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[Vídeo] Libertad para tres linces

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Tres ejemplares de lince ibérico, de unos diez meses de edad, han sido liberados hoy en el Guadalmellato (Córdoba), con lo que la población en esta zona se eleva ya hasta los 21 ejemplares.

Tanto esta población como las demás existentes en Andalucía evolucionan favorablemente, como muestran los censos presentados recientemente, gracias a los trabajos realizados en el marco del Proyecto Life Lince que lidera Andalucía con la cofinanciación de la Unión Europea.

Estos animales pasarán un tiempo en cercados de cuatro hectáreas adaptándose a la vida en libertad para, más tarde, ser liberados completamente.

Vía | EFE

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Mecánica cuántica en la vida cotidiana: la improbable libertad del ser humano

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Se tiende a pensar que las discrepancias entre la teoría cuántica y la clásica son muy insignificantes, pero de hecho subyacen también a muchos fenómenos físicos a escala ordinaria: la existencia misma de los cuerpos sólidos, la resistencia y propiedades físicas de los materiales, la naturaleza de la química, los colores de las substancias, los fenómenos de congelación y ebullición, la fiabilidad de la herencia; estas y muchas propiedades familiares requieren la teoría cuántica para su explicación.

Quizá el fenómeno de la conciencia sea también algo que no pueda entenderse en términos enteramente clásicos.

A la gente le gusta invocar la incertidumbre de la mecánica cuántica para deducir que el mundo no se puede predecir y que, por tanto, no es determinista; en suma, que somos entidades libres.

El principio de incertidumbre de Heisenberg, en efecto, dice que no posible medir (es decir amplificar hasta el nivel clásico) con precisión la posición y el momento de una partícula al mismo tiempo. Peor aún: existe un límite absoluto para el producto de estas precisiones.

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El mito de la racionalidad humana

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Psicólogos y especialistas siempre han comparado nuestro cerebro con un ordenador donde se procesa gran cantidad de información y se efectúan miles de operaciones simultáneas, superando espectacularmente al ordenador más potente del mundo. Nos podríamos sentir orgullosos de ello. Sin embargo, nuestro funcionamiento intelectual comete errores o distorsiones aparentemente caprichosas que un ordenador nunca haría.

Algunos de estos errores de nuestros cerebros serían los prejuicios raciales o los estereotipos, por ejemplo. Así, cuando analizamos la información que recibimos a través de nuestros sentidos, nos dejamos llevar muy a menudo por nuestras creencias, expectativas o sesgos.

Infinidad de estudios realizados han confirmado que, en los análisis causales que efectuamos, solemos ser bastante benevolentes con nosotros mismos: nos atribuimos el éxito de lo que nos sucede (he aprobado el examen porque he estudiado mucho o porque soy suficientemente inteligente) y, por el contrario, solemos exculparnos por los malos resultados (me he divorciado porque mi pareja era insoportable, he suspendido el examen porque el profesor es un tirano, o se me ha caído la taza al suelo porque alguien ha tropezado conmigo). Naturalmente el estado de ánimo afecta extraordinariamente al análisis causal de la realidad.

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El hombre probablemente no es libre ni lo será nunca (y II)

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Pero volvamos a la física.

“La Teoría” infantil que esgrimíamos frente a profesores poco preparados era verdaderamente muy antigua y no del todo exacta. Es cierto que estamos hechos de los mismos elementos que cualquier objeto y que estamos sometidos también a las mismas interacciones elementales. En base a esto, el físico y matemático del siglo XIX Pierre Simon Laplace postuló que todo está determinado a nivel físico y, por tanto, toda libertad es ilusoria.

Sin embargo, este razonamiento no tiene en cuenta el descubrimiento unos años más tarde del matemático Henri Poincaré respecto al “problema de los tres cuerpos”. Si se produce la imbricación de varios determinismos, el resultado de su acción a largo plazo es imprevisible. Este resultado se ha extendido al conjunto de los fenómenos llamados “caóticos”, es decir, aquellos cuyo desarrollo depende estrechamente de las condiciones iniciales; como la precisión del conocimiento de estas condiciones de partida es limitada, la previsión a largo plazo tiene también un límite.

Esta constatación de la imprevisibilidad de los fenómenos del mundo real, sin embargo, no es suficiente para demostrar la posibilidad de la libertad humana. Pero sin duda hace indemostrable su imposibilidad.

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El hombre probablemente no es libre ni lo será nunca (I)

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Esta anécdota es verídica. Tengo un amigo que con apenas 16 años le formuló una peliaguda pregunta a una profesora de ciencias. En clase habían estudiado ya numerosas leyes que parecían regir el universo, los cuerpos físicos, incluso los átomos. Su pregunta fue: Si todo obedece a leyes fijas e inamovibles e, incluso, éstas se pueden predecir, ¿entonces el ser humano no tiene voluntad propia y simplemente cumple un programa fijo?

Evidentemente, la pregunta no fue formulada en estos estrictos términos. Hay que añadirle algunos balbuceos. La cuestión importante fue la respuesta de la docente: Uy, pues no sé, si así fuera qué triste sería la vida, ¿no crees?

Con los años, este amigo se estuvo planteando si realmente los términos “alegre” o “triste” tenían algo que ver con el funcionamiento del cosmos. Hasta que nos conocimos 4 años después. Me formuló la misma pregunta, a la que empezamos a denominar “La Teoría”. Nos obsesionamos con ella. Y, desde entonces, nos hemos pasado una década leyendo todo lo que podíamos sobre el asunto.

Las conclusiones, pese a la respuesta “triste” de la profesora, no son demasiado halagüeñas.

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