Hay una anécdota que siempre me ha recordado un poco a lo que acaba sucediendo cuando quedo para tomar café con alguien interesante. La anécdota la protagonizan el filósofo Protágoras de Abdera, uno de los grandes impulsores de la sofística, y su amigo y alumno Pericles. Ambos podían pasarse un día completo discutiendo la cuestión sobre quién recaería la responsabilidad si en un campeonato de lanzamiento de jabalina un espectador muriera al ser alcanzado por ésta: el lanzador o los organizadores de la competición, que no garantizaron la seguridad de los espectadores.
Es decir, de cualquier minucia, podían sacar tema para debate. Y, si bien no soy estoy muy a favor del debate para crear conocimiento (menos aún si es un debate en formato adversarial), sencillamente porque la oralidad no se lleva bien con los argumentos complejos jalonados de datos (para eso existen discursos sostenidos perfectamente articulados en 200 o 300 páginas llenos de referencias a estudios que avalen o refuercen cada afirmación)... aunque no estoy muy a favor, digo, sí que se puede sacar algo muy importante de un debate de este tipo.
Curiosidad. Curiosidad por seguir indagando, por seguir reflexionando, por seguir leyendo más y más sobre ese tema escurridizo que te llevó todo un día de combate dialéctico. Además, debatir con otra persona inteligente es un magnífico ejercicio de gimnasia mental mucho más efectivo que resolver crucigramas. También te permite encontrar fallas en tu discurso. Y qué demonios: a todos nos sube un poquito el ego cuando descubrimos que sabemos más que el otro (sobre todo para los que estén educados en el one-upmanship o el arte de quedar siempre por encima de los interlocutores. Nadie es perfecto).
En ese sentido, el exitoso libro de Pere Estupinyà (Tortosa, 1974), excelente divulgador y mejor persona (es un licenciado en Química y Bioquímica que abandonó su doctorado en Genética para dedicarse en exclusividad a la comunicación científica), es algo así como una dinamo neuronal que os generará toda clase de debates interesantes, tanto con otros como con vosotros mismos (sí, sé de gente que discute consigo misma en la intimidad de su dormitorio, dejad de fruncir el ceño, ejem). Eso es, en pocas palabras, El ladrón de cerebros.

El científico irlandés William Molyneux propuso el siguiente acertijo, hace aproximadamente 300 años: si una persona ciega de nacimiento adquiere la vista a edad adulta y mira un cubo y una esfera, figuras geométricas que antes sabía reconocer y nombrar gracias al tacto, ¿sería capaz de distinguir con la mirada lo que ya sabía identificar con las manos?
Hace apenas una década, lo habitual era acudir a unos grandes almacenes los domingos (a ser posible con toda la familia y vestido con un chándal) para hacer la compra semanal. De un tiempo a esta parte, se ha estandarizado el uso de Internet par ir al Súper, y también para comprar toda clase de artículos: el sueño de cualquier agorafóbico.