Debemos cultivar la innovación, las ideas y la optimización: frenar podría ser peor que acelerar

Debemos cultivar la innovación, las ideas y la optimización: frenar podría ser peor que acelerar
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Los cornucopianos (por cornucopia, el cuerno de la abundancia): el crecimiento puede ser ilimitado porque la ciencia y la tecnología siempre van a encontrar la solución a los problemas y la forma de obtener y de optimizar los recursos. Los maltusianos (por Thomas Malthus): predicen que los recursos se van a agotar y que el crecimiento no puede ser indefinido.

La cuestión es que los cornucopianos llevan acertando desde hace siglos. Hemos aumentado la esperanza de vida, hemos reducido la huella medioambiental media, hemos optimizado de forma sorprendente los recursos, hemos hallado recursos mejores cuando se agotaron los que usábamos. Con una postilla: si frenamos, si adoptados el ascetismo, acabaremos contaminando más, reproduciéndonos más rápidamente y, además, tardaremos más tiempo en resolver los problemas que nos acucian.

Una carrera hacia adelante (que sí, puede llevarnos a la extinción)

Si la ciencia no llega a tiempo, nos extinguiremos como civilización o sufriremos alguna clase de colapso. Nadie sabe qué es lo que va a pasar. Tampoco se sabe muy bien qué se debe hacer. Lo único que sabemos un poco mejor, solo un poco, es lo que ya ha pasado: siempre que ha habido escasez energética, escasez de comida o escasez de recursos de cualquier tipo, ello ha sido un poderoso incentivo para que se buscara una solución.

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Los cornucopianos tienden a una visión del futuro similar a la del Solarpunk.

Buscar soluciones sin incentivos no funciona. Así que solo parece que damos saltos de prosperidad cuando hay problemas de escasez. Si tratamos de consumir menos, siguiendo la lógica decrecentista, todo se agotará igual porque somos demasiados (y cada vez vamos a ser más).

La cuestión, pues, parece que reside en el hecho de que debemos incentivar la innovación agotando recursos, pero sin pasarnos ni de un lado ni del otro, porque (de nuevo hay que recordarlo) nos estamos reproduciendo como especie a una velocidad casi exponencial. Deberemos ir cambiando la intensidad en función de las circunstancias (con el añadido de que es difícil cambiar la intensidad porque en realidad no hay nadie al volante, o hay muy pocos, sino que más bien todo es organigrama complejo de tiras y aflojas y otras interacciones).

La idea central de los cornucopianos, no obstante, es que este crecimiento desaforado proporiona prosperidad, y la prosperidad reduce la cantidad de hijos que tenemos. Solo por el hecho de instalar agua potable en un lugar, se reduce la natalidad. Ahora mismo el crecimiento demográfico se debe fundamentalmente a los países pobres. Antes todos los países eran pobres. Ahora cada vez hay menos. En el 2050, aproximadamente, se espera que no haya ninguno. Entonces la curva demográfica, aparentemente, se irá reduciendo poco a poco.

Otros cornucopianos, no obstante, opinan que para ese año los recursos, la energía, la comida... todo existirá en tal abundancia que tendrá un coste casi cercano a cero.

En síntesis, no sabemos qué postura es la correcta. Hay que ir basculando de uno hacia el otro lado en función de las circunstancias y los nuevos datos. Pero una cosa parece bastante clara: los decrecentistas nunca han tenido razón. Todos sus pronósticos, todos sus mensajes agoreros lanzados durante los últimos 250 años, han fallado siempre.

Cuando un recurso se agota, se busca otro y se inventa un sistema para optimizar su consumo y así el recurso se multiplica a efectos prácticos. Ha sido una constante. Desde los caballos (que casi agotan la comida del mundo y crean un problema medioambiental hasta que esa situación extrema impulsó el desarrollo del automóvil) hasta cualquier otro desafío. Con un añadido no menos importante: el ser humano no funciona así. Siempre ha sido consumista. Estamos diseñados para consumir en una carrera armamentística en la que está en juego nuestra reputación frente a los demás.

No podemos organizarnos mundialmente para que no consumamos o no contaminemos. Los países pobres son los que más lo hacen: ¿qué hacemos con ellos? De alguna manera, estamos condenados, abocados a seguir una dirección. Podemos acelerar creando incentivos e invirtiendo en desarrollos que multipliquen u optimicen, o podemos (unos pocos) desacelerar para que acabe pasando lo mismo con menos incentivos y menos presión y confiando en que vamos a invertir en esos desarrollos que multipliqen u optimicen.

Ambas posturas tienen visos de que la especie humana lo tiene difícil para sobrevivir. Los cataclismos se avecinan (en la historia de nuestro mundo ya se han producido cinco extinciones masivas: en los últimos 500 millones de años, la vida ha estado cinco veces al borde de la desaparición). Pero quizá el optimismo, el empuje, la ilusión y la sensación de que podemos lidiar con nuestro destino sea lo único que nos quede. No solo para sobrevivir, sino también para sentirnos vivos. Para sentir que podemos conquistar las estrellas. Un espíritu que nunca película o serie de televisión transmite, salvo esta: Dr. Stone. Podéis saber más de ella en el siguiente vídeo:

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