Estos días he estado visionado por televisión la visita del Papa a España o JMJ (¡juas!). Y he tomado notas. No porque el Papa me interese particularmente sino por las vibraciones sociológicas que pueden percibirse en cada fotograma del evento: cómo se comportan las personas, cómo la fe más irracional empuja a la gente que no encuentra solaz en otros sitios, cómo hincaban la rodilla los diferentes miembros del gobierno frente a un líder teocrático disfrazado que luego viajaba en una urna por la A-2, cosas así.
Pero sobre todo me sirvió para comprobar de nuevo que las personas, cuando están en grupo, se vuelven más radicales. Un buen ejemplo son las imágenes que visioné de la manifestación laica al toparse con los jóvenes católicos, mediando entre todos la policía más bruta que haya podido ver en los últimos años (exceptuando los desalojos de los Indignados en Plaza Cataluña). Y bueno, si bien me adscribo ideológicamente a uno de esos grupos (sólo a uno), los tres grupos me pareció que tropezaban en los mismos errores. Gritar hasta que se pone la vena gorda, por ejemplo, tal y como señala con su particular estilo Arturo Pérez Reverte en un reciente tweet: Un energúmeno con las venas del cuello hinchadas, desaforado, gritándole en la oreja a una muchacha asustada que besaba un crucifijo. Así no se llega demasiado lejos.
Estoy convencido de que muchos de los integrantes de los tres grupos (aunque la distribución no sea equitativa) son personas inteligentes y cultivadas. Sin embargo, algo sucede cuando la gente pertenece a un grupo fuertemente cohesionado. La gente parece entonces suspender el juicio y dejarse embargar por las pasiones más bajas.
Hay numerosos experimentos que sugieren esta inclinación. Por ejemplo, un estudio de principios de 1970 realizado por el graduado del MIT James Stoner, que determinó que la gente solía tomar decisiones más arriesgadas cuando formaba parte de un grupo.

A rebufo del debate que suscitó el artículo
No me considero un visionario o una persona particularmente inteligente. Sin embargo, una de mis mayores aficiones consiste en leer libros que me explican cosas que difícilmente llegan a los medios de masas, como la televisión o los periódicos. Y si lo hacen, es de forma superficial o sesgada. Y además lo hacen con bastante retraso.
Un hombre diría “esto es así o esto es asá”. Una mujer, por el contrario, diría “esto puede ser así y asá”. Es decir, los hombres categorizan más fácilmente, ven las cosas más en blanco y negro. Las mujeres usan más matices, ven una gama de grises.
En estos tiempos de
Dicen que un tonto sigue siendo tonto aunque use birrete. Algo parecido podría adjudicarse a Internet y su aparente capacidad para tornar más multifacética la opinión de la gente.