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Psicología

El refugio de la felicidad: ¿Vanuatu o Dinamarca? (y IV)

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Después de todos los estudios y consideraciones que os he señalado en las tres anteriores entregas (I, II, III) de esta serie de artículos sobre las personas más felices del mundo, es necesario hacer algunas consideraciones sobre la particular naturaleza de esa cosa un tanto difícil de definir como es la felicidad. Y como propina, os desvelaré cuál de todos los lugares del mundo considero el más apropiado para ser feliz.

Un chadiano puede llegar a ser feliz en muchas ocasiones ignorando cómo es el Primer Mundo, como lo eran las clases bajas de la gleba durante la Edad Media, que no llegaban a imaginar cuán lujoso era el estilo de vida de sus reyes. Sencillamente asume su clase social y sabe que, haga lo que haga, nunca podrá escalar a otra clase superior. Pero basta que exista una posibilidad, basta que el chadiano ponga una radio o una televisión para que aparezca la insatisfacción de anhelar lo ajeno. Ésta es, sin duda, una de las causas de la inmigración masiva: el Primer Mundo que aparece en los medios de comunicación se parece bastante al País de los Munchkins. Y todos quieren, queremos mudarnos al País de los Munchkins. Esto os lo expliqué más extensamente en el artículo La infelicidad de quererlo todo.

Robert Lane, profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, señala que el sentimiento de felicidad está generado por un aflujo de dopamina del cerebro, en el núcleo accumbens cerebral, una región relacionada también con las respuestas placenteras de las drogas.

La evolución ha equipado a los humanos con una variedad de deseos que les hace felices. Las diversas culturas enfatizan diferentes deseos en épocas distintas, que permiten así la continuidad y el cambio histórico.

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El refugio de la felicidad: ¿Vanuatu o Dinamarca? (III)

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Después de tanto estudio contradictorio sobre la felicidad de distintos países, referidos aquí y aquí, uno empieza a sospechar que las respuestas que la gente ofrece en las encuentras no son demasiado fiables.

Por ejemplo, hace algunos años decidí abandonar la ciudad de Barcelona por resultarme caótica, estresante, cara, sucia y con unas infraestructuras propias de una república bananera (sobre todo si nos centramos en la red de Cercanías de Renfe, que fue noticia de primera plana durante semanas y semanas a causa de sus deplorable gestión mientras se construía la línea de alta velocidad). Sé que esta idea la comparten muchos barceloneses, que viajan cada mañana embutidos en los medios de transporte o que imploran a todas las deidades del Olimpo para encontrar un aparcamiento (de pago o gratuito, ya no importa) donde estacionar su vehículo; que se sienten desolados ante la búsqueda de una guardería pública; que deben pagar el doble o el triple por el ocio que consumen; que tienen los peajes más caros de Europa para entrar o salir de la ciudad, aunque las carreteras siempre están congestionadas por la falta de inversión; que deben soportar con estoicismo los mefíticos efluvios del alcantarillado público.

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El refugio de la felicidad: ¿Vanuatu o Dinamarca? (II)

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Tras el ranking de países felices expuesto en la primera entrega de esta serie de artículos sobre la felicidad, uno no puede evitar levantar una ceja escéptica. ¿En realidad en todos esos países seríamos más felices? A tenor de las noticias que vemos en televisión o leemos en los periódicos, muchos de los países sudamericanos que se mencionan en este índice que mide el bienestar presentan serios problemas económicos, sociales, políticos y hasta militares. Y ya no digamos si viajamos hasta Vietnam. Estados Unidos, a pesar de estar en los últimos puestos de este ranking formado por 178 países, me parece un lugar mucho más confortable.

¿Acaso estoy confundido por el poder capitalista, los cafés de la cadena Starbucks y la conexión de banda ancha? Francia ocupa en lugar 129. ¿No es tan importante una baguette caliente para desayunar o un sistema universitario eficiente? ¿Cómo es posible que los africanos Zimbabwe (el último de la lista), Swazilandia y Burundi estén tan cerca de estos lugares del primer mundo en los que no me importaría vivir?

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El refugio de la felicidad: ¿Vanuatu o Dinamarca? (I)

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¿Recordáis la adaptación cinematográfica de El Mago de Oz, de L. Frank Baum, protagonizada por una ya talludita Judy Garland? Cuando su casa llega al reino de Oz, aplastando a la Bruja del Oeste, su adorable perrito y ella descubren el País de los Munchkins, un lugar en technicolor habitado por unos enanos que rezuman una felicidad casi lisérgica.

Una malidicente leyenda de Hollywood cuenta, sin embargo, que los actores que encarnaban a los munchkins eran en realidad unos borrachos adictos al opio y al sexo duro que, en las pausas del rodaje, solían aprovechar para organizar orgías de enanos. Sea como fuere, será mejor seguir creyendo que todo ello forma parte de la leyenda, o jamás podremos volver a ver El Mago de Oz sin imaginarnos ciertas escenas escabrosas entre bambalinas.

Por si acaso, si queréis visitar un lugar en el que reina la verdadera felicidad y que no requiere de maquillaje de clown ni de una indumentaria que escandalizaría incluso a Ágatha Ruiz de la Prada, os emplazo a visitar el entrañable archipiélago de Vanuatu o, quizás, la democrática y socialmente progresista Dinamarca. Sobre cuál de los dos sitios es el mejor lugar para ser feliz, es algo que intentaremos esclarecer a lo largo de la siguiente serie de artículos.

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Ser adicto a Internet te cambia el cerebro

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internet_addiction.jpgHace unos días os hablaba largo y tendido de cómo una actividad como la lectura era capaz de modificar nuestro cerebro mucho más de lo que sospechábamos, hasta el punto de que había diferencias sustanciales entre personas lectoras y no lectoras. De hecho, a ojo cubero, ese artículo os interesó tanto que creo que fue uno de los artículos máss twitteado y facebookeado de todo Xataka Ciencia: más de 1.700 tweets y más de 6.000 Me gusta en Facebook.

Por ello hoy vamos a hablar cómo la adicción a otra actividad, en este caso el uso de Internet, puede estar asociada con una estructura anormal de la sustancia blanca del cerebro (el conjutno de fibras que ocupa casi la mitad de nuestro cerebro).

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Un postre es más dulce si te lo sirven en un plato blanco

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No hace mucho os hablaba de cómo usar tenedores grandes, platos pequeños y vasos altos y delgados para comer menos. Porque la forma de presentación de la comida puede influir significativamente en el gusto y hasta el cantidad que ingerimos de la misma. También el color influye, porque los colores son poderosos agentes psicológicos: a la mayoría de nosotros, una caja negra nos pesa más que una caja blanca, aunque ambas pesen exactamente lo mismo.

Algo similar sucede con los postres. Si se sirve en un plato blanco, un postre parece más dulce;; al menos es lo que sugiere un estudio llevado a cabo por la Universitat Politècnica de València (UPV) y la Universidad de Oxford, también con la Fundación Alicia (Barcelona).

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¿Si practicas sexo a menudo reduces el estrés y aumentas la formación de nuevas neuronas?

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Ya de por sí fuente de placer, practicar sexo asiduamente , además, reducen de forma drástica la liberación de cortisol, la hormona del estrés, si es que se pueden extrapolar los resultados obtenidos con ratas en un reciente estudio llevado a cabo por Benedetta Leuner y sus colegas del Instituto de Neurociencia de la Universidad de Princeton publicado por la revista científica PLoS One.

Este efecto no se producía en una relación sexual aislada, tal y como demostraron con roedores. El sexo puntual, así como el deporte, aumenta a corto plazo los niveles de cortisol. Pero múltiples experiencias sexuales a diario, sin embargo, lo reducen.

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Ley de Kleiber o que en las ciudades viven más personas innovadoras que en el campo

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midtown-manhattan-1a.jpgComo ya os había contado tiempo atrás, parece que el campo aumenta nuestra inteligencia, si atendemos a una serie de recientes estudios psicológicos, como el publicado a finales de 2008 por la revista Psychological Science por parte de un equipo de investigadores de la Universidad de Míchigan, sugiere que, después de pasar un tiempo en un entorno rural tranquilo, próximos a la naturaleza, las personas mejoran su grado de atención, su memoria y su cognición.

Sin embargo, cuando tratamos de evaluar el grado de innovación de las personas, entonces ocurre justo lo contrario: en la ciudad es donde la gente resulta más innovadora. Ello, de nuevo, recalca un hecho un poco contraintuitivo: que ser innovador no es tanto una cuestión de inteligencia personal o de serendipias en solitario, sino de colaborar con otras personas. Las mejores ideas aparecen de las redes de personas, no de los individuos.

Y una ciudad es un lugar idóneo para generar redes densas de personas.

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El Hearst Castle o la razón de que nunca tengamos suficiente

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san-simeon-hearst-castle-1.jpgConduzcamos nuestro llamativo Cadillac rosa por la costa montañosa y paradisíaca de California. Recorriendo la costa sur de California uno se cruza con lugares cuyos nombres parecen de broma: Atascadero, Sonora, Gorda (¿cuál será el gentilicio de los habitantes de Gorda?), Caliente, Morro Bay, Mariposa o Carmel (no confundir con Camel), de la que Clint Eastwood fue alcande durante muchos años.

Tras dejar atrás Morro Bay, llegamos a San Simeón, a medio camino entre Los Ángeles y California, donde nos topamos también con un lago de nombre anodino: lago López. Desde Santa Bárbara, sólo se tardan dos horas si se toman las autopistas 101 y 1. Allí no existen esos iconos estéticos propios de las playas de California, léase modelos siliconadas o culturistas exhibicionistas. Este paisaje entronca más bien con la soledad de la costa cantábrica española.

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Micronaciones (IV): tu país en tu propia casa

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Si queréis formar vuestro país sin salir de casa, entonces podéis intentar lo que Danny Wallace casi obtuvo recientemente: que se le reconociera como nación su propio piso al este de Londres, al que quería llamar Lovely.

La hazaña fue retransmitida por la BBC en agosto de 2005 en cinco episodios bajo el título de Cómo empezar tu propio país.

Danny Wallace es un joven periodista inglés que le gusta llevar hasta las últimas consecuencias sus ideas y teorías. Por ejemplo, tras romper con su novia, decidió llevar a cabo una modo de vida radicalmente distinto al que hasta entonces había llevado, optando por aceptar y decir que sí a todas las sugerencias, peticiones e invitaciones que le salieran al paso. Daba igual que éstas fuesen interesantes o aburridas, positivas o negativas, su premisa partía de la idea de que si lo aceptaba todo, a la larga, su vida mejoraría, viviría más intensamente, aprendería más cosas, descubriría aspectos del mundo que de ninguna otra manera hubiera descubierto. Durante un año siguió a rajatabla esta filosofía. Según afirma el propio Wallace, compré un coche sólo porque me preguntaron: no estás interesado en él, ¿o sí?; fui a ver una banda llamada General Onion and his Shoking y volé a Singapur en un fin de semana.

Toda su experiencia la recogió en un libro titulado Yes Man, que hace poco ha sido adaptado a la pantalla grande en una película protagonizada por el histriónico Jim Carrey: Di que sí. Wallace también fue fundador de una especie de culto dedicado a la bondad, en el que ha convencido a un buen puñado de ciudadanos estadounidenses para que hagan un acto bondadoso cada viernes, un acto que, preferiblemente, debe beneficiar a un desconocido. También escribió otro libro sobre ello: Join Me.

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