Según un estudio, la Tierra "resbaló" sobre su eje al menos cuatro veces y pudo cambiar el clima del planeta

  • Un equipo de la Universidad de Oslo lo deduce en Science a partir de cómo se inundaron las costas en los últimos 320 millones de años

  • Los dos episodios más claros ocurrieron en plena era de los dinosaurios y reabren un viejo debate entre geólogos

Resbalon De La Tierra
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redaccion

Redacción Xataka Ciencia

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Parece algo imposible, pero la cáscara rocosa de la Tierra se desplazó en bloque sobre el eje en torno al que gira al menos cuatro veces en los últimos 320 millones de años. Al menos esa es la conclusión de un estudio publicado el 1 de octubre de 2026 en Science por el equipo de Mathew Domeier, profesor asociado de la Universidad de Oslo, según recoge Radio Mitre en su sección de Ciencia. La prueba la han encontrado en el agua, y la pista estaba en las costas mas viejas y antiguas.

Un planeta que patina. El fenómeno se llama deriva polar verdadera, y describe algo poco intuitivo: el eje de rotación y el núcleo se quedan donde están, mientras que la corteza y el manto giran juntos respecto a él. Nuestro planeta se comporta como una peonza, más estable cuanta más masa concentra en el ecuador. Si las placas que se hunden o las columnas de roca caliente que ascienden desde el interior alteran ese reparto, el planeta se reorienta para recuperar el equilibrio, o dicho de otra forma, regiones que estaban bajo el sol ecuatorial pueden acabar cerca de los polos, y al revés.

No hay que confundir esto con el baile del polo norte magnético, el de las brújulas, que depende del hierro fundido del núcleo. Ese polo llegó a desplazarse a más de 55 kilómetros al año, como contamos en Xataka en enero de 2020, y después frenó. Si nos atenemos al informe de la NOAA sobre el campo geomagnético de 2025 (la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos), en el último año ese desplazamiento promedió alrededor de 36 kilómetros anuales. En la deriva polar verdadera lo que se mueve es el propio suelo, con todo lo que lleva encima.

El rastro de las viejas costas. El problema es que detectar estos giros en rocas antiguas es endiablado, porque el movimiento normal de las placas tectónicas deja una firma muy parecida. Los estudios paleomagnéticos (que leen la orientación de los minerales magnéticos atrapados en la roca) llevan años dando interpretaciones contradictorias. Por eso el equipo de Domeier, buscó una prueba independiente, como detalla el resumen del estudio en Science.

La rotación empuja el agua de los océanos hacia el ecuador. Si la parte sólida del planeta gira, el mar tarda en reacomodarse, y lo hace de la sigueinte forma: en dos grandes regiones sube e inunda las costas, y en otras dos retrocede. Ese patrón de cuatro lóbulos, que los autores llaman cuadrupolar, se nota sobre todo hacia los 45 grados de latitud, detalle que recoge IFLScience en su cobertura. Los investigadores buscaron esa huella en mapas de las zonas continentales inundadas y emergidas, reconstruidos en intervalos de diez millones de años.

Cuatro episodios, dos muy nítidos. El patrón apareció en cuatro ventanas, con las dos más claras cayendo en la era de los dinosaurios, hace aproximadamente entre 150 y 140 millones de años, del final del Jurásico al inicio del Cretácico, y entre hace 100 y 90 millones de años, a mediados del Cretácico, aunque en sentidos opuestos. Las otras dos, (entre 200 y 190 millones de años y entre 30 y 20 millones de años), son señales más débiles.

La novedad es esa duración, ya que el resumen del estudio plantea como duda abierta si la Tierra ha vivido derivas rápidas sostenidas durante millones de años, a lo que el equipo concluye que sí. Los autores escriben que sus resultados “refutan la visión de la deriva polar verdadera como insignificante o persistentemente lenta”, en la frase que reproduce el resumen de la AAAS en Astrobiology. Por ello, piden tratarla como un factor episódico en los cambios del nivel del mar y, probablemente, en otras dinámicas ambientales y biológicas del planeta.

¿Y el clima? El estudio documenta cambios en el nivel del mar; el vínculo con el clima queda abierto. Como el núcleo y los cinturones climáticos se quedan fijos mientras la superficie se mueve, hace tiempo que se propone que estos giros tienen efectos “profundos” sobre el clima, la biosfera y el campo magnético. El propio equipo admite que la señal del Jurásico merece más escrutinio, como cuenta Gizmodo en su análisis del estudio. Lo único que queda por medir es cuánto cambió el clima en cada episodio o si alguno se relaciona con una extinción.

Sobre los propios giros, en 2021, un equipo con Ross Mitchell y Joseph Kirschvink describió en Nature Communications una oscilación de unos 12 grados entre hace 86 y 78 millones de años a partir de calizas italianas. En abril de 2025, Bram Vaes y Douwe van Hinsbergen publicaron en la revista AGU Advances una reconstrucción con giros de más de diez grados, pero lentos, y “ninguna evidencia” de oscilaciones rápidas (más de un grado por millón de años) en el Cretácico y el final del Jurásico. Con umbrales de velocidad distintos en cada trabajo, el debate sigue abierto, con lo que tampoco hay consenso en esa área.

Con todo, se podría decir que la Tierra sigue “patinando”, y el estudio recuerda que la deriva polar verdadera ocurre en la actualidad a unos diez centímetros al año, más que la velocidad media entre placas. Y en ese movimiento ya influye el clima, como demuestra un trabajo de ETH Zúrich publicado en Nature Geoscience en julio de 2024. De él se desprende que el agua del deshielo contribuye a desplazar el polo de rotación, que se aleja unos diez metros por siglo, como explica la nota del centro alemán GFZ. La diferencia con aquellos episodios no está tanto en la velocidad como en la duración, porque entonces ese ritmo se sostuvo durante millones de años.

Foto | NASA

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