Os acordáis de aquel spot de televisión un tanto kitsch (e insoportable) que rezaba ¿a qué huelen las nubes? En esta misma línea (aunque intentaremos no ser tan kitsch), vamos a preguntarnos a qué huele el espacio, a qué huele el universo.
Al parecer, el espacio huele a una mezcla entre metal caliente, humo de diesel y barbacoa. El origen: las estrellas moribundas. El subproducto de esta combustión está formado por compuestos olorosos denominados hidrocarburos policíclicos aromáticos. Estas moléculas parecen estar diseminadas por todo el universo. Unos hidrocarburos, por cierto, que también sirvieron de base para las primeras formas de vida que poblaron la Tierra y que hoy pueden encontrarse en grandes cantidades en el carbón, el petróleo e incluso en los alimentos que ingerimos cada día.
A un astronauta le es imposible oler el espacio exterior, pero disponemos de fuentes indirectas del olor. Por ejemplo, cuando los astronautas regresan de un paseo espacial, los compuestos del exterior se adhieren a los trajes y, al parecer, huelen a chuleta quemada o frita.


El último libro de Richard Dawkins es el libro de texto que Ciencias que todos hubiéramos querido tener cuando íbamos al colegio, siguiendo la estela de la versión juvenil e ilustrada de Breve historia de casi todo de Bill Bryson.

La Real Academia de Ciencias de Suecia ha concedido hoy el Nobel de Física a los astrónomos estadounidenses Saul Perlmutter, Brian P. Schmidt y Adam G. Riess por sus estudios sobre el descubrimiento de la expansión acelerada del universo a través de la observación de supernovas lejanas.
