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Sueños premonitorios: cuestión de estadística

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Sueños premonitorios: cuestión de estadística

A muchos de vosotros os habrá ocurrido alguna vez: soñáis algo, por ejemplo que se muere un familiar, y zas, al día siguiente ocurre realmente. Entonces ¿habéis sido testigos de un sueño premonitorio? ¿Hay conexiones que se nos escapan? ¿Nuestra mente tiene poderes sobrenaturales?

Nada de todo eso si empleamos las matemáticas.

Imaginemos que uno de vosotros sueña todas las noches desde los 15 años de edad hasta los 75 años. Eso equivale a 21.900 noches con sueños. Ahora imaginemos que soñáis con una tragedia que solo ocurre una vez cada generación (como el incendio de un ayuntamiento, por ejemplo, o la erupción de un volcán), y que lo soñáis una única vez en toda vuestra vida. ¿Qué probabilidades hay de que esa tragedia ocurra al día siguiente de soñar con ella? Concretamente 22.000 a 1.

En apariencia, es una probabilidad muy baja. Sin embargo, el problema reside en creernos el centro del universo. Hay muchos millones de personas en nuestro país que también tienen sus propios sueños. Si en España hay 40 millones de personas, 1 persona de cada 22.000 (casi 2.000 personas) sufrirán esta extraña experiencia en su vida en relación a una tragedia tan exclusiva que solo sucede una vez cada generación.

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Tres factores que influyen en tu suerte, según Richard Wiseman

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Tres factores que influyen en tu suerte, según Richard Wiseman

Ni cruzar los dedos, ni tampoco evitar pasar por debajo de una escalera. Tampoco buscar un trébol de cuatro hojas. Ni siquiera esquivar un gato negro. Para llamar a la buena suerte hay formas mucho más científicamente refrendadas.

Acostumbramos a cometer dos errores fundamentales a la hora de valorar nuestra suerte. El primero es pensar que somos responsables de nuestra buena suerte, pero no solemos creer que somos responsables de nuestra mala suerte. El segundo es que la suerte sólo favorece a aquéllos que están en el lugar adecuado en el momento adecuado, cuando en realidad todo depende de tener la mentalidad adecuada: prestar atención a las oportunidades que se nos presentan y exprimirlas.

Richard Wiseman es un académico inglés bastante particular. Está a punto de cumplir cincuenta años, es calvo y tiene perilla, lo cual le da cierto aire de actor de cine, y también es un enamorado de la magia: de adolescente formó parte del célebre Magic Circle de Londres y actuó en el legendario Magic Castle de Hollywood. Con todo, Wiseman trabaja en la Universidad de Hertfordshire, en el sur de Inglaterra, y ocupa la única cátedra que existe en el Reino Unido de Entendimiento Público de la Psicología.

Además de ser un eterno investigador de los entresijos de la conducta humana, también fue el buscador del chiste más divertido del mundo y de la frase para ligar más ingeniosa. Y se ha convertido en uno de los grandes estudiosos de la suerte (incluso ha fundado la llamada Escuela de la Suerte). A su juicio, sólo el 10 % de nuestra existencia es aleatoria; el 90 % restante se define por nuestra forma de pensar.

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Dibuja lo que quieras y significará lo que quieras

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Dibuja lo que quieras y significará lo que quieras

Cuando veo por la tele a uno de esos jetas que dicen que, a través de la grafología, pueden adivinar parcelas de tu personalidad, me subo por las paredes. Es algo visceral, pauloviano. Lo mismo me pasa cuando el jeta asegura que tal o cual persona es más o menos culpable de un crimen porque se le nota en el escorzo, en la manera de andar, en la forma de hablar o en su fisonomía. También me pasa cuando alguien te muestra una dibujo sin sentido y te pide que le expliques qué ves tú para sacar a la luz tus más recónditos secretos psicológicos.

La diferencia entre estas pseudociencias y los que miran el porvenir en la bola de cristal son mínimas (ambas carecen de sustento científico), sin embargo las primeras gozan de mucho respeto en los medios de comunicación. E incluso, horror, se han colado en algunos procesos judiciales (y no como forma de peritaje sino como manera de de identificar o describir la personalidad de un individuo e intentar determinar características generales del carácter. Una barbaridad, vamos.

Lo que uno crea que ve en unas manchas no tienen ningún rigor científico, por mucho que exista una Sociedad Internacional del Test de Rorschach. Tampoco prueba nada lo que una persona dibuje, como ya se ha demostrado en numerosas ocasiones. Ya en 1967, por ejemplo, se llevó a cabo un experimento contra esta idea que ya se considera clásico (pero que los medios de comunicación contemporáneos parecen ignorar).

El experimento fue realizado por un equipo de psicólogos compuesto por un matrimonio, Loren y Jean Chapman, de la Universidad de Wisconsin. El estudio trataba de poner en evidencia un tipo de evaluación psiquiátrica muy popular en los años 1960 denominada “Prueba de dibujo de una persona”. Según los expertos en estos dibujos, gracias a ellos se podían detectar todo tipo de problemas, como la paranoia, la sexualidad reprimida y la depresión.

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (III)

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (III)

Richad Wiseman, junto a la experta en acústica Sarah Angliss, llevaron a cabo un experimento para probar hasta qué punto los infrasonidos podían ser los responsables de nuestras visiones místicas.

Para ello reunieron a un grupo grande de personas que debían relatar cómo se sentían en cada momento, mientras eran sometidos a infrasonidos o no, según. Sarah tuvo la idea de incorporar secretamente infrasonido a ciertas piezas ejecutadas en un concierto en directo, para descubrir si la onda afectaba a la forma en que la audiencia percibía la música.

Junto a los especialistas en acústica del Laboratorio Nacional de Física, Richard Lord y Dan Simon, pues, celebraron dos conciertos inusuales en una de las principales salas de conciertos del distrito South Bank de Londres.

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (II)

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (II)

Habíamos dejado a Vic Tandy, en la anterior entrega de esta serie de artículos, cavilando toda la noche acerca de la experiencia presuntamente sobrenatural que había sufrido: nada menos parecía haber visto de refilón una presencia extraña que, luego, se había esfumado.

Pero al día siguiente fue peor. Vic, además de ingeniero electrónico, era un aficionado a la esgrima, y justo aquel nuevo día tenía que disputar un combate de esgrima. De modo que se trajo su florete al trabajo, justo al laboratorio donde había sufrido la experiencia sobrenatural. Al depositar el florete sobre la mesa de trabajo, éste empezó a vibrar misteriosamente. Como si el florete estuviera bajo algún tipo de sortilegio (¡conviértete en vibrador!, o algo así).

Pero Vic persistió en intentar buscar una explicación racional a todo aquello, tal y como explica Richard Wiseman en su libro Rarología:

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (I)

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Una corriente de aire para ver a Dios o el hombre que vio un fantasma y no se lo creyó (I)

No recuerdo ninguna película de la historia del cine cuyo protagonista, tras sufrir una intensa experiencia paranormal (por ejemplo, ver o interactuar hasta cierto punto con lo que parece un fantasma o un espíritu) sencillamente asuma que no sabe lo que ha visto y que hay docenas de explicaciones más plausibles de lo que acaba de sucederle que un simple fantasmas. Y que finalmente la película se resuelva de esa forma madura y escéptica. (Dentro de poco se estrena la esperada Luces Rojas, de Rodrigo Cortés: esperemos que sea una excepción).

Lo habitual cuando alguien sufre una experiencia de esa naturaleza es que acuda a un parapsicólogo. Lo habitual es que si alguien ve un fantasma es que crea que ha visto un fantasma.

Pero Vic Tandy fue una persona que no pensó de esa manera. Vic era un ingeniero eléctrico de profesión e invertía gran parte de su tiempo en indagar los fenómenos que llamaban su atención, incluidos los fantasmas. En 1998, Vic trabajaba para una compañía que diseñaba y fabricaba equipos de cuidado vital para hospitales, cuyo laboratorio se decía que estaba habitado por un fantasma.

Vic siempre había sido escéptico respecto a esas habladurías. Hasta que un día la vivió en primera persona: una noche, mientras trabajaba hasta tarde, empezó a sentir frío y una incomodidad inconcreta. A continuación, sintió cómo alguien le estaba observando. Levantó la vista y atisbó una figura borrosa gris que emergía del lado izquierdo de su visión periférica. Vic dio un respingo y se sintió de pronto aterrorizado. Logró reunir el coraje necesario para volverse y mirar la figura. Al hacerlo, la figura se esfumó y desapareció.

Justo como ocurre en las películas de terror.

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[Libros que nos inspiran] 'Rarología' de Richard Wiseman

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[Libros que nos inspiran] 'Rarología' de Richard Wiseman

He de admitir, para mi vergüenza y escarnio, que mi cerebro está lleno de spam. Sin caer en la falsa modestia, no es que yo sepa más cosas que el ciudadano medio sino que sé muchas cosas que la mayoría de la gente desconoce. El problema, como he dicho, es que muchas de estas cosas son conocimientos pueriles, banales, carentes de toda utilidad, puro spam.

Por ejemplo, sé que el arma que dispara Terminator es una Hardballer Automatic Ami Long Slide calibre 45. Y la que dispara Harry el Sucio es una Smith & Wesson Model 29. Esa clase de cosas. Y peores.

Con Richard Wiseman, sin embargo, me siento un poco menos solo. Wiseman es experto en concebir libros donde acumula todo su spam de índole científica. Ristras y ristras de experimentos científicos sobre los aspectos más estrambóticos de la realidad. Pero ¿por qué tildo de spam el conocimiento científico que ofrece Wiseman? Bien, siendo justos no todo lo que ofrece Wiseman es spam, pero está tan mezclado con él (en una página podemos encontrar los resultados rigurosos de un experimento y, en la siguiente, resultados mucho menos rigurosos sobre otro experimento entre comillas) que, el mejunje, atufa a spam.

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El mito del buen samaritano o cómo la religión no hace mejores a las personas

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El mito del buen samaritano o cómo la religión no hace mejores a las personas

La idea de que la gente religiosa es especialmente altruista y da a quien lo necesita está tan enquistada en nuestra cultura que nadie la cuestiona. Sin embargo, hay una serie de investigaciones que ponen en duda si ese altruismo es tan generalizado como parece.

En la década de 1970, el psicólogo Gordon Forbes, de la Universidad de Milikin en Illinois, realizó un curioso experimento para valorar el grado de altruismo de diferentes confesiones religiosas. Para ello, sus ayudantes dejaron caer cartas cerradas y sin sellos de correos en los portales y aparcamientos de las iglesias liberales, conservadoras y católicas. En las cartas solo ponía que iban dirigidas al Sr. y Sra. Fred Guthrie.

Alrededor del 40 % de las cartas fueron reenviadas de cada una de los tres tipos de iglesias.

Ninguna de las cartas llevaba el sello de correos, de manera que las personas que los recogían se enfrentaban a una alternativa. Podrían poner un sello en la carta o echarla en un buzón, o enviarla a pagar en destino. Los católicos y los liberales superaron el estudio pareciendo más generosos, colocando sellos de correo en el 89 por ciento y el 87 por ciento de los sobres, respectivamente. Sin embargo, sólo el 42 por ciento de los feligreses de las iglesias conservadoras estuvieron dispuestos a complacerse con este acto de bondad; las restantes las enviaron a pagar en destino.

Es decir, que tanto los miembros de iglesias conservadoras como las liberales o católicas están dispuestos a ayudar a extraños, pero no muchos están dispuestos a gastar unos pocos céntimos en ello si se trata de conservadores.

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Si te cuentan un chiste, te reirás mucho más si te consideras superior al protagonista

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Si te cuentan un chiste, te reirás mucho más si te consideras superior al protagonista

¿Por qué nos hacen tanta gracia los chistes de Lepe? Para los que no conozcáis España, Lepe es una pequeña localidad de personas perfectamente normales. Sin embargo, por azares del destino (moda, precedentes sociológicos o vaya usted a saber qué), la gente se ha empeñado en pesar que en Lepe viven los españoles más tontos del país. No importa que esto sea cierto o no, lo interesante en que ese tópico ha arraigado en el bagaje cultual de los españoles.

El asunto adquiere una pátina más interesante cuando descubrimos que en el resto de los países también existen lugares como Lepe, metonimias geográficas similares, tal y como señala Oliviero Ponte di Pino en El que no lea este libro es un imbécil:

En la tradición de los judíos de Europa oriental existe un pueblo habitado sólo por tontos, Khelm. O, como lo llama en el título de sus cuentos Isaac B. Singerm Chelm –que no hay que confundir con la ciudad homónima que aparece en los mapas –. La convicción de la existencia de una «Imbecilópolis» o de una «Tontilandia» está bastante extendida. Para los antiguos griegos, los estúpidos atestaban Abdera (ciudad rica y poderosa donde vieron la luz Demócrito y Protágoras, a quienes nadie considera propiamente gilipollas) y poblaban Beocia (los beocios). Los ingleses los tenían censados en Gotham (Gotham City es Nueva York, la inquietante ciudad donde vive y actúa Batman, quién sabe si habrá algún nexo…), los daneses en Molbo, los alemanes en Schildburg (o Schilburg). Para los romañolos, los tontos llegaron de Fano y para los turineses de Cuneo, mientras que para los milaneses (y para el poeta Delio Tessa) venían de un pueblo de la llanura lombarda llamado Gaggiano. Muchos chistes franceses tienen por protagonista a un belga (de los belgas también se ocupó Baudelaire), mientras que a los americanos les encanta tomarla con los polacos .

¿Por qué nos hacen tanta gracia los tontos? ¿Por qué necesitamos inventarnos ciudades llenas de tontos? Porque los chistes que agravian a tontos nos hacen más gracia, porque nos consideramos superiores a los tontos. La teoría no es nueva, se remonta al año 400 a. C. y fue descrita por el filósofo griego Platón en su texto La república. Pero la ciencia ha confirmado las sospechas platónicas.

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Nunca te fíes de una mujer que conduce una furgoneta

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Nunca te fíes de una mujer que conduce una furgoneta

Hace algo más de un mes os hablaba de las estrambóticas investigaciones que llevaba a cabo John Trinkaus, de la Universidad de Nueva York: podéis revisar algunas de ellas en Las extrañas investigaciones de Trinkaus: ¿por qué perdemos siempre los guantes?

A lo largo de sus investigaciones, Trinkaus también descubrió una constante: que las mujeres que conducían furgonetas no eran de fiar, en el sentido de que esas mujeres son particularmente propensas a caer en actitudes antisociales.

Por ejemplo, en 1999, Trinkaus contó y clasificó el número de conductores que pasaban a alta velocidad frente a una escuela, y advirtió que el 96 % de las mujeres al volante de furgonetas excedían la velocidad permitida.

Entre los conductores que no se detenían completamente en las intersecciones en T de carreteras con señales de stop, el 94 % no acataron la señal, contra el 99 % de mujeres al volante de furgonetas.

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