¿Os acordáis del museo de cabezas de Futurama? Flotando en alguna solución protectora, miles de cabezas privilegiadas de la historia permanecen alienadas en los anaqueles del museo, a la espera de que entablemos conversación con ellas. Allí está Chomsky, por ejemplo. O Nixon, ejem.
Algo parecido se llevó a cabo en marzo de 1914, en el Instituto Emperador Guillermo de Investigación Cerebral y Biología General, dirigido por el doctor Oskar Vogt y apoyado financieramente por Fritz Alfred Krupp, el magnate del acero alemán. Allí se empezó a recibir cerebros de personas intelectualmente sobresalientes, sobre todo científicos. Una suerte de panteón de cerebros geniales que acaso serviría para localizar, físicamente, en algún rincón del cerebro, la fuente de la genialidad.

A pesar de lo que prodiguen los poetas, el amor no es para siempre. Al menos el amor químicamente puro, si se me permite la licencia. Otra cosa es que, tras caducar el amor neuroquímico, una pareja continúe unida y feliz, aunque no necesariamente bajo el manto del amor sino de muchos otros sentimientos similares. El cariño, la camaradería, la complicidad y otros.
A pesar de que la mayoría de la gente cree que se nos da muy mal diferenciar la realidad de la ficción, por ejemplo creando filtros para evitar que las personas imiten los comportamientos de las películas o achacando que alguien que se lanza desde un sexto piso con una capa roja es porque ha sido mentalmente pervertido por Supermán), lo cierto es que se nos da muy bien diferenciar ambas cosas. Incluso a edades muy tempranas.
Las palabras tienen poderes ocultos, ya sea por el sonido que emiten al pronunciarse como los significados que encierran, así como los lastres culturales que arrastran. Como si fueran palabras leídas en un grimorio por Harry Potter. Los retóricos saben usar algunas parcelas de ese poder, pero existen otras ramificaciones subterráneas que apenas se pueden controlar y que, fonía a fonía, nos desvelan cómo son capaces de modificar nuestra mente gracias a la tecnología de la neuroimagen.
Estamos ante un libro que se parece mucho (aunque sea inferior) a aquella pequeña maravilla que es
Hace unos días os hablaba largo y tendido de cómo una actividad como la lectura era capaz de 


