En los 60, un sacerdote vendió 12.000 pirañas para sacar adelante una aldea del Amazonas: medio siglo después, su obra sigue viva en la isla de Marajó

  • El jesuita italiano Giovanni Gallo enseñó a las mujeres de Jenipapo a embalsamar pirañas y las envió a Italia

  • Con lo ganado levantó puentes, un cementerio, una pista de aterrizaje y el germen del Museo del Marajó

Museo Marajo Piranas
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redaccion

Redacción Xataka Ciencia

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Pocos animales cargan con peor fama que la piraña: el cine la ha convertido en una trituradora con aletas, y la imagen ha calado tanto que solemos pasar por alto su faceta más prosaica. Para los pescadores de la isla de Marajó, en la desembocadura del Amazonas, era un pez de poquísimo valor que se colaba en las redes y acababa descartado. Pero hubo alguien que miró aquel descarte y vio otra cosa, un negocio.

Ese alguien fue Giovanni Gallo, jesuita nacido en Turín en 1927 y fallecido en Belém en 2003. En 1973 se hizo cargo de la parroquia de Santa Cruz do Arari y se instaló en la Vila de Jenipapo, una comunidad aislada donde, según él mismo contó, montó un puesto médico, un centro comunitario y un laboratorio un tanto estrambótico en el que enseñó a las mujeres a embalsamar las pirañas que traían los pescadores.

Gracias a sus contactos, 12.000 ejemplares acabaron en Italia, como detallan Karla Cristina Damasceno de Oliveira y Luiz Carlos Borges, de la Universidad Federal del Estado de Río de Janeiro (UNIRIO), en un proyecto de tesis doctoral publicado en 2016 en la revista Pesquisa Brasileira em Ciência da Informação e Biblioteconomia.

Y cuidado, que con 12.000 pirañas barnizadas se puede conseguir bastante. Con el beneficio, Gallo pagó a las trabajadoras y construyó 350 metros de puentes sobre pilotes de madera noble, un embarcadero comunitario, un cementerio pensado para la temporada de “aguas grandes” (cuando las crecidas anegan los campos) y una pista de aterrizaje de 800 metros, es decir, casi ocho campos de fútbol puestos en fila. Incluso sobró, en palabras del propio jesuita, “una punta para empezar nuestro museo”.

No obstante, hay que señalar que todas esas cifras proceden de las memorias de Gallo, ‘O homem que implodiu’ (1996), y los autores del proyecto las escriben en condicional a propósito: algunos de sus informantes en la isla discuten que esas obras se hicieran tal y como él las contó, y no hay más documentación que los textos del sacerdote.

Lo que nadie discute es el museo y su trayectoria, inaugurado en el 16 de diciembre de 1981 en Santa Cruz do Arari con un nombre muy de su fundador (”O Nosso Museu”, Nuestro Museo), pasó a llamarse Museo del Marajó en 1983 y se trasladó después, junto a Gallo, a Cachoeira do Arari. Su colección arrancó con fragmentos de cerámica y piezas arqueológicas que los vecinos encontraban y donaban, y su atracción más célebre son los “computadores caipiras” (algo así como ordenadores de pueblo), artefactos de madera con paneles que el visitante mueve para descubrir respuestas. Interactividad sin enchufe. Nuestros compañeros de Xataka México contaron la historia en octubre de 2026.

Giovani Gallo Giovani Gallo (Wikimedia Commons CC BY-SA 4.0)

Pero, ¿son las fieras de película que nos han vendido? No tanto, pues en un experimento con pirañas de vientre rojo salvajes, los biólogos Hélder Queiroz y Anne Magurran comprobaron que los peces en grupos pequeños respiraban más deprisa, señal de que se sentían en peligro, y que tras el ataque simulado de un cormorán los bancos de ocho recuperaban la calma antes que las parejas. Su conclusión, publicada en Biology Letters en 2005 es que protegerse de sus muchos depredadores es una de las grandes razones de que la piraña nade en bancos, como vimos en su momento en Xataka Ciencia allá por 2012. Su mala fama es bastante inmerecida.

Eso sí, los dientes son de verdad, como revela el equipo del biólogo Justin Grubich, que midió en ejemplares salvajes de piraña negra (Serrasalmus rhombeus) un mordisco frontal de 320 newtons, unos 33 kilos de fuerza, el más potente registrado en un pez óseo según su estudio en Scientific Reports de 2012.

El museo, sin embargo, estuvo a punto de no sobrevivir a su fundador. Cerró en 2018 después de que los bomberos certificaran riesgos en su estructura, y el Gobierno de Pará lo reabrió en febrero de 2022 tras dos años de obras. “Nos encontramos con un acervo muy degradado y un espacio completamente abandonado”, explicaba entonces a Diário do Pará Armando Sobral, director del Sistema Integrado de Museos y Memorias de la Secretaría de Cultura del estado. De sus cerca de 4.000 piezas, unas 400 volvieron a exponerse, y entre las colecciones de más peso destacan más de 350 cerámicas arqueológicas marajoaras.

Esa cerámica es la otra gran historia de la isla. Entre los años 400 y 1350, durante la llamada fase Marajoara, sus habitantes levantaron montículos y presas que funcionaban como sistemas hidráulicos para controlar el agua y los peces, explica la arqueóloga Denise Schaan en un estudio publicado en Diversity en 2010. No hay pruebas de agricultura intensiva: su proteína salía, sobre todo, del pescado.

Y en la basura y los fogones de esos montículos, los especialistas se toparon con un inquilino conocido: dientes de piraña, junto a huesos de traíra, de un bagre acorazado llamado tamoatá y caparazones de tortuga. Una dieta coherente, según Schaan, con capturas masivas en estanques. Parte de esa cerámica ya tiene copia digital: el laboratorio de Biodiseño de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro ha escaneado 47 vasos y urnas del museo y ha reconstruido algunas en 3D, según contó Diário do Pará en noviembre de 2025. La cuestión es que siglos antes de viajar barnizadas a Italia, las pirañas de Marajó ya daban de comer a los alfareros cuyas urnas conserva el museo de Gallo.

Foto | Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

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