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El experimento de pensar en una divinidad

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En un estudio de 2006 llevado a cabo por los neurocientíficos Mario Beauregard y Vincent Paquette, de la Universidad de Montreal, Canadá, querían valerse de las imágenes del cerebro para arrojar un poco de luz acerca de la forma en que el cerebro experimenta las creencias o los sentimientos religiosos.

Para llevar a cabo el estudio, se sometió a un escáner de resonancia magnética funcional a 15 monjas de clausura pertenecientes a una secta monástica austera de la Iglesia Católica Romana con edades comprendidas entre los 23 y los 64 años.

Los neurocientíficos, entonces, solicitaron a las monjas que revivieran la experiencia religiosa más profundo que hubieran tenido como integrantes de la orden carmelita. Entonces se percibió una gran actividad en el núcleo caudado, una pequeña región central del cerebro que produce sensaciones de alegría, serenidad, conciencia del ser e incluso amor.

Otra de las regiones que se activó fue la ínsula, la cual algunos neurocientíficos asocian a los sentimientos de conexión con lo divino.

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La sorpresa llegó cuando a las mojas se les solicitó que revivieran alguna experiencia emocional profunda, no relacionada con Dios, sino con otro ser humano: las neuroimágenes fueron distintas. Es decir, que los patrones de activación cerebral asociados con la religión parecen diferentes a los asociados con las relaciones humanas (al menos en personas con profundas creencias religiosas).

Algunos investigadores han llegado a pensar en la posibilidad de la existencia de un "punto de Dios" o "módulo divino", es decir una región específica del cerebro "diseñada" para la comunicación con Dios. Esta investigación, si bien tiene un tamaño muestral reducido, trata de refutar tales teorías.

Lo que sí parece más claro es que, haya o no un centro divino, éste se debilita si nos ponemos a resolver un problema analítico. Es al menos lo que sugiere un estudio con 650 personas de la University of British Columbia (Canadá) publicado en la revista Science. Daniel Kahneman, psicólogo y Premio Nobel de Economía, matiza el resultado:

No estamos haciendo que la gente se vuelva atea. Lo que este trabajo muestra es que, cuando piensas de manera más crítica y reflexiva eres más propenso a rechazar algunas afirmaciones que en caso contrario aprobarías.

Los neurocientíficos más osados incluso proponen que en un futuro se podría “desactivar este centro de Dios”, al igual que se podrá gestionar el enamoramiento o el síndrome de abstinencia. ¿Cuántos querrán ingerir la píldora atea? ¿Deberá ser de obligada ingesta al nacer? ¿Se formarán grupos anti píldoras ateas como existen ya grupos antivacunas? Espinosas cuestiones que tal vez muy pronto deberemos enfrentar.

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