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¿Usas demasiado "creo/pienso/siento?

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¿Usas demasiado "creo/pienso/siento?

A menudo decimos yo creo que esto es así. También abusamos del "yo pienso" que las cosas son así. Incluso nos atrevemos a manifestar un "yo siento" que esto es así. Pero ¿por qué usamos tanto una fórmula que en realidad no aporta ninguna información? Es obvio que, al verter una opinión, estamos diciendo lo que pensamos, lo que creemos, lo que sentimos.

Es posible que usemos tales fórmulas a modo de cortesía: mostrando lo que decimos solo como nuestra opinión, no como la verdad revelada. Sin embargo, a la vez estamos cometiendo dos errores. El primero, mostrar falta de confianza. En segundo lugar, dar importancia (demasiada) a nuestras opiniones, cuando lo que deberíamos hacer es tratar de mencionar fuentes, experimentos, etc.

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¿Qué es el acoso sexual? La respuesta depende del país, el sexo y la edad

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¿Qué es el acoso sexual? La respuesta depende del país, el sexo y la edad

Estamos asistiendo a una avalancha de acusaciones de acoso sexual, sobre todo en el ámbito del star system, lo que ha aumentado la conciencia de la prevalencia del acoso sexual.

Sin embargo, no existe un consenso claro sobre qué comportamientos cruzan la línea que puede considerarse acoso. De hecho, las personas en diferentes países y grupos de edad parecen usar definiciones muy distintas entre sí.

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Te cuesta cambiar de ideología política por culpa de tu cerebro

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Te cuesta cambiar de ideología política por culpa de tu cerebro

Las ideas políticas son como las religiosas: están tan arraigadas que difícilmente las cambiaremos a lo largo de nuestra vida. El problema es que no todo el mundo acierta, así que hay un buen número de personas que se pasan toda su vida atrapados en ideas erróneas.

Y ni siquiera los mejores argumentos racionales sirven para que se den cuenta de ello. El problema parece residir en la circuitería de nuestro cerebro: nacemos para ser así.

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No confíes en tu brújula moral en cuestiones espinosas

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No confíes en tu brújula moral en cuestiones espinosas

Cuando vemos que un niño está a punto de ser atropellado por un coche, nuestro primer impulso es salir corriendo para evitarlo. Cuando somos testigos de cómo un maleante tira del bolso de una anciana, nuestro primer pensamiento es que la justicia caiga sobre él. Éstas y otras reacciones instintivas son fruto de nuestra brújula moral

Gracias a la brújula moral, podemos actuar rápidamente en situaciones que lo requieren. El efecto secundario negativo de la brújula moral es que también funciona muy rápidamente cuando se trata de abordar temas complejos y espinosos, llenos de matices. En consecuencia, la brújula moral sirve para no quedarnos quietos, pero también nos hace creer que sabemos mucho más de lo que realmente sabemos.

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¿Cómo podemos medir la atención que reúne un contenido por internet?

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¿Cómo podemos medir la atención que reúne un contenido por internet?

Hasta ahora dábamos muchas cosas por sentado. Que la publicidad en televisión o radio, por ejemplo, resulta efectiva, cuando no existe demasiada evidencia de que eso sea así. Cuando se vende un diario, una revista o un libro también creemos que hemos captado la atención del consumidor, cuando en realidad solo sabemos que se ha adquirido el producto, no que se haya consumido (gracias al ebook de Nook podemos saber, por ejemplo, que raramente se terminan de leer los ensayos).

Con la llegada de internet hemos empezado a entender mejor qué es lo que gusta a la gente, qué llama su atención y qué llegan a consumir. Pero ¿no estamos aún en un estadio muy inmaduro todavía para afirmar que sabemos lo que creemos saber sobre los consumidores de contenidos por internet?

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El poder de la disonancia cognitiva o cómo nos convencemos de todo aunque sea mentira

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El poder de la disonancia cognitiva o cómo nos convencemos de todo aunque sea mentira

Todos somos víctimas, en mayor o menor medida, de la disonancia cognitiva, es decir, de las contradicciones psicológicas que, en aras de evitar que nos resulten incómodas, obviamos alegremente, demostrando que el ser humano no ha nacido para hacer gala de una gran coherencia en sus argumentos.

Por ejemplo, los fumadores que saben que fumar mata pero continúan fumando mantienen al unísono dos elementos cognitivos (ideas, actitudes o creencias) que a menudo son contradictorios. Esta contradicción puede resolverse de muchas formas, por ejemplo, dejando de fumar.

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¿Es malo cambiar de opinión?

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¿Es malo cambiar de opinión?

Pues depende. Estar equivocado no es malo. Sólo lo es cuando te empecinas en que las cosas son como afirmas cuando tienes delante la evidencia de que no es así. He sabido de muchas veces en que un científico ha cambiado de opinión a la luz de los hechos.

Y por otro lado, hemos de aceptar también las críticas. Todo el mundo tiene derecho a criticar nuestras opiniones, así como nosotros tenemos también derecho a criticar las de los demás con nuestros más poderosos argumentos. Quién sabe, hasta puedes darte cuenta de que no estés tan en lo cierto como pensabas.

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Pensar en grupo nos vuelve más radicales o cómo 100 cabezas no siempre son mejor que 1

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Pensar en grupo nos vuelve más radicales o cómo 100 cabezas no siempre son mejor que 1

Estos días he estado visionado por televisión la visita del Papa a España o JMJ (¡juas!). Y he tomado notas. No porque el Papa me interese particularmente sino por las vibraciones sociológicas que pueden percibirse en cada fotograma del evento: cómo se comportan las personas, cómo la fe más irracional empuja a la gente que no encuentra solaz en otros sitios, cómo hincaban la rodilla los diferentes miembros del gobierno frente a un líder teocrático disfrazado que luego viajaba en una urna por la A-2, cosas así.

Pero sobre todo me sirvió para comprobar de nuevo que las personas, cuando están en grupo, se vuelven más radicales. Un buen ejemplo son las imágenes que visioné de la manifestación laica al toparse con los jóvenes católicos, mediando entre todos la policía más bruta que haya podido ver en los últimos años (exceptuando los desalojos de los Indignados en Plaza Cataluña). Y bueno, si bien me adscribo ideológicamente a uno de esos grupos (sólo a uno), los tres grupos me pareció que tropezaban en los mismos errores. Gritar hasta que se pone la vena gorda, por ejemplo, tal y como señala con su particular estilo Arturo Pérez Reverte en un reciente tweet: Un energúmeno con las venas del cuello hinchadas, desaforado, gritándole en la oreja a una muchacha asustada que besaba un crucifijo. Así no se llega demasiado lejos.

Estoy convencido de que muchos de los integrantes de los tres grupos (aunque la distribución no sea equitativa) son personas inteligentes y cultivadas. Sin embargo, algo sucede cuando la gente pertenece a un grupo fuertemente cohesionado. La gente parece entonces suspender el juicio y dejarse embargar por las pasiones más bajas.

Hay numerosos experimentos que sugieren esta inclinación. Por ejemplo, un estudio de principios de 1970 realizado por el graduado del MIT James Stoner, que determinó que la gente solía tomar decisiones más arriesgadas cuando formaba parte de un grupo.

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¿Apoyas la pena de muerte? Sesgados por nuestras creencias previas

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¿Apoyas la pena de muerte? Sesgados por nuestras creencias previas

A rebufo del debate que suscitó el artículo ¿Un adolescente debería ir a la cárcel si comete un crimen? a propósito de la pena de muerte, vale la pena sacar a colación un fallo de razonamiento muy común, una ilusión cognitiva generada por nuestro cerebro del mismo estilo de las ilusiones visuales de Escher.

La demostración clásica de que las personas están sesgadas por sus ideas previas procede de un estudio que analizó las creencias de la gente a propósito precisamente de la pena de muerte, concretamente “Biased assimilation and attitude polarisation the effects of prior theories on subsequently considered evidencie”, publicado en Journal of Personality and Social Psychology, 37, de 1979.

En el estudio se reunió a un gran número de partidarios y detractores de la pena de muerte, y se les mostró dos pruebas o indicios sobre el supuesto efecto disuasorio de la pena capital: una prueba apoyaba la existencia de dicho efecto disuasorio, y la otra prueba aportaba evidencia empírica de lo contrario.

Las pruebas eran las siguientes:

Una comparación entre los índices de asesinatos en un Estado estadounidense previos a la aprobación de la pena de muerte y los índices posteriores a la implantación de ésta.
Una comparación entre los índices de asesinatos en diferentes Estados de Estados Unidos, algunos con la pena de muerte en vigor y otros sin la pena capital.

Pero el estudio era un poco más intrincado. Tanto partidarios como detractores fueron subdivididos a su vez en dos grupos más pequeños.

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Lo difícil que es cambiar de opinión

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Lo difícil que es cambiar de opinión

No me considero un visionario o una persona particularmente inteligente. Sin embargo, una de mis mayores aficiones consiste en leer libros que me explican cosas que difícilmente llegan a los medios de masas, como la televisión o los periódicos. Y si lo hacen, es de forma superficial o sesgada. Y además lo hacen con bastante retraso.

Uno de mis ejemplos favoritos es el debate público que suscitó la clonación de la oveja Dolly. Muchos intelectuales de pacotilla, periodista de gaceta o meros parroquianos de bar empezaron entonces a discutir la moralidad de dicho avance científico y sus implicaciones para el ser humano del futuro. El problema es que cualquier lector de ciencia ficción mínimamente formado ya llevaba un cuarto de siglo reflexionando sobre esos mismos temas… así que tuvo que aguantar durante años que en los medios de comunicación se soltaran lugares comunes que él ya había superado.

Otro ejemplo que ahora estoy experimentando en mis propias carnes es el de los derechos de autor y la reconvención de los mismos en un mundo donde el coste de la copia y la distribución es prácticamente cero. Hace casi diez años, cuando empecé a interesarme por estos temas, sobre todo de la mano del abogado David Bravo, los profesores Lawrence Lessig y Jorge Cortell o el periodista Nacho Escolar, todos los que debatíamos el actual modelo de negocio de la cultura parecíamos algo así como hippies trasnochados, antisistema de salón o meros ladrones o piratillas con parche en el ojo.

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