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Las palabras tienen poderes ocultos, ya sea por el sonido que emiten al pronunciarse como los significados que encierran, así como los lastres culturales que arrastran. Como si fueran palabras leídas en un grimorio por Harry Potter. Los retóricos saben usar algunas parcelas de ese poder, pero existen otras ramificaciones subterráneas que apenas se pueden controlar y que, fonía a fonía, nos desvelan cómo son capaces de modificar nuestra mente gracias a la tecnología de la neuroimagen.
Y eso es especialmente significativo con determinadas figuras estilísticas, aunque, a priori, nos puedan parecer la parte aburrida, academicista, exegética, de pasatiempo de la literatura.
Por ejemplo, el oxímoron. Es decir, usar dos conceptos de significado opuesto en una sola expresión, que genera un tercer concepto. Muerto viviente, silencio atronador, noche blanca y monstruo hermoso. Según un estudio que investigadores del Basque Center on Cognition, Brain and Language (BCBL) de San Sebastián, un oxímoro, así como otras figuras retóricas, generan una intensa actividad en el área frontal izquierda del cerebro, una actividad que no se produce cuando se trata de una expresión neutra o de una incorrecta.
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