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¿Hemos alcanzado los límites de la agricultura?

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Según cifras de la ONU, todavía hay 925 millones de personas que no tienen suficiente para comer. Es decir, casi uno de cada siete personas del mundo. La malnutrición mata 10,9 millones de niños en el mundo. En los países en vías de desarrollo, uno de cada tres niños presenta retrasos debido a la malnutrición. La falta de vitamina A mata un millón de niños al año.

Frente a este panorama desolador, ¿podemos albergar la esperanza de alimentar a toda la humanidad? Sin un reparto más eficiente de la comida que ya cultivamos, ¿los campos son suficientes? ¿Estamos alcanzando los límites de la agricultura? ¿En breve esto se parecerá demasiado a lo que sucede en Interstellar?

El salto cuántico

La eficiencia en la agricultura no ha dejado de crecer, sobre todo a lo largo del siglo XX. Por ejemplo, gracias a Fritz Haber y Carl Bosch. Ellos fueron los inventores de un sistema para fabricar grandes cantidades de fertilizante de nitrógeno inorgánico a partir de vapor, metano y aire.

Hoy en día hemos llegado a esta proporción: cada caloría de alimentos nos cuesta diez calorías de petróleo, según señala Peter H. Diamandis en su libro Abundancia. Pero el sistema se está agotando:

En un mundo que se enfrenta a la escasez de energía, solo esto hace que el proceso sea insostenible. Los sistemas de irrigación han secado nuestras reservas. Los mayores acuíferos, tanto de China como de la India, casi han desaparecido, dando como resultado cuencas polvorientas mucho peores que las que padeció el Medio Oeste norteamericano en los años treinta del siglo pasado.

Muchas tecnologías ya han dado todo lo que podían dar de sí, tal y como explica Lester Brown, fundador del Instituto Worldwatch y también del Instituto Earth Policy:

Japón, por ejemplo, ha utilizado prácticamente todas las tecnologías disponibles, y la producción de arroz no ha crecido durante catorce años. Corea del Sur y China se enfrentan a situaciones similares. La producción de trigo de Francia, Alemania y Gran Bretaña, los tres países que suman una octava parte de la producción mundial, también se ha estancado, y los cultivos industriales han dejado a los países más pobres en una situación aún más precaria.

Con todo, la tecnología nos ha permitido hacer cosas que hace unos años eran impensables en el ámbito de la eficiencia del cultivo de alimentos. Ahora cultivamos el 38 % de toda la tierra del planeta, pero si las tasas de producción se hubieran mantenido tal y como eran en 1961, por ejemplo, ahora necesitaríamos el 82 % de la Tierra para producir lo mismo.

El futuro

800px Transformation With Agrobacterium
La solución a este problema ya no pasa ni siquiera por determinar si usamos organismos genéticamente modificados o no los usamos. En 1996 había 1,7 millones de hectáreas de cultivos biotecnológicos en todo el mundo. En 2010, 148 millones. Estamos hablando de que esta tecnología agrícola es la más rápidamente adoptada en la historia, a pesar de las críticas.

Los OGM ya se usan. Ya no forma parte del debate. Eso no quiere decir que no deban desarrollarse mejores técnicas biotecnológicas. Pero evitar su uso dadas las circunstancias, hasta que llegue una forma más eficaz de cultivo de alimentos, resulta complicado. Tenerle miedo a las OGM en una situación en la que ofrece tantas ventajas se funda más en el síndrome de Frankenstein que en un análisis serio, como ya sugiere un importante meta-análisis acerca de los posibles perjuicios de los transgénicos.

De hecho, la agricultura en sí misma ha sido, a lo largo de la historia, un relato de cómo los seres humanos han ido cambiando el ADN de las plantas:

Durante un tiempo muy largo, el cruce fue el método preferido, pero entonces llegó Mendel y sus guisantes. Conforme empezamos a entender cómo funciona la genética, los científicos intentaron todo tipo de técnicas salvajes para inducir mutaciones. Bañamos semillas en cancerígenos y las bombardeamos con radiación, a veces dentro de reactores nucleares. Hay por ahí más de 2.250 de esos mutantes; la mayoría tienen el certificado de “orgánicos”. Por otra parte, la ingeniería genética nos permite ser más precisos en nuestra búsqueda de nuevas características.

Podéis leer más sobre ello en Para los que estén en contra de los cultivos modificados genéticamente.

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