que están sacando a colación que un líder político disponga de dos cromosomas X en cada una de sus células en vez de uno X y otro Y para poner en evidencia su excelencia en la gestión del COVID-19.

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Probablemente se ha sacado a colación con toda la buena intención (es bueno reconocer los méritos de las mujeres en ámbitos donde quizá no tienen tanta representación social). Es decir, que se ha invocado el sexo de los líderes porque este beneficia a la mujer. Si fuera un ámbito donde el hombre se desenvolviera mejor, entonces resultaría políticamente incorrecto sacarlo a relucir.

El problema de esta estrategia, en este caso, es doble. En primer lugar, si valoramos a las personas en función de su sexo, entonces podemos acercarnos a una pendiente resbaladiza del tipo: ¿por qué no hacerlo en función de su color de piel o su altura o su edad? ¿Por qué no hacerlo en función de su belleza? Césare Lombroso estaría encantado de medir la competencia de los políticos según sus rasgos faciales. Un racista podría aducir que los mejores líderes europeos son blancos y no negros. ¿Los calvos lo hacen mejor que sus homólogos con pelo? ¿Y los que estudian ciencias frente a los de letras? ¿Importa si procedes de una familia rica? ¿Los vegetarianos son mejores?

El segundo problema es que, si además, la afirmación es falsa y te basas en ella para elevar el estatus profesional de la mujer en un ámbito donde supuestamente está infrarrepresentado, entonces estás logrando justo lo contrario: ofreces armas a los machistas.

Porque estadísticamente, las mujeres gestoras no lo están haciendo mejor que los hombres gestores.

Variables

Si las tasas de mortalidad más bajas son el objetivo final de los líderes de hoy, entonces, estadísticamente, a las mujeres líderes no les está yendo mejor que a sus homólogos masculinos. Para los países de la UE, la tasa de mortalidad media per cápita en los países liderados por mujeres no es estadísticamente diferente de la tasa de mortalidad promedio en los países liderados por hombres.

En los Estados Unidos, tampoco existe una diferencia significativa entre las tasas de mortalidad promedio per cápita para los estados con gobernadores femeninos y aquellos con gobernadores masculinos.

En otras palabras, a las mujeres no les está yendo estadísticamente mejor que a sus homólogos masculinos para reducir el número de muertes.

Sin duda, las tasas de mortalidad dependen de muchas variables, incluida la densidad de población, el acceso a la atención médica, los protocolos de informes y posiblemente los niveles de temperatura y humedad... por lo que es difícil aislar el impacto del sexo del líder. Es decir, que simplemente entrar a valorar si un líder lo hace mejor o peor es una cuestión espinosa; pero hacerlo en función, además, de su sexo, es el doble salto mortal.

Es cierto que la gestión de la alemana Angela Merkel está siendo digna de consideración por muchos motivos. Pero también lo es que Bélgica, también encabezada por una mujer, tiene la sombría distinción de tener la mayor tasa de mortalidad per cápita en la UE, y la segunda más alta del mundo.

En otras palabras: es importante valorar a las mujeres que lo hacen bien. Y a los hombres. Es importante que nuestra valoración no tienda a ser grosera agrupando a las personas por categorías (sexo, raza, religión, etc.). Y, sobre todo, es importante que si vamos a usar esa forma de reivindicación, lo hagamos con datos reales.

Pero sí que hay diferencias sexuales

Como corolario: naturalmente, de todo esto no se debe inferir que hombres y mujeres gobiernen exactamente igual. Es probable que el sexo influya en el estilo a gestionar un país como también influye en muchas otras parcelas de nuestra vida. Existen diferencias entre hombres y mujeres (como la hay entre los propios hombres y las propias mujeres).

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Alice Eagly, profesora emérita de psicología en la Universidad Northwestern, ha investigado las diferencias de sexo en el estilo de liderazgo al agregar todos los estudios disponibles sobre el tema y completar un metanálisis o estudio de estudios al respecto. Una de las diferencias más sólidas es que parece que las mujeres tienden a un liderazgo participativo y relacional, y que los hombres tienden hacia un liderazgo más autocrático y de arriba hacia abajo.

Sin embargo, que existan diferencias sexuales a la hora de gobernar no debe suponer necesariamente que un sexo lo haga mejor que el otro. Eso dependerá de la crisis que debe afrontarse, o del tipo de país que debe gobernarse, y de una miríada de otros factores interrelacionados. Porque el mismo concepto de "sexo", en lo tocante a un análisis de una gestión, es filosóficamente lisológico.

En caso de que eventualmente hallemos una serie de características que propician que un gobernante sea generalmente mejor que la media, deberíamos buscar esas características en los futuros gobernantes que escojamos democráticamente. Características que probablemente podemos encontrar en mujeres, en hombres, en negros, en altos, en bajos, en ricos o en pobres. Por eso es subrayar que las diferencias de género son solo generalizaciones, y ciertamente no se aplican a todas las mujeres o todos los hombres. Cada líder debe ser evaluado en sus propias fortalezas y debilidades, y no en su género.

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