En los bosques de Yunnan, en el sur de China, crece un hongo de hasta 50 centímetros que brota de raíces leñosas -en su mayoría de robles- y que, según sus descubridores, puede pesar 2,2 kilos: el Dianjunus rex, “D-rex” para abreviar. Es tan distinto de todo lo conocido que ha obligado a crear una familia nueva de hongos, y cuyo linaje se separó del resto hace unos 65 millones de años, poco después de la extinción de los dinosaurios.
El estudio se publicó el 29 de septiembre de 2026 en la revista Frontiers in Fungal Biology, con Jing Song, del Instituto de Botánica de Kunming (Academia China de Ciencias), como primera firmante. Describe la especie, su género y una familia nueva, Dianjunaceae, dentro del orden Xylariales. En el resumen, Indunil C. Senanayake, una de las coautoras del trabajo, señala que “Esta notable especie representa una nueva familia de hongos, Dianjunaceae”, y en el árbol evolutivo, su grupo más próximo sería la familia Graphostromataceae.
En esencia, el D-rex es un ascomiceto, el grupo de hongos más numeroso, con más de 64.000 especies, al que pertenecen las trufas y las colmenillas. A diferencia de los champiñones, los ascomicetos no forman setas verdaderas, sino que liberan las esporas desde diminutas estructuras en forma de saco. Los cuerpos fructíferos más altos del grupo rondaban los 20 o 30 centímetros, así que D-rex casi duplica la marca.
Los ejemplares aparecieron cerca de Damaidi y Yipinglang, en bosques templados de coníferas, y tambien de Nanbang, en entornos de selva tropical, asociados a raíces similares a las del alcornoque chino (Quercus variabilis). Su nombre es una combinación de Dian, antiguo reino que ocupó lo que hoy es Yunnan, y “jun”, que los autores traducen como hongo. El apelativo rex, -”rey” en latín-, alude a su porte por el gran tamaño.
Un linaje que pudo nacer tras los dinosaurios
Para clasificarlo, el equipo recogió ejemplares en el campo, cultivó sus esporas y secuenció su genoma, para después aplicar un reloj molecular, una técnica que estima cuándo se separaron dos linajes a partir de las diferencias acumuladas en su ADN. Al comparar el D-Rex con cientos de hongos de edad conocida, la familia salió con unos 65 millones de años, una cifra muy próxima a la extinción masiva del Cretácico.
Senanayake explica que “tras la extinción masiva, los bosques experimentaron cambios drásticos”, y que “para los hongos descomponedores asociados a la madera, esa perturbación ambiental pudo crear nuevas oportunidades ecológicas”. El equipo considera que su cuerpo fructífero, que sobresale de la vegetación, repartiría mejor sus esporas con el viento en un bosque denso, lo cual también sugiere porque crecería tanto.
Esa relación de tamaño con los dinosaurios es, por ahora, una posibilidad. El reloj molecular da unos 65 millones de años con un intervalo de 50 a 80 millones, y la extinción está datada hace unos 66 millones de años. En sus conclusiones, los autores escriben que el origen del linaje “podría reflejar una radiación adaptativa o la explotación de nichos ecológicos recién disponibles”.
Lo que el estudio no cierra
Pero hay un pequeño matiz en este récord: sus estromas (las estructuras que producen las esporas) son presentadas en el estudio como las mayores fructificaciones documentadas en los ascomicetos, pero su propia introducción cita un ejemplar de Engleromyces goetzei de Kenia de unos 3,2 kilos, y la descripción formal de la especie da pesos de 250 a 600 gramos por ejemplar, lejos de los 2,2 kilos del resumen. Lo que sí sostienen los datos es la altura.
Tampoco se sabe aún bien cómo vive, ya que solo hay cinco colecciones, todas de Yunnan y de 2024 y 2025. Su genoma ha perdido casi por completo unos genes que sirven para romper la pectina de las paredes vegetales, y los autores lo interpretan como una hipótesis de trabajo; que D-rex habría pasado de vivir dentro de las plantas sin dañarlas a descomponer madera muerta. Con todo, Senanayake sentencia que “el descubrimiento ilustra cuánta biodiversidad de hongos queda por descubrir en los bosques del este de Asia”.
Foto | Frontiers in Fungal Biology (2026). DOI: 10.3389/ffunb.2026.1940464
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