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El tumor cerebral que agarró un rifle y mató a un montón de gente

El tumor cerebral que agarró un rifle y mató a un montón de gente
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El 1 de agosto de 1966, un hombre llamado Charles Whitman subió en ascensor hasta la planta superior de la Universidad de Texas, en Austin, desenfundó un rifle y empezó a matar gente sin ton ni son. Incluso mató a una mujer embarazada, y luego a las personas que intentaron asistirla. Antes de que lo abatieran, Whitman también mato a los conductores de ambulancias.

Pero la historia, después de investigarse, acabó siendo más macabra: aquella mañana, Whitman había matado antes a su madre y a su mujer. En una nota de suicidio escrita horas antes por Whitman se leía que, aún considerándose un hombre inteligente, había alguna razón que no sabía definir que le impulsaba a matar a toda la gente que estaba a punto de matar.

Y Whitman era inteligente, de eso no cabía duda: de niño había obtenido un 138 en un test de inteligencia Stanford Binet. Quizá, por eso, cuando empezó a sentir aquel impulso asesino, Whitman creyó que algo había cambiado en su cerebro. También en su nota de suicidio solicitó que, tras su muerte, le realizaran una autopsia para determinar qué le había pasado.

El tumor asesino

Tras la autopsia, en efecto, algo había en el cerebro de Whitman. Concretamente un tumor del diámetro de una moneda de cinco centavos. Un tumor llamado glioblastoma que había nacido debajo de una estructura llamada tálamo, empujando el hipotálamo y comprimiendo la tercera región llamada amígdala.

La amígdala participa en la regulación emocional, sobre todo en el miedo y la agresión. Tal y como explica el neurólogo David Eagleman en su libro Incógnito:

En los humanos normales, la actividad de la amígdala aumenta cuando la gente ve caras amenazantes, se siente inmersa en situaciones que dan miedo o experimenta fobias sociales.

Es decir, que el tumor parecía haber manipulado el cerebro de Whitman hasta el punto de convertirlo en un asesino sanguinario. Lo que pone de manifiesto algunas cuestiones inquietantes, como hasta qué punto los asesinos o los criminales en general son personas sanas mentalmente (y por tanto merecen cárcel o quizá un tratamiento). Y, también, hasta qué punto somos dueños de nuestros actos, responsables de ellos. ¿Acaso somos algo más que pura biología?

El saber que Whitman padecía un tumor cerebral, ¿modifica su actitud acerca de estos asesinatos absurdos? Si Whitman hubiera sobrevivido, ¿afectaría eso a la sentencia que consideraría usted apropiada para él? ¿Cambia el tumor el grado de “culpa” que hay que achacarle? ¿Acaso no podría sucederle a usted el infortunio de desarrollar un tumor y perder el control de su comportamiento?
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