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Voy a proferir una obviedad. Y además voy a hacerlo de forma simplona. A saber: las personas ni son buenas ni son malas, sencillamente persiguen el propio interés. Si en el curso de este objetivo salen obstáculos al paso, entonces los conflictos de intereses generarán comportamientos buenos o malos, según el grado de profundidad con el que analicemos dicho comportamiento. (Sí, para el que suscribe, el altruismo y el egoísmo son sinónimos, por si cabe alguna duda).
Pero hoy, queridos amiguitos, no vamos a meternos en ese jardín, ya de por sí proceloso. Vamos a pisotear otro jardín también trufado de minas, y lo vamos a hacer con cautela intelectual pero sin ningún remilgo moral o político: si tiene que estallar la mina, que lo haga, y al menos el estrépito acaso nos espabile un poco el jeto y, por extensión, el saco de tópicos que todos llevamos por bagaje.
(Huelga advertir que el que suscribe solo aspira a estimular la sana discusión entre los comentaristas: este artículo no es la verdad revelada ni pretende serlo).
Dicho lo cual, vamos al meollo: Sí, todos creemos que somos buenos, en términos generales. Pero sobre todo necesitamos parecer buenos, porque de nuestros actos se forjará luego nuestra reputación. En el universo social, la reputación constituye uno de los valores más esenciales. Por ello hay tanta gente que intenta consumir con responsabilidad (y lo dice), no come carne (y lo dice), ama a los animales (y lo dice) o reniega del nuevo iPad a causa de las draconianas condiciones laborales de sus manufacturas, que acaban por suicidarse por la presión (y lo dice).
Éstos y otros actos nos sitúan en una posición de cierta superioridad moral. Por eso los llevamos a cabo. Y además es bueno para el mundo y, por ende, para nosotros. Por eso, también, los llevamos a cabo.
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