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Lo contraproducente del café de comercio justo (y II)

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cafe2.jpgTal y como os explicaba en la primera entrega de este artículo, la estrategia seguida por el comercio justo es, en pocas palabras, la siguiente: intentamos pagar más a los productores, a la vez que intentamos persuadirles de que produzcan menos. La propia Oxfam tuvo que admitir que fijar los precios del comercio justo no haría nada para tratar el problema subyacente, que era el exceso de oferta de café.

Se propuso entonces otra estrategia aún más delirante: recomendar a los gobiernos y empresas que compraran aproximadamente 5 millones de sacos de café y los destruyeran. Es decir, en vez de dar ese dinero (unos 100 millones de dólares) a los pobres para dejar que cultiven algo que la gente necesite, pagarles por cultivar algo que ni siquiera necesitamos, para que luego podamos destruirlo.

Con razón, pues, el café de comercio justo es más caro: hay que pagar la parte que consumimos y la parte que tiramos al mar.

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Lo contraproducente del café de comercio justo (I)

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1.jpgUno de los lugares donde más me inspiro para escribir, aparte de las bibliotecas con salas de Internet separadas totalmente de las salas de lectura, son las cafeterías. Sobre todo las cafeterías donde hay más parroquianos pero hablan como un runrún de fondo, donde hay enchufes para conectar mi portátil (y la dueña no viene a decirme si voy a estar mucho más conectado) y donde los camareros, en general, no andan con la mosca detrás de la oreja porque un cliente se pasa unas horas tecleando. (Lo de que haya WiFi incluido ya ni me lo planteo: es mera utopía).

Mis dosis cafeínicas, pues, están muy medidas para que no se devalúe su efecto: tomo unos tres cafés semanales, y siempre me producen la misma sensación: mejoran increíblemente mi concentración y mi capacidad de trabajo, así como mi locuacidad. Y eso ocurre a los pocos minutos de haber tomado el primer sorbo, algo así como beber de la marmita de Astérix y Obélix.

Así que las cafeterías, y particularmente el café, constituye un factor coadyuvante a mi creación literaria y periodística. Ahora mismo, sin ir más lejos, me encuentro aporreando el portátil en una cafetería de Hospitalet de Llobregat (Barcelona), hace 15 minutos que he finiquitado una taza de café, y hace un calor de mil demonios: este año, en aras de ahorrar, muchos locales se niegan a poner el aire acondicionado aunque el ámbito del lugar parezca una sauna turca.

Esto viene a cuento porque soy sensible a los precios del café, y por tanto al café de “comercio justo”, algo así como fijar los precios en interés de la justicia global distributiva. Si bien la iniciativa empezó hace mucho tiempo, adquirió cierto impulso en el año 2001, a raíz del exceso de oferta en los mercados mundiales, que condujo a un descenso catastrófico en el precio al por mayor de los granos de café. Muchos países empobrecidos por el descenso de precio, pues, deberían sacar ventaja del café de comercio justo.

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Ecologistas no tan ecológicos: consumo con responsabilidad, conduzco un Prius, lavo los platos a mano y compro productos locales (y V)

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Un ejemplo eficaz para preservar el medio ambiente que no depende del filo hilo de la voluntad individual de cada uno de nosotros (así como de nuestras continuas decisiones probablemente erradas sobre lo que contamina más y lo que contamina menos), lo propone el economista Tim Harford, junto con otros investigadores.

La idea, en pocas palabras, es que los gobiernos de los principales productos de combustibles fósiles del mundo se pusieran de acuerdo para cobrar cada uno de ellos un impuesto de 50 dólares por cada tonelada de dióxido de carbono contenida en cualquier combustible fósil extraído en su territorio, unos 14 dólares por tonelada de dióxido de carbono.

Tal y como Harford explica en su reciente libro Adáptate:

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Ecologistas no tan ecológicos: consumo con responsabilidad, conduzco un Prius, lavo los platos a mano y compro productos locales (IV)

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Llegamos a casa y nos ponemos a lavar los platos. Como la tecnología es el mal, decidimos lavar los platos a mano, en vez de usar un lavaplatos.

Sin embargo, el lavado a mano es más nocivo en relación a las emisiones de dióxido de carbono. (Según Brendan Koerner, en su artículo Is a dishwasher a clean machine?, se consumen de 540 a 8000 g por lavar los platos a mano y 770 g por lavarlos en una máquina a 55º. Para lavarlos a mano con bajas emisiones de dióxido de carbono hay que usar fregaderos de dos senos, uno para enjabonar y otro para aclarar y no dejar correr el agua).

Son 30 litros de agua diarios se ahorran, de promedio, con el lavavajillas, según un informe del Canal de Isabel II y BSH Electrodomésticos España. Asimismo, consumen un 10% menos de energía. Además, los platos quedan más limpios. Según un estudio de la Universidad de Bonn, la cantidad de agua que consume un lavavajillas clase “A” es de unos 15 litros por lavado, frente a los 119 litros del lavado a mano para la misma cantidad de vajilla.

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Ecologistas no tan ecológicos: consumo con responsabilidad, conduzco un Prius, lavo los platos a mano y compro productos locales (III)

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toyota_prius.jpg¿Y comer una hamburguesa? Quizá el ecologista escogerá un carne local, pero ello no evitará que la carne vacuno, en general, responda al mismo esquema de emisión de metano de los productos lácteos (2500 gramos de dióxido de carbono por un cuarto de libra). ¿Chuletas de cordero? Error: las ovejas también producen metano.

Si queréis comer carne sin contaminar demasiado, entonces podéis optar por el cerdo o el pollo, que emite la mitad de dióxido de carbono. O mejor todavía: pescado, concretamente las especies que nadan cerca de la superficie (arenque, caballa, pescadilla).

Sobre lo de consumir productos locales para evitar la contaminación del transporte, tampoco está muy claro que sea así. El transporte emplea energía, en efecto, pero su impacto es menor de lo que cabría esperar porque la mayoría viaja en barco. Por ejemplo, se consume más combustible fósil para criar un cordero en Reino Unido que en Nueva Zelanda, que tiene una estación herbosa más larga y más energía hidroeléctrica, lo cual compensa las emisiones nocivas causadas por el transporte.

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Ecologistas no tan ecológicos: consumo con responsabilidad, conduzco un Prius, lavo los platos a mano y compro productos locales (II)

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090424-01-mannahatta-manhattan-island_big.jpgTal y como os prometí en la anterior entrega de este artículo, y como ya os he explicado en otras ocasiones, vivir en el campo, en un entorno rural, está muy bien si somos unos cientos de miles de personas en el mundo. Pero somos 7.000 millones, así que vivir en tales entornos resulta mucho menos ecológico que hacerlo en grandes ciudades. Así que, puestos a elegir, es mucho mejor que la gente se aglomere en ciudades grandes tipo Blade Runner que en valles suizos mientras suenan las notas de Sonrisas y lágrimas.

Podéis profundizar mucho más en todo ello en mi serie de artículos ¿Cómo debería ser el futuro? ¿Megaciudades futuristas o casitas en el campo como la de Heidi?

Si permanecemos en una ciudad, imaginemos que vamos a desayunar y decidimos tomar un vaso de leche fría para evitar el uso de la electricidad de nuestra cafetera. El problema de la leche, por muy ecológica que sea, es que procede de algún sitio, en este caso en particular de un animal llamado vaca. Y las vacas son grandes contaminantes: para producir un cuarto de litro de leche, una vaca eructa siete litros y medio de metano, que pesan unos cinco gramos, el equivalente a cien gramos de dióxido de carbono. (Tackling problema of belching cows, de Martin Cassidy, en BBC News / The environmental, social and economic impacts associated with liquid milk consumption in the UK and its production, del Department for Agriculture and Rural Affairs, diciembre 2007).

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Ecologistas no tan ecológicos: consumo con responsabilidad, conduzco un Prius, lavo los platos a mano y compro productos locales (I)

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rebelarse-vende.jpgVoy a proferir una obviedad. Y además voy a hacerlo de forma simplona. A saber: las personas ni son buenas ni son malas, sencillamente persiguen el propio interés. Si en el curso de este objetivo salen obstáculos al paso, entonces los conflictos de intereses generarán comportamientos buenos o malos, según el grado de profundidad con el que analicemos dicho comportamiento. (Sí, para el que suscribe, el altruismo y el egoísmo son sinónimos, por si cabe alguna duda).

Pero hoy, queridos amiguitos, no vamos a meternos en ese jardín, ya de por sí proceloso. Vamos a pisotear otro jardín también trufado de minas, y lo vamos a hacer con cautela intelectual pero sin ningún remilgo moral o político: si tiene que estallar la mina, que lo haga, y al menos el estrépito acaso nos espabile un poco el jeto y, por extensión, el saco de tópicos que todos llevamos por bagaje.

(Huelga advertir que el que suscribe solo aspira a estimular la sana discusión entre los comentaristas: este artículo no es la verdad revelada ni pretende serlo).

Dicho lo cual, vamos al meollo: Sí, todos creemos que somos buenos, en términos generales. Pero sobre todo necesitamos parecer buenos, porque de nuestros actos se forjará luego nuestra reputación. En el universo social, la reputación constituye uno de los valores más esenciales. Por ello hay tanta gente que intenta consumir con responsabilidad (y lo dice), no come carne (y lo dice), ama a los animales (y lo dice) o reniega del nuevo iPad a causa de las draconianas condiciones laborales de sus manufacturas, que acaban por suicidarse por la presión (y lo dice).

Éstos y otros actos nos sitúan en una posición de cierta superioridad moral. Por eso los llevamos a cabo. Y además es bueno para el mundo y, por ende, para nosotros. Por eso, también, los llevamos a cabo.

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Ötzi, un personaje de ‘Sexo en Nueva York’ venido de la Edad de Piedra (y II)

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o12.jpgVamos a hacer un inventario de lo que Ötzi llevaba consigo, tal y como os adelanté en la primera entrega de este artículo:

-Un hacha de cobre, la más antigua jamás encontrada.

-Un cuchillo de pedernal.

-Un arco.

-Flechas.

-Un carcaj.

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Ötzi, un personaje de ‘Sexo en Nueva York’ venido de la Edad de Piedra (I)

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o_tzi1.jpgSolemos creer que muchos de nuestros vicios han sido inducidos por los medios de comunicación, las campañas de marketing o una mano negra que lo controla todo. Sin embargo, son vicios que probablemente vienen de fábrica, y los mencionados solo se aprovechan de ellos.

Por ejemplo, no existen los anuncios porque nos lavan el cerebro para comprar sin freno, sino que tendemos a comprar sin freno, y por eso existen los anuncios: para describirnos las cosas que podemos adquirir.

Esta idea puede resultar un poco chocante a primera vista. Las protagonistas de Sexo en Nueva York parecen el epítome del consumismo desbocado, la adicción a los caprichitos esencialmente inútiles pero muy vistosos, el paradigma de la superficialidad de los tiempos que nos ha tocado vivir. Sin embargo, esos rasgos se encuentran en prácticamente todas las culturas del mundo, y también en épocas pretéritas (obviamente, en el pasado se compraba menos porque había menos que comprar).

Un buen ejemplo de que las sandungueras protagonistas de Sexo en Nueva York corren por nuestras venas (incluimos también a los hombres, que gastan lo mismo en bienes de consumo conspicuo, aunque sean de otra naturaleza) es Ötzi, el Hombre de Hielo.

Ötzi fue encontrado en septiembre de 1991 por dos excursionistas alemanas, en un elevado glaciar en los Alpes del sur del Tirol, cerca de la frontera entre Austria e Italia. La datación del cuerpo reveló que Ötzi había muerto hacía unos 5.000 años. Era la primera vez que se encontraba un cadáver tan antiguo y tan completo, vestido y equipado con decenas de cosas. El hielo, en efecto, lo había conservado estupendamente (aunque era toda una rareza, porque los glaciares acostumbran a triturar y pulverizar los cuerpos que quedan atrapados en ellos, tal y como explica con su especial gracia Bill Bryson en su libro En casa):

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¿Apagar el ordenador un rato ahorra energía?

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Estás trabajando con un ordenador pero vas a hacer una parada para comer. ¿Vale la pena apagarlo completamente para ahorrar energía? Sin duda, pero un ahorro misérrimo que, por contra, lleva aparejados otros efectos adversos.

Un físico de la Universidad de Harvard, Wolfgang Rueckner, midió el consumo de su ordenador en diferentes estados. Era un iMac G5 del año 2005 (tened en cuenta que un ordenador con Windows consume más que uno con el sistema operativo Mac).

Al encenderse y apagarse, el ordenador consumía unos 130 vatios (una medida de la cantidad de energía que se utiliza en cada instante). Consumía 92 vatios mientras estaba encendido sin hacer nada. Y 4 vatios cuando estaba en estado de hibernación. Totalmente apagado consumía 2,8 vatios, porque todavía estaba enchufado a la electricidad.

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