Hay cosas que todavía no tienen palabras para ser designadas. Hay palabras que necesitan ser acuñadas. Por ejemplo, hasta hace poco, la sensación vaga e incómoda que nos invade al sentarnos en una silla que conserva aún el calor del trasero de quien la había estado ocupando no tenía palabra para ser designada. Gracias a Douglas Adams (autor de la desopilante Guía del autoestopista galáctico) y su texto The Deeper Meaning of Liff, ahora los ingleses ya tienen esa palabra: Shoeburyness.
Eso lo hacen también estupendamente en la serie de televisión Cómo conocí a vuestra madre. Una de las mejores acuñaciones de la serie fue la de revértigo. El término se refiere a la sensación de cambiar cómo somos cuando nos encontramos con alguien del pasado que hacía mucho que no veíamos: si es alguien del colegio, no podemos evitar comportarnos un poco tal y como éramos en aquella época, con esa persona.
A propósito del ateísmo, un grupo bastante amplio de intelectuales ha decidido hacer algo similar: inventar una palabra que defina mejor la posición científica, naturalista y atea frente a la realidad. Una buena razón para ello es que la mayoría de la gente con la que discutes sobre Dios y se declara agnóstica, en realidad resulta que es atea, pero no lo sabe. Muchos agnósticos, pues, son ateos mal informados. Entre otras cosas, quizá se deba a que la palabra agnóstico (no sé si dios existe o no) parece más razonable y humilde que la palabra ateo (etimológicamente, sin Dios).

Hace un par de días falleció Christopher Hitchens uno de los grandes defensores de la razón y el pensamiento secular, y, junto a Richard Dawkins y Sam Harris, probablemente formaba el triunvirato más popular y militante contra la religión.
Como os explicaba en
¿Qué decir de este libro? ¿Qué decir del autor, un afable filósofo con pinta de Papá Noel? Un filósofo, eso sí, con sólidos conocimientos en neurociencias. Como debe ser. Lo que puedo decir es que, además de haber sido la base para escribir muchos de nuestros artículos de pseudociencias y religión, Romper el hechizo de Daniel C. Dennett, es uno de los mejores libros que he leído para comprender por qué somos esencialmente crédulos y por qué es bueno dejar de serlo.
Diversos estudios demuestran que los científicos, a medida que incrementan sus conocimientos y su excelencia, se apartan de las sendas más trilladas de la fe o directamente se adscriben al ateísmo (o a un deísmo inocuo o a un panespiritualismo incompatible con las religiones tradicionales, como señala el físico Alan Sokal).
El siempre taxativo Steven Weinberg, premio Nobel de Física, sostiene: “La religión es un insulto para la dignidad humana. Con o sin ella, habría buena gente haciendo cosas buenas, y gente malvada haciendo cosas malas, pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta religión.”
La visión mayoritaria dentro de la escuela atea es que la existencia de dios no se puede demostrar ni refutar, y que por consiguiente la postura teísta cae por su propio peso, puesto que sus defensores deben afirmar que saben más de lo que puede saber nadie (no solo sobre la existencia de un creador, sino sobre lo que piensa del sexo, la alimentación, la guerra y otros temas).
Para quienes todavía dudan de cuán diametralmente opuestas son superstición y ciencia, vale la pena leer la siguiente reflexión del profesor de filosofía y director del Centro de Estudios Cognitivos de la Universidad de Tufts, Daniel C. Dennett, autor de libros tan iluminadores como Romper el hechizo:
¿Quién no conoce a estas alturas a Carl Sagan? ¿Cuántas personas se vieron transformadas intelectualmente por su libro El mundo y sus demonios, donde demostraba que la superstición se alimentaba de temores primitivos, y contribuía a reforzarlos?
A mucha gente Albert Einstein le parecía un hombre tan inteligente que, todo lo que salía por su boca, parecía que fuera una verdad revelada. Por eso muchos creyentes siempre buscaron en sus palabras algún rastro de creencia en lo místico o religioso.