El arte puede verse revolucionado por los avances tecnológicos hasta puntos insospechados, desde el análisis de obras literarias (mediante software) hasta el escrutinio de obras pictóricas o escultóricas, como ya os explicaba en el artículo Se usa tecnología médica para estudiar obras de arte.
La historia del arte también puede contarse desde la perspectiva de la ciencia, concretamente de la química y, por tanto, de cómo el descubrimiento de nuevos colores influyó en el arte. Y eso es la ambiciosa empresa que ha abordado Philip Ball (célebre escritor de temas científicos que colabora regularmente en Nature) en La invención del color. Y, por tanto, nos ha inspirado para escribir artículos como El mortal color verde.
Resulta innegable, a tenor de las continuas zambullidas que realiza Ball en la historia del arte, que la invención y la disponibilidad de nuevos pigmentos químicos fueron en realidad los verdaderos influyentes y coadyuvantes de la evolución de arte, por encima de políticas o modas. Tendemos a pensar que el arte se ha pergeñado como se ha pergeñado en base a las habilidades creativas de los artistas, pero no que el artista, en el fondo, ve limitado por las herramientas de las que dispone. Se habla más de aspectos estilísticos o formales y se descuida el aspecto quizá más importante: el oficio.

Versiones reales de los cuadros concebidos por M. C. Escher, el artista holandés conocido por sus grabados, xilografías y litografías que tratan sobre figuras imposibles, teselaciones y mundos imaginarios que desafían los modos habituales de representación. Seguro que todos recordáis aquel cuadro suyo lleno de escaleras infinitas que se conectan unas con otras. Una versión cinematográfica de este efecto fractal lo podéis ver en la secuencia final de la película Dentro del Laberinto, cuando Jennifer Connelly se enfrenta a David Bowie, el Príncipe de los Duendes.
A veces me sorprende el encono con el que la gente debate quién fue el inventor de tal o cual cachivache. Por ejemplo, ¿los primeros en volar fueron los hermanos Wright o Santos Dumont? ¿El inventor del teléfono fue Bell o Meucci?
Las ejecuciones artísticas más sublimes suelen realizarse con el piloto automático puesto, en modo zombi, sin darle demasiado al coco, dejándose llevar por el instinto y la trepidación. De igual manera, si uno le da demasiado al coco sobre el arte, sobre lo que es más o menos bello, mejor o peor, exacto o inexacto, entonces todo puede perder su sentido. Hasta el punto de que acabemos prefiriendo una foto de unos graciosos gatitos a un cuadro de Van Gogh (como os demostraré más adelante en un curioso experimento).
En ciencia, a los investigadores del pasado se reverencian por sus contribuciones, pero raramente se usan como argumentos de autoridad: la ciencia progresa desmontando los supuestos de los científicos.
Para finalizar, y volviendo a la analogía gastronómica, debemos asumir que un estudio más profundo del arte podría revolucionar el mismo concepto de arte, catapultándolo a un estadio mucho más maduro.
El arte es la demostración de que se dispone de recursos adaptativos: habilidad, creatividad, inteligencia, tiempo suficiente para despilfarrarlo en creaciones inútiles para la supervivencia. Y también la exhibición de estímulos supernormales, la exageración de las cualidades.
Actualmente se conoce con bastante precisión cómo funciona el proceso de la digestión, e incluso por qué preferimos asimilar grasas antes que otras sustancias, pero ello no ha hecho desaparecer nuestra afición por la gastronomía, por elaborar recetas o por acudir a restaurantes.
Existe un pájaro de Australia y Nueva Guinea al que podríamos llamar pájaro Número 9, aunque su verdadero nombre sea tilonorrinco. Lo podríamos llamar Número 9 porque hace unos años, un inversor mexicano batió el récord mundial de una subasta de pintura al pagar más de 109 millones de euros por Número 9, de Jackson Pollock.