Después de todos los estudios y consideraciones que os he señalado en las tres anteriores entregas (I, II, III) de esta serie de artículos sobre las personas más felices del mundo, es necesario hacer algunas consideraciones sobre la particular naturaleza de esa cosa un tanto difícil de definir como es la felicidad. Y como propina, os desvelaré cuál de todos los lugares del mundo considero el más apropiado para ser feliz.
Un chadiano puede llegar a ser feliz en muchas ocasiones ignorando cómo es el Primer Mundo, como lo eran las clases bajas de la gleba durante la Edad Media, que no llegaban a imaginar cuán lujoso era el estilo de vida de sus reyes. Sencillamente asume su clase social y sabe que, haga lo que haga, nunca podrá escalar a otra clase superior. Pero basta que exista una posibilidad, basta que el chadiano ponga una radio o una televisión para que aparezca la insatisfacción de anhelar lo ajeno. Ésta es, sin duda, una de las causas de la inmigración masiva: el Primer Mundo que aparece en los medios de comunicación se parece bastante al País de los Munchkins. Y todos quieren, queremos mudarnos al País de los Munchkins. Esto os lo expliqué más extensamente en el artículo La infelicidad de quererlo todo.
Robert Lane, profesor emérito de Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, señala que el sentimiento de felicidad está generado por un aflujo de dopamina del cerebro, en el núcleo accumbens cerebral, una región relacionada también con las respuestas placenteras de las drogas.
La evolución ha equipado a los humanos con una variedad de deseos que les hace felices. Las diversas culturas enfatizan diferentes deseos en épocas distintas, que permiten así la continuidad y el cambio histórico.

Después de tanto estudio contradictorio sobre la felicidad de distintos países, referidos
Tras el ranking de países felices expuesto en
¿Recordáis la adaptación cinematográfica de El Mago de Oz, de L. Frank Baum, protagonizada por una ya talludita Judy Garland? Cuando su casa llega al reino de Oz, aplastando a la Bruja del Oeste, su adorable perrito y ella descubren el País de los Munchkins, un lugar en technicolor habitado por unos enanos que rezuman una felicidad casi lisérgica.
La noticia del día en el España es que hoy, tchann, se celebra el sorteo de la lotería de navidad. Es una noticia capaz de eclipsar cualquier otra. Las televisiones se llenan de niños cantores, gentes descorchando botellas de champán y enumeraciones de sumas de dinero que presuntamente harán más felices a sus ganadores. Pero ¿acaso la lotería no es un timo, un impuesto por la incompetencia matemática o, en definitiva, algo tan cutre como echar monedas a una máquina tragaperras?
La mayoría de la gente no está preparada para ganar la lotería. Aunque creamos lo contrario, aunque estemos convencidos de que, tras un golpe de suerte como ése, gestionaremos adecuadamente el dinero para vivir el resto de nuestra vida sin trabajar, lo cierto es que muy pocos son los que están preparados para recibir de un solo golpe una gran cantidad de dinero. La mayoría de gente lo despilfarrará.
Un estudio realizado por Scott A. Golder y Michael Macy, investigadores del departamento de sociología de la Universidad de Cornell, Nueva York (EE UU) y publicado en el último número de Science ha analizado el estado de ánimo del planeta a través de Twitter. Es decir, las emociones colectivas de una parte sustancial de la humanidad.
Se dice que los ricos también lloran. Aunque nos parezca un pretexto para que no metamos demasiado las narices en las fortunas de los millonarios, diversos estudios apuntan a un hecho introvertible. Bueno, a dos.
El sol es capaz de mejorar sustancialmente nuestro estado de ánimo, como si en los rayos solares viajara una pequeña dosis de Prozac. Algo que la sabiduría popular considera de perogrullo pero que la ciencia está confirmando.