Solemos llevarnos las manos a la cabeza cuando nos enteramos de la muerte de 10 personas, o de 100 personas. Ya no digamos de 200. Incluso exigimos que se inviertan enormes recursos para paliar estas cifras de mortalidad, exigimos cambiar leyes, buscamos venganza.
Sin embargo, como ya hemos explicado en otras ocasiones (por ejemplo, en Avalanchas de rarezas: posibilidades matemáticas de morir), si nuestros cerebros estuviera bien calibrados no nos escandalizarían tanto esas cifras y repartiríamos mejor los esfuerzos en luchar contra otras injusticias más perentorias pero menos publicitadas.
Imaginemos que sucede alguna catástrofe en Gran Bretaña que siega la vida de 200 almas. Todas en un solo mes, par que sea más impactante. Alguna clase de desastre que sea muy mediático y que obligue a los políticos a minimizar su repetición en el futuro invirtiendo medios descomunales para ello.


También hay médicos que tienen sus propias manías a la hora de explorar a un paciente que acaba de llegar a la sala de urgencias.
El problema es más grave de lo que parece porque afecta a los propios periodistas, que consideran honesto su trabajo. No hace mucho, por ejemplo, tuve la oportunidad de escuchar el lamento de una periodista sobre el alarmante número de víctimas de violencia de género en España. Asimismo, pronunciaba el siguiente deseo: espero que algún día me levante por la mañana con la noticia de que ya no hay víctimas de género, esta lacra execrable que no entiende de clases.
Somos pésimos a la hora de calcular las probabilidades relativas de que se produzcan sucesos raros. Por esa razón tenemos más miedo de viajar en avión que en coche, aunque sea más probable morir conduciendo un coche. O tenemos más miedo a ser contagiados por el virus del
Nuestro cerebro, además de ser un negado para los números demasiado grandes, tampoco es muy eficaz a la hora de calcular probabilidades, como demostraron los psicólogos estadounidenses Amos Tversky y Daniel Kahneman.
A menudo pensamos que las fuerzas del orden se exceden en sus funciones y abusan de su autoridad. Idea que se refuerza cada vez que sale a la luz algún caso de violencia gratuita por parte de un agente de la ley hacia un civil: la paliza recibida por Rodney King por parte de la Policía de los Ángeles, por ejemplo.
Todos hemos jugado alguna vez a tirar una moneda y escoger cara y cruz. Pero ¿es posible predecir si saldrá cara o cruz? Pues en principio, sí.
La opinión de Dubner y Levitt es que el terrorismo no es violencia gratuita sino más bien un activismo político radical, una pasión cívica con esteroides. Es decir, que el tipo de persona con más probabilidades de convertirse en terrorista es parecido al tipo de persona con más probabilidades de ejercer su voto en las urnas.