El 8 de octubre de 2026, el químico japonés Susumu Kitagawa subió al escenario del festival BergamoScienza con una idea que suena a ciencia ficción: dejar de extraer petróleo, metano o carbón y, en su lugar, separar del aire las moléculas útiles. La herramienta con la que lo propone, las llamadas esponjas moleculares, le valió el Nobel de Química de 2025 junto a Richard Robson y Omar M. Yaghi. La pregunta abierta es cuánto de esa promesa es ya realidad y cuánto visión a largo plazo.
Redes que atrapan gases. Las esponjas moleculares, conocidas en la literatura científica como estructuras metalorgánicas o MOF, son redes formadas por iones metálicos unidos entre sí por moléculas orgánicas. Su particularidad, explicó Kitagawa según recoge la crónica del festival en Bergamo Corriere, es que son flexibles: cambian de forma para adaptarse al gas que deben atrapar y lo liberan después, a demanda. El propio Kitagawa las compara con Geomag, esas barras magnéticas de juguete que permiten construir figuras distintas con las mismas piezas. La aportación que distinguió al químico de la Universidad de Kioto fue descubrir a finales de los años noventa que esos enlaces no tenían por qué ser rígidos, una propiedad que los materiales porosos clásicos, como el carbón activo o las zeolitas, no tenían.
El Nobel que reparten tres. El comité noruego premió en 2025 a tres científicos por construir esa arquitectura molecular. Yaghi, en la Universidad de California en Berkeley, creó los primeros MOF estables y demostró que podían diseñarse de manera racional, no por ensayo y error. Robson, en la Universidad de Melbourne, había sentado las bases teóricas una década antes. Kitagawa aportó la flexibilidad: sus MOF se hinchan o se contraen al atrapar y liberar gases, lo que permite usarlos como filtros selectivos. La escala del campo es notable. El propio Kitagawa mencionó en Bérgamo que se han sintetizado más de 130.000 nuevos materiales a partir de las MOF, y que 57 startups, varias de ellas nacidas en la Universidad de Kioto, ya explotan la tecnología.
Cubitan, lo que ya funciona. Lo que Kitagawa presentó en Bérgamo tiene un nombre comercial: Cubitan. Es un cilindro de gas a alta presión desarrollado por Atomis, una spin-off de Kioto creada en 2015 en la que el propio Kitagawa actúa como asesor científico. El recipiente, de polímero reforzado con fibra de carbono y relleno de un adsorbente basado en MOF, pesa diez kilos y transporta, según la crónica italiana, el mismo gas que una bombona convencional de sesenta. El Japan Times en febrero de 2026 lo describió como una de las primeras aplicaciones comerciales del descubrimiento. Atomis trabaja además, junto a la ingeniería Yachiyo, en un proyecto de red inteligente del NEDO, el organismo público japonés de investigación energética, con pruebas piloto ya en marcha en Indonesia, Tailandia y Malasia.
La promesa más amplia. Kitagawa va más allá del almacenamiento y describe una transición "de la civilización extractiva a la de la separación". Bastaría, dice, con separar del aire las moléculas útiles (oxígeno e hidrógeno, es decir, agua) y atrapar las nocivas (dióxido de carbono, monóxido de carbono, nitrógeno). "El planeta llora, hay calentamiento global, el agotamiento de los recursos subterráneos es ya inminente", dijo en Bérgamo, según la traducción de la crónica italiana. "Solo los grandes países disponen de muchas materias primas, pero en el aire hay todo lo que necesitamos para obtener carbono, alimentos y fertilizantes". El propio químico insiste en que el aire es "oro invisible", de donde podría salir un ciclo sostenible.
Kitagawa ya había apuntado a la captura de CO2 como vía de salida. En 2019, su grupo publicó en Nature Communications un estudio sobre un MOF basado en zinc capaz de capturar CO2 y convertirlo en carbonatos cíclicos, precursores del poliuretano. Xataka Ciencia se hizo entonces eco del hallazgo, con una cita del propio Kitagawa: "uno de los enfoques más ecológicos para la captura de carbono es reciclar dióxido de carbono en compuestos de alto valor, como los carbonatos cíclicos que se usan en petroquímica y farmacia". El laboratorio sigue abriendo líneas, pero ninguna ha salido todavía del banco de pruebas a la planta industrial.
La pieza médica que mencionó Kitagawa en Bérgamo es la más tentadora y la menos madura. Algunas MOF han logrado absorber óxido nítrico en heridas abiertas, donde ese gas dificulta la cicatrización. El siguiente paso, dijo, sería fabricar esponjas que se degraden dentro del cuerpo una vez cumplida su función, sustituyendo los iones metálicos por partículas de calcio reabsorbibles. Es una hipótesis de trabajo, no una aplicación clínica. Las revisiones científicas recientes sobre MOF aplicadas a la cicatrización de heridas coinciden en que faltan ensayos clínicos amplios y en que el comportamiento de esos materiales dentro del organismo aún no está resuelto.
Kitagawa cerró su charla en Bérgamo con la entrega de la distinción Rita Levi Montalcini, que la Fundación BergamoScienza reserva a los conferenciantes destacados; le entregaron la placa Andrea Moltrasio, presidente de la fundación, y Telmo Pievani, presidente de su comité científico. La distinción no certifica que el petróleo vaya a quedarse bajo tierra. Lo que la tecnología ha demostrado, con Cubitan y con los filtros industriales que ya se venden, es que las MOF pueden almacenar y separar gases de manera más compacta y segura que los métodos tradicionales. Lo que sigue siendo visión es el salto siguiente: obtener del aire, a escala industrial, los precursores del carbono, los alimentos y los fertilizantes. Esa parte no tiene aún planta piloto ni cronología.
Foto | Ministerio de Educación, Cultura, Deporte, Ciencia y Tecnología de Japón; vía Wikimedia Commons
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