No sé en qué programa de televisión oí a un tipo argumentar que la naturaleza es sabia, y que, por tanto, drogarse estaba mal: la prueba es que nunca verías a un animal drogándose. Bien, aparte de que usar la naturaleza como referente moral o incluso lógico es un error, lo cierto es que los animales hacen muchas cosas que nosotros hacemos. No solo masturbarse, como ya os conté en otro artículo, sino también drogarse.
Así pues, aunque suene muy contracorriente, la propensión a embriagarse con sustancias psicoactivas no es exclusiva de los seres humanos o de rompedores de normas sociales como Timothy Leary, Ken Kessey y demás criaturas del movimiento contracultural de los años 60 en EEUU. Por ejemplo, se han observado aves, elefantes y monos rastreando el suelo con afán de encontrar frutas y bayas: tras un proceso de fermentación natural, empiezan a producir alcohol.
El neurólogo Davd J. Linden aporta otros ejemplos sorprendentes de animales que buscan ponerse a tono en su libro La brújula del placer:


Las fotografías de Sam Lim son un deleite visual y representan la naturaleza de una manera tan nítida y profunda que poco más se puede decir sobre las instantáneas: la mejor manera de entenderlo es contemplando las instantáneas de Lim.
Hay una inclinación natural a rechazar los transgénicos. Los transgénicos son el mal, suenan a mutantes, a malformaciones inenarrables, a enfermedad. Muchos de los que hogaño se oponen a los transgénicos, pues, no se diferencian demasiado de los que antaño se oponían a la electricidad, las locomotoras de vapor o los hornos microondas: todo avance técnico es tomado, al principio, como una amenaza, nunca como una ventaja: hasta hace poco, los enemigos de Internet eran tan ubicuos y feroces como los luditas que destrozaban telares mecánicos.
La idea está ya cristalizada en la cultura popular: petróleo negro y asqueroso matando la naturaleza y contaminando el mundo; energías renovables limpias y armónicas con las plantas y animales. Pero ¿es todo tan maniqueo como parece?
Suena tan bonito pensar que la naturaleza es sabia, es buena y, sobre todo, que permanece en equilibro (un equilibrio que el vil ser humano se empecina en desestabilizar). Pero esta idea no es tan exacta como parece.
Por todos es conocido que la madre naturaleza es muy sabia.