Bajo la llanura del sur de la provincia de Venecia, entre Cavarzere y Chioggia, hay una capa de agua casi dulce que pocos esperaban encontrar tan cerca del mar. Los datos iniciales indican que ocuparía entre 25.000 y 30.000 hectáreas, de 250 a 300 kilómetros cuadrado. Son estimaciones hechas a partir de los sondeos de la zona, y los organismos italianos que la han estudiado ya la comparan con un "lago de Garda subterráneo". Pero por el momento, nadie parece dispuesto a querer abrir el grifo.
Una tierra que se sala. La zona la gestiona el Consorzio di Bonifica Adige Euganeo, (el consorcio de riego y drenaje de la comarca), y buena parte de ella queda por debajo del mar. Según el presidente del organismi, Fabrizio Bertin, vigilan "unas 15.000 hectáreas, que se encuentran a cotas significativas bajo el nivel del mar", en declaraciones difundidas por ANBI, la asociación nacional de consorcios de riego italianos. Hay puntos hasta cuatro metros por debajo del Adriático, hundidos por la subsidencia (el descenso lento del terreno), y en las sequías, el agua salada remonta los ríos y se cuela en los acuíferos superficiales.
El problema es que en los años cincuenta el agua salada remontaba los ríos como mucho tres kilómetros, pero en la sequía de 2022 llegó a 18 kilómetros tierra adentro, según los datos de ANBI, que calcula que la salinidad afecta ya a cerca de 25.000 hectáreas de la costa véneta. Con ese panorama, el proyecto europeo SWAMrisk (Subsurface Water Monitoring and Management to Prevent Drought Risk in Coastal Systems) se hizo una pregunta sencilla: si, por debajo de todo eso, quedaba agua que el mar todavía no hubiera alcanzado.
Dos pozos y una sorpresa. En la primavera de 2025, los investigadores abrieron pozos de observación en Buoro (Cavarzere) y Punta Gorzone (Chioggia). En la parte de Chioggia, un sondeo bajó hasta 12 o 15 metros, y otro hasta los 35. Encontraron dos acuíferos distintos, separados por más de diez metros de arcillas y limos compactos que se depositaron hace entre 22.000 y 10.000 años. Los geólogos llaman a esa capa acuitardo, y la compone un material tan poco permeable que el agua lo atraviesa a paso de tortuga, de modo que hace de tapón entre las dos capas de arena que guardan el líquido.
Lo que apareció a cada lado del tapón no se parece en nada. "El acuífero superior mostró al principio una concentración de sal de uno a dos gramos por litro que aumenta con la profundidad hasta alcanzar los 14 gramos, un valor que hace el agua dañina para los cultivos", según resumía la investigadora sénior del Consejo Nacional de Investigación (CNR) Sandra Donnici, en declaraciones a Il Nordest. A unos siete metros ya había un 40% de la sal del mar, que ronda los 35 gramos, y todavía le faltaba por especifica que "Sin embargo, el segundo pozo, más profundo, deparó una sorpresa positiva. Entre los 28 y los 35 metros se identificó agua dulce, con una concentración salina de apenas un gramo por litro".
Un Garda hecho de arena. El ingeniero Lorenzo Frison, responsable del proyecto en el consorcio, no se anda con rodeos y señala que "estamos ante un gigantesco yacimiento de agua dulce, extendido por unas 30.000 hectáreas, una superficie comparable a todo el lago de Garda". Bajo Chioggia el agua ocupa los huecos entre granos de arena y sedimento, en un sistema acuífero sin cuevas ni orillas, y la comparación con el Garda es solo de superficie: unos 300 kilómetros cuadrados frente a los 368 del lago, poco más del 80% de su extensión.
Del volumen, de hecho, nadie sabe todavía nada, pues el geólogo Luigi Tosi, director de investigación del CNR y uno de los motores del trabajo de campo, rebaja el entusiasmo del consorcio señalando que "no hemos cuantificado el volumen total de los cuerpos acuíferos, pero descartamos estimaciones tan elevadas". Ni siquiera el caudal que circula por ese sistema está definido.
¿El problema? Bombearla. Que haya mucha agua no significa que se pueda sacar, porque si se extrae más de la cuenta, la presión dentro del acuífero baja, el agua salada puede colarse hacia las capas profundas y el terreno puede hundirse todavía más. Por eso Tosi es tajante en cuanro al acuífero: "debe protegerse de forma absoluta, excluyendo el recurso a pozos de extracción y las extracciones masivas". Como mucho, "en casos de emergencia, por una sequía extraordinaria, cabe pensar en un uso limitado, precedido de evaluaciones cuidadosas y respetuoso con el estado natural". Pero antes, hay que saber cómo se recarga.
Y en la laguna ya saben lo caros que son los errores. En un trabajo ya con años, firmado con Laura Carbognin y Pietro Teatini y con datos que llegan hasta 2007, el propio Tosi recordaba que el bombeo de agua dulce -sobre todo para la industria- empezó hacia los años treinta y tocó techo entre 1950 y 1970, cuando Venecia se hundía unos cinco milímetros al año. Las medidas de principios de los setenta frenaron el descenso, y entre 1992 y 2007 la ciudad se mantuvo estable. Los bordes de la laguna, en cambio, seguían bajando entonces dos o tres milímetros al año, en parte por las extracciones de agua para la agricultura y el turismo.
Venecia sigue buscando cómo ganar altura, y como contaba Xataka en mayo de 2025, Teatini propuso elevar la ciudad unos 30 centímetros inyectando agua salada en acuíferos situados a entre 600 y 1.000 metros bajo la laguna. Pero los geólogos advierten que bombear sin control los de Chioggia iría en la dirección contraria.
Un mapa contra la sal. El hallazgo casi podría considerarse un efecto secundario. SWAMrisk, financiado por el programa Interreg Italia-Croacia con 2,19 millones de euros, funcionó entre abril de 2024 y el 30 de septiembre de 2026 con ocho socios de los dos países, liderados por la Universidad de Split, para entender cómo afecta el cambio climático a los acuíferos costeros del Véneto y de la región croata del Neretva. De ahí sale Hydrocloud, una plataforma que reúne lo que miden los piezómetros (los pozos de control), del nivel del agua a la salinidad o la temperatura, y lo convierte en mapas de riesgo para gestores del agua y agricultores.
Tosa lamenta que "la contaminación salina persiste y tiene muchas causas, pero solo es noticia en verano; luego la atención se apaga, como si el fenómeno tendiera a desaparecer en lugar de agravarse, como está ocurriendo", al tiempo que reclama obras en los ríos y cultivos más resistentes a la sal.
Tampoco es raro encontrar agua dulce atrapada junto al mar, o incluso bajo él. En 2013, un equipo liderado por Vincent Post publicó en Nature una revisión sobre agua submarina que describía grandes volúmenes de agua poco salina bajo las plataformas continentales de medio mundo. Calculaban unos 500.000 kilómetros cúbicos aprovechables, formados en buena parte cuando el mar estaba mucho más bajo durante las glaciaciones y, por tanto, no renovables.
En el verano de 2025, la Expedición 501 extrajo cerca de 50.000 litros de un acuífero bajo el mar frente a Cape Cod para averiguar lo mismo que falta por saber en Chioggia: si esa agua viene de antiguos glaciares o si se recarga desde tierra. "Si es joven, se está recargando", resumía su codirector científico, Brandon Dugan.
Foto | Didier Descouens (vía Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0)
Ver 0 comentarios