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Todos sentimos cierta predilección por los números redondos, en particular los múltiplos de diez. Por ello no es difícil oír que sólo usamos el 10 % de nuestro cerebro; o que el 10 % de la población estadounidense es homosexual.
Si nuestro sistema métrico no fuera decimal sino de base 12, tal vez las estadísticas más populares serían otras.
Así pues, un 10 % de algo puede ser un porcentaje significativo según el contexto, pero puede no serlo en absoluto a pesar del atractivo psicológico subyacente.
Este mecanismos es más evidente en asuntos que tienen que ver con nuestra salud, y así acabamos malinterpretando los riesgos reales o cogiéndonosla con papel de fumar con asuntos banales. Por ejemplo, las drogas causan una gran alarma social (qué madre no está preocupada por ello), genera debates, miles de estadísticas, informes toxicológicos, cifras de muertos, etcétera.
Pero las drogas en las que se concentra todo este armamento psicológicamente sensible son, sobre todo, la cocaína y la heroína, cuando el alcohol mata diez veces más, y el tabaco casi cien veces más.
Como ha dicho el físico H. W. Lewis, las centrales nucleares despiertan el temor de la mayoría de los ciudadanos de Estados Unidos, pero el prosaico problema del plomo en la pintura vieja y la cañerías antiguas ha causado mucho más daño.
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