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Dibujar mapas es difícil, como dijimos en la anterior entrega de esta serie de artículos. Como consecuencia de todo ello, los terrenos empezaron a ser punteados exhaustivamente por los vértices geodésicos, que no dejan de ser una serie de señales informativas, por lo general representadas por un cilindro de 120 centímetros de altura y 30 de diámetro que, montado sobre un pedestal de hormigón en forma de dado de 1 metro y pintado de color blanco, indica la altura exacta de ese punto con respecto al nivel del mar.
Entre sí, las señales también forman una red de triángulos cuyas coordenadas están recogidas al punto por los centros de cartografía mundial. Sobre este cilindro también se puede situar un teodolito o instrumental topográfico para hacer toda clase de mediciones del terreno. Por ejemplo, un topógrafo puede situar las coordenadas del proyecto de construcción de una futura carretera instalando sobre el vértice geodésico un GPS. No se trata de un GPS navegador del coche, sino de uno que pueden costar hasta 6.000 euros.
El GPS, entonces, calcula las correcciones que se obtienen de restar las coordenadas que ofrece el GPS con las del vértice, enviándolas a otro GPS móvil que está ofreciendo coordenadas de otros puntos. Es un poco ininteligible, por eso es trabajo de topógrafos. La cuestión es que, de no existir los vértices geodésicos, la cartografía tal y como la conocemos hoy en día tampoco existiría.
Al igual que sucedía con las atalayas de Las dos torres, desde cada vértice geodésico se divisa, al menos, otro vértice geodésico vecino, con lo cual uno puede ir saltando de vértice en vértice y tiro porque me toca, como una oca adicta al jet lag.
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