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Si quieres ser más inteligente, piensa en gente inteligente (o que parezca inteligente)

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gafapasta.jpgEl contexto memesférico es tan determinante para nuestra inteligencia que incluso las chicas rubias consiguen volver tontos a los hombres. Esta idea puede parecer estereotipada (y lo es, por esa razón tiene tanto poder memesférico), pero fue constatada por un experimento de la Universidad París X-Nanterre.

En él, los sujetos debían resolver una serie de tests de conocimiento general tras ser expuestos a fotografías de mujeres. La puntuación más baja la obtuvieron aquellos hombres que habían sido expuestos a fotografías de chicas rubias. El catedrático Thierry Meyer, coautor del estudio, que fue publicado en Journal of Experimental Psychology, sostiene que esto prueba que la gente que se enfrenta a estereotipos generalmente se comporta igual que ellos.

Por esa razón, también, llevar el pelo teñido de rubio puede provocar, en una chica, que obtenga notas más bajas en un test de inteligencia. Llevar el pelo rubio dispara inconscientemente una serie de creencias muy arraigadas en la cultura (aunque sean falsas).

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Pensar... ¡que aburrido!

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zoiber

No me considero científico ni mucho menos escritor o pensador, de hecho, me sigo sientiendo igual de novato que aquel 2 de Enero de este mismo año, pero al ser mi post 400 y último de este 2011 quisiera escribirlo de forma especial.

Hace mucho tiempo, leyendo un artículo en la revista Muy Interesante, me puse a reflexionar sobre todo en general.

Para muchos, la Ciencia es el remedio de todos nuestros problemas. Mucha gente desconoce que es un modo de pensamiento y que forma parte de nuestra cultura.

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¿Cuándo descubrí que la ciencia era tan importante?

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20080625193218-el-pensador-auguste-rodin.jpgNo recuerdo la fecha concreta de mi descubrimiento sobre la importancia de la ciencia. Supongo que fue un descubrimiento gradual, sobre todo a raíz de aquellos debates que veía de pequeño en la televisión: cuando hablaba el científico invitado (generalmente en un debate de pseudociencias, y generalmente Manuel Toharia o Gonzalo Puente Ojea), sentía que sus argumentos parecían más razonables y sólidos, a pesar de que siempre se presentaban con la indicación de que no podíamos afirmar nada sin pruebas.

También imagino que influyó la serie de divulgación para televisión Cosmos, de Carl Sagan. Y, sin duda, su libro El mundo y sus demonios.

Mi trayectoria académica, hasta los 17 años, era esencialmente “de letras”, como suele decirse. Y, aunque en casa siempre había leído revistas como Muy Interesante, consideraba la ciencia más bien como algo anecdótico. Pero, a partir de entonces, mi cerebro hizo clic: ya no se trataba de acumular conocimientos sino de empezar a contemplar lo que me rodeaba desde otra perspectiva. Como si llevara gafas de sol. Mejor dicho: como si me las hubiera quitado para ver más claro.

Los restos de magia, misticismo y sofistería que aún pudieran sobrevivir en mí cabeza fueron sustituidos entonces por una subrayada objetivación, una desmitificación encomillada y una desvaloralización marcada con fluorescente amarillo. Y todo ello sazonado por la duda y la incertidumbre, el convencimiento de que en realidad era un ignorante, que sólo disponía de diferentes grados de certeza sobre las cosas pero nunca la verdad o la falsedad sobre algo... aunque, irónicamente, podía aproximarme más a la verdad, si me lo proponía, que cualquier otro pensador que hubiera nacido antes que yo, creando mi propio undécimo Mandamiento.

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Una sociedad que nunca bebe alcohol podría extinguirse a causa del derretimiento del hielo

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El asentamiento ancestral inuit de Shishmaref, una aldea situada en la isla de Sarichef en el mar Chukchi, al norte del estrecho de Bering y a pocos kilómetros de la costa de Alaska, había permanecido a resguardo de los cambios socioculturales. Allí hace tanto frío que sus habitantes usan los frigoríficos no para enfriar los alimentos sino para impedir que se enfríen demasiado. Pero su prístina (y congelada) sociedad está a punto de desaparecer debido al derretimiento del hielo, que está arrastrando el poblado hacia el océano.

El movimiento de las casas es imperceptible a simple vista. Pero uno puede irse a dormir y amanecer unos centímetros más cerca de la costa. Las casas, literalmente, se desplazan a un ritmo lento pero inexorable, como si estuvieran construidas sobre cintas transportadoras que se movieran a cámara lenta. Las casas y todo lo demás, incluyendo las carreteras e incluso las vías del tren. Todo está sobre una capa de permafrost (o hielo perpetuo) que se creía indestructible; pero el efecto invernadero está cambiando las cosas.

Sus habitantes aseguran que entre 2001 y 2006 han desaparecido 8 metros de hielo. De las 213 poblaciones originales de Alaska, 183 se hallan amenazadas. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense estima que la mayoría de los 600 habitantes de Shishmaref se habrá visto obligado a abandonar su hogar dentro de 10 años. Estamos hablando, según el censo del 2000, de una aldea de 562 habitantes divididos en 110 familias y en 142 casas.

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Todos nos necesitamos a todos: la utopía de ser autosuficiente

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Si bien soy el primero al que le vienen ramalazos de convertirse en eremita para ver el mundo desde una atalaya, en plan que siga girando el mundo que yo me bajo, lo cierto es que todos nosotros estamos interconectados más de lo que creemos. Y, aunque el prójimo acostumbra a ser un tocacojones, sin el prójimo nuestras vidas serían miserables.

En ese sentido, Thoreau se equivocó bastante cuando se fue a vivir al campo en plan autosuficiente. Primero porque si todos hiciéramos eso, la Tierra no soportaría nuestro impacto medioambiental (mirad el artículo Las ciudades son más ecológicas que el campo). Segundo: se sabe que la madre de Thoreau iba de vez en cuando a su cabaña a lavarle la ropa.

Y es que, hagamos lo que hagamos, seamos quienes seamos, todos compartimos rasgos culturales, sociales y políticos con sociedades distribuidas por todo el planeta. Por ejemplo, si te dedicas a los negocios, probablemente precisarás de la ayuda de la fonética asiria, de la imprenta china, del álgebra árabe, de la numeración india, de la doble contabilidad italiana, de las leyes mercantiles holandesas o de los circuitos integrados californianos.

Porque todos nosotros no sólo consumimos los recursos de otros sino también sus inventos. El pan que comemos fue concebido por primer vez en la Mesopotamia neolítica. La forma de hornearlo fue inventado por un cazador-recolector mesolítico. Porque, por separado, disponemos de escaso conocimiento, fragmentado y, con frecuencia, contradictorio. Pero colectivamente disponemos de cosas como la Wikipedia. El fin de esta cooperación es, tal y como dijo Adam Smith, “que una menor cantidad de labor produzca una mayor cantidad de trabajo”.

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[Libros que nos inspiran] 'Bueno para comer' de Marvin Harris: los enigmas de la alimentación y la cultura

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De nuevo un libro de Marvin Harris, que se suma al espectacular Vacas, cerdos, guerras y brujas. En este caso, Bueno para comer, que como bien indica su título, trata sobre todas las dimensiones culturales de la comida.

Sin duda un libro para aclarar muchas ideas erróneas acerca de la alimentación, como El mito de que la leche es mala para la salud (I) y (y II). E incluso aclarar algunas ideas racistas con artículos como Esas anómalas personas de cara blanca llamadas europeos (I) y (y II). Ideal para soltárselo a bocajarro a cualquiera que me venga con lo de la supremacía de la raza blanca y la túnica del Ku Kux Klan.

Dicho lo cual, este libro podría infartar a cualquier lector que tenga una concepción jerárquica de la cultura y de las costumbres y estilos de vida allende los mares. El que sienta cierto interés por huir del provincianismo que le ha tocado en gracia a fin de ver el percal con cierta perspectiva, entonces debe zambullirse a pulmón libre en Bueno para comer, del antropólogo más popular del mundo: Marvin Harris.

¿Por qué tenemos ansia de carne? ¿Por qué hay culturas que adoran algunos tipos de carne y desdeñan otras? ¿La leche es beneficiosa o los intolerantes a la lactosa y las culturas asiáticas, que la abominan, demuestran que no? ¿Por qué existen vacas sagradas hindúes en un país que se muere de hambre? ¿Por qué el cerdo resulta repugnante para algunos? ¿Por qué no somos capaces de comernos a los perros como hacen los chinos? ¿No es contradictorio consumir langosta o gambas y no gusanos o cucarachas? ¿Cuánto hay de cierto en la antropofagia?

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[Libros que nos inspiran] 'Cultura basura, cerebros privilegiados' de Steven Johnson

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Cultura basura, cerebros privilegiados del divulgador científico Steven Johnson tiene un planteamiento tan subversivo y brillante que, independientemente de si estáis de acuerdo con él o no, seguro que os hará pensar y replantearos muchas cosas. Conmigo lo consiguió.

La tesis principal de Johnson parte de lo que él llama “la curva del dormilón”, que asume que la cultura de masas está aumentando de complejidad progresivamente a causa de tres factores interrelacionados: los apetitos naturales del cerebro, el sistema económico de la industria cultural y las plataformas tecnológicas en evolución.

Así que, además, este es un ensayo científico dirigido a todas aquellas mentes esquemáticas que han acogido con servidumbre una serie de dogmas sobre la cultura y cómo ésta se adquiere y, sobre todo, está dirigido a los padres que censuran que sus hijos se dediquen cada vez más horas a los videojuegos, la televisión, los juegos de rol o Internet. Cuando menos, tras su lectura, muchos de los lectores de este libro harán un serio examen de sus creencias más arraigadas.

La idea de que la televisión es una caja tonta es un tópico que Johson, recurriendo a la neurociencia, derriba con tanta facilidad que uno se pregunta cómo no había llegado jamás a sus conclusiones. Los cerebros, sobre todo los infantiles, están construidos para ser constantes adictos a la información y la resolución de problemas. No existen los cerebros vagos o que tienden a la vaguedad, salvo excepciones. Si una televisión, pues, concita hasta tal extremo la atención de los niños, por ejemplo, no es porque la televisión los convierta en zombies o porque los niños se sientan más a gusto desconectando sus cerebros. La televisión es un estimulante cognitivo, y el telespectador está epistémicamente hambriento.

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[Libros que nos inspiran] ‘Genoma, la autobiografía de una especie en 23 capítulos' de Matt Ridley

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ridley.JPGGenoma, sobre todo, está orientado a lectores profanos, y serán estos los que más tendrán que recalibrar sus creencias respecto a muchas cuestiones que creían intocables. Por ejemplo, aceptando que la influencia paterna en nuestra educación es prácticamente nula (salvo la instilada mediante la herencia genética). Que el lenguaje está prefigurado en nuestra mente incluso antes de nacer. Que nuestra salud y nuestro corazón está a merced de nuestra posición en el mundo laboral: cuanto más escalemos en la pirámide jerárquica, mejor salud coronaria tendremos.

O que las moscas de la fruta pueden decirnos mucho acerca de lo que es la inteligencia.

Así que ya os podéis imaginar que este libro nos ha inspirado para artículos muy interesantes sobre genética, como ¿Eres met-mets, val-vals o met-vals? o Breves apuntes sobre la inteligencia humana (y las trompas de elefante).

Matt Ridley, el autor, es periodista especializado en ciencia y ha colaborado en publicaciones como The Economist o el Daily Telegraph, y actualmente preside el Internacional Centre for Life, dedicado a la difusión de la ciencia. Y eso se nota.

No sólo porque Ridley es capaz de explicar lo difícil de una forma inteligible y divertida, incluso con medidos chascarrillos (como el de su biografía, donde dice que ha combinado con ingenio sus cromosomas con la neurocientífica Anya Hurlbert para producir dos seres completamente humanos), sino, sobre todo, porque también es capaz de explicar lo que muchos lectores habituales de divulgación científica ya han leído muchas veces de una manera tan brillante y llamativa que todo parece recién desprecintado.

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Las personas que visitan museos tienen mejor salud que las que no

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Ser cultureta, pintar, ir al teatro o al museo y demás actividades que podían desembocar en una serie de collejas cuando acudíamos al colegio, ahora resulta que podrían estar vinculadas a una mejor salud. Al menos es lo que sugiere un estudio de científicos noruegos realizado sobre más de 50.000 adultos que ha sido publicado por la revista Journal of Epidemiology and Community Health.

Mejor salud y menor propensión a sufrir ansiedad o depresión.

Además, parece que los efectos positivos son mayores si somos cultos a nivel pasivo y no activo. Es decir, tocar un instrumento o pintar es bueno para nuestra salud. Pero estar simplemente interesado en consumir productos culturales todavía lo es más. Además, cuantas más actividades culturales experimentaban, mayores eran los beneficios de salud.

Según los autores, “los resultados de este estudio indican que el empleo de actividades culturales en la promoción y el cuidado de la salud podría estar justificado“.

Los investigadores noruegos utilizaron cuestionarios para determinar con qué frecuencia 50.797 adultos residentes de Nord-Trondelag del Condado en el centro de Noruega participaban en actividades culturales y valorar su estado de salud, su satisfacción con la vida y sus niveles de ansiedad o depresión.

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Neuromarketing: nos gusta más la Coca Cola si sabemos que es Coca Cola

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coca-cola-1.jpgLa nueva disciplina del neuromárketing está descifrando poco a poco las motivaciones que nos impulsan a adquirir determinados productos frente a otros, incluso productos que son manifiestamente de peor calidad.

En el caso de los alimentos, las decisiones del consumidor, pues, no se basan exclusivamente en las propiedades físicas del producto o del estado o situación durante su ingesta, sino también la cultura y el marco social donde se comercializa el producto.

Ésta es la razón de que el ketchup Heinz siga siendo el más vendido en EEUU a pesar de que, durante décadas se han ido lanzando salsas de tomate de mayor calidad en todos los sentidos, como ya os expliqué con detalle en el artículo El nacimiento del imperio del Ketchup.

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