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La historia evolutiva de los humanos explica por qué la actividad física es importante para la salud del cerebro

La historia evolutiva de los humanos explica por qué la actividad física es importante para la salud del cerebro
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Cada vez hay más estudios que asocian mejoras cognitivas en nuestro cerebro a la práctica de ejercicio, sobre todo aeróbico. Sin embargo, poco se sabe de la razón de que esto ocurra.

Eventos clave en la historia evolutiva de los humanos pueden haber forjado este vínculo entre el ejercicio y la función cerebral.

Tamaño del hipocampo

Si bien es posible decir que el ejercicio hace aumentar el hipocampo, la región del cerebro relacionada con la memoria, no se puede afirmar aún si estos efectos en los humanos están relacionados con la neurogénesis u otras formas de plasticidad cerebral, como el aumento de las conexiones entre las neuronas existentes.

Los investigadores también han documentado vínculos claros entre el ejercicio aeróbico y los beneficios para otras partes del cerebro, incluida la expansión de la corteza prefrontal, una región que involucra aspectos cognitivos como la planificación, la toma de decisiones o la multitarea, habilidades que, como la memoria, tienden a disminuir con el envejecimiento o el Alzheimer.

Pero ¿por qué el ejercicio mejora tantas regiones de nuestro cerebro? ¿Por qué frena su deterioro natural con el transcurso del tiempo? ¿Qué ventaja evolutiva hubo en el pasado para que esto ocurriera?

Dos eventos clave

Según explican David A. Raichlen, director del laboratorio de biología evolutiva del ejercicio en la Universidad del Sur de California, y Gene E. Alexander, director del laboratorio de imágenes cerebrales, comportamiento y envejecimiento de la Universidad de Arizona, hubo dos eventos clave a nivel evolutivo que vinculan el ejercicio con la función cerebral.

Bipedismo: al pasar de caminar a cuatro patas a hacerlo erguidos requiere que nuestros cerebros deban coordinar una gran cantidad de información y, en el proceso, hacer ajustes a la actividad muscular en todo el cuerpo para mantener nuestro equilibrio. Al coordinar estas acciones, también debemos estar atentos a cualquier obstáculo ambiental. Es decir, que a diferencia de nuestros antepasados cuadrúpedos, nuestros cerebros empezaron a ser más desafiados a nivel cognitivo.

Caza y recolección: la forma de vida de los homínidos cambió para incorporar niveles más altos de actividad aeróbica. La evidencia fósil indica que en las primeras etapas de la evolución humana, nuestros antepasados fueron probablemente simios bípedos relativamente sedentarios que comieron principalmente plantas. Sin embargo, hace unos dos millones de años, a medida que los hábitats se secaban bajo un clima frío, al menos un grupo de humanos ancestrales comenzó a alimentarse de una nueva manera, cazando animales y recolectando alimentos vegetales. La caza y la recolección implican mucha más actividad aeróbica que en otros simios.

Cuando buscan comida lejos, los cazadores-recolectores deben inspeccionar sus alrededores para asegurarse de saber dónde están. Este tipo de navegación espacial se basa en el hipocampo, la misma región del cerebro que se beneficia del ejercicio y que tiende a atrofiarse a medida que envejecemos. Además, tienen que escanear el paisaje en busca de signos de comida, utilizando información sensorial de sus sistemas visuales y auditivos. Deben recordar dónde han estado antes y cuándo estaban disponibles ciertos tipos de alimentos.

Todo esto resulta vital.

BDNF

Cuando realizamos una actividad física exigente, nuestros músculos comienzan a contraerse y relajarse y envían al cerebro una serie de sustancias químicas, entre ellas, una proteína llamada IGF-1. El cerebro lo interpreta como un momento de estrés, como si estuviésemos luchando con algún enemigo o tratando de huir de algún peligro. En respuesta, libera sustancias químicas que protegen a las células nerviosas de daños, las impulsan a crecer, a multiplicarse, a fortalecer las conexiones entre neuronas y otras células nerviosas y a crear nuevas conexiones.

De entre todas esas sustancias, la más importante es el factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF). El BDNF es esencial durante la formación del sistema nervioso porque fomenta la capacidad plástica del cerebro para que se adapte mejor a las situaciones y pueda modificarse en función del ambiente.

Aunque cualquier animal en busca de alimento debe navegar y descubrir dónde encontrar comida, los cazadores-recolectores tienen que realizar estas funciones durante las caminatas rápidas que pueden extenderse por más de 20 kilómetros. A altas velocidades, la multitarea se vuelve aún más difícil y requiere un procesamiento de información más rápido.

Desde una perspectiva evolutiva, tendría sentido tener un cerebro más capacitado para responder a una serie de desafíos durante y después de la búsqueda de alimentos para maximizar las posibilidades de éxito en la búsqueda de alimentos. Pero los recursos fisiológicos necesarios para construir y mantener dicho cerebro, incluidos los que apoyan el nacimiento y la supervivencia de nuevas neuronas, le cuestan energía al cuerpo, lo que significa que si no usamos regularmente este sistema, es probable que perdamos estos beneficios.

Actualmente, sin embargo, no necesitamos participar en actividades físicas aeróbicas para encontrar comida para sobrevivir. Simplemente podemos ir al supermercado o llamar a Glovo. Estos nuevos hábitos sedentarios provocan la atrofia cerebral. Sencillamente, necesitábamos un cerebro con ciertas regiones del cerebro muy desarrolladas para sobrevivir y reproducirnos; si ya no nos desafían para hacerlo, esas regiones empiezan a no ser tan importantes, y pierden fuelle como lo hacen nuestros músculos.

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