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Cuando era más joven, supongo que espoleado por las hormonas y la ingenuidad propias de la edad, quería cambiar el mundo.
Bien, eso es un eufemismo: más bien quería dominarlo (Plan de Dominación Mundial, of course) y hacerlo a mi medida, bajo los preceptos que yo consideraba más apropiados para la humanidad: una elite científica tamizando las decisiones de los políticos, la búsqueda del conocimiento absoluto por encima de cualquier otra cosa, la organización estratificada de los ciudadanos en base a sus conocimientos (y no su dinero, su raza, su religión, su ADN, su sexo, su patria o cualquier otra tontería), la inmediata exploración sistemática del espacio exterior, el acceso libre y gratuito a la cultura (SGAE, arde en el infierno), cualificar la cultura de una persona no por su cantidad sino por su calidad (saber los afluentes del Nilo es secundario, así como las declinaciones en latín), educar los sentimientos para que no deriven en patochadas o, peor, en chantajes, y un largo etcétera que mejor me callo para que no penséis que soy un sociópata en potencia. Cosas de la juventud, ya sabéis.
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