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Hay una inclinación natural a rechazar los transgénicos. Los transgénicos son el mal, suenan a mutantes, a malformaciones inenarrables, a enfermedad. Muchos de los que hogaño se oponen a los transgénicos, pues, no se diferencian demasiado de los que antaño se oponían a la electricidad, las locomotoras de vapor o los hornos microondas: todo avance técnico es tomado, al principio, como una amenaza, nunca como una ventaja: hasta hace poco, los enemigos de Internet eran tan ubicuos y feroces como los luditas que destrozaban telares mecánicos.
Mantener cierta cautela, naturalmente, es siempre más inteligente que recibir con los brazos abiertos cualquier innovación. No obstante, abjurar de una nueva tecnología sin disponer de suficiente información sobre ella puede retrasar temerariamente la implantación de esa nueva tecnología, a veces trayendo consigo el sufrimiento y la muerte de mucha gente. Sobre todo si esa actitud negacionista cuenta con poderosos administradores de los medios de comunicación, como son Green Peace o Amigos de la Tierra.
Así que vamos a intentar ofreceros una visión general de los transgénicos para que, más tarde, os podáis formar un juicio más ecuánime sobre el tema. O, en el mejor de los casos, para que os zambulláis en libros donde lo explican más extensamente. Para empezar, nada mejor que el desenfadado Los productos naturales, ¡vaya timo!, de J. M. Mulet, licenciado en Química por la Universidad de Valencia y doctor en la especialidad de Bioquímica y Biología Molecular.
Empecemos. Aunque lo de transgénico suene a laboratorio y a experimentos prohibidos por el Gobierno, todas las plantas de cultivo que nos rodean, casi por definición, están “genéticamente modificadas” desde hace siglos. Aunque de una manera un poco tosca y rudimentaria.
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