Mouruás, una aldea de San Xoán de Río (Ourense) y en donde viven unas 20 personas, guarda algo bastante más veterano que cualquiera de sus vecinos desde octubre de 2026: los restos de un poblado galaicorromano enterrado durante milenios. Lo anunció el propio alcalde del municipio, Xosé M. Pérez Blecua, en sus redes sociales, con un mensaje en gallego que no escondía la emoción: “Empezamos a excavar en Mouruás… y salto laa sorpresa. Aparece un poblado galaico-romano enterrado de hace casi 2.000 anos”.
Galaicorromano es como se llama a la etapa en la que los castros, los poblados fortificados de la Edad del Hierro del noroeste peninsular, siguieron habitados ya bajo el dominio de Roma. Según la nota del Concello que publicó el periódico comarcal O Sil, han surgido materiales de esa época y distintas estructuras en el interior del recinto del castro. No es el único yacimiento gallego que sale del olvido en 2026 (en mayo, la Universidade de Vigo confirmó un asentamiento anterior a Roma en el castro de Hortas, en las Cíes).
El arqueólogo que dirige los trabajos de campo, Manuel García Cabo, ha explicado que el sitio prometía, aunque con un pero importante: “Todos los indicios apuntaban a un yacimiento espectacular, con una ocupación desde la Edad del Bronce y, como mínimo, hasta la romanización. Los trabajos están permitiendo localizar estructuras en el interior del recinto, aunque también comprobamos un altísimo nivel de alteración del sitio”.
Esa alteración se debía a siglos de labranza y, sobre todo, por la gran cantera que se abrió dentro del propio recinto, de la que se sacaba piedra para la carretera hacia Trives. Dicha cantera le dio a Mouruás su pieza más famosa, una espada que lleva su nombre, y también fue la que más daño hizo: “Nos dio ese magnífico objeto, pero todo indica que también afectó profundamente a una parte muy importante del yacimiento intramuros”, resume Cabo.
Sobre la espada, según la ficha del Museo Arqueolóxico de Ourense, que la conserva, apareció en noviembre de 1967 en el paraje de Pena dos Castros. Es una espada pistiliforme de bronce (por su hoja que recuerda al pistilo de una flor), mide 68,5 centímetros, pesa 820 gramos y está fechada entre los años 1100 y 900 antes de Cristo. Su modelo deriva del tipo Hemigkofen, del valle del Rin, y el museo recoge la idea de que alguien la escondió a propósito en una grieta de la roca, quizá con un sentido funerario o para marcar el control de un punto de paso.
La excavación la promueve el Concello y la paga la Axencia Turismo de Galicia, con una línea de ayudas para municipios de menos de 10.000 habitantes, y el objetivo es hacer del castro una suerte de zona visitable a lo museo. Durante la campaña de octubre, de hecho, el yacimiento se pudo visitar (eso sí, sólo para mirar, como dejó claro un integrante del equipo en un vídeo que compartió el alcalde: “Trabajar no; se agradece la predisposición, pero aquí ya estamos completos con el equipo”).
Aunque el lugar estaba catalogado como castro, nadie había hecho nunca un trabajo arqueológico en él hasta la primera mitad de 2026, cuando el equipo de Solventa Arqueoloxía, coordinado por Martiño Xosé Vázquez, lo estudió con un dron con LiDAR (un láser que dibuja el relieve del terreno aunque esté cubierto de vegetación), con georradar y con sondeos de comprobación. Como contó Vázquez a O Sil en junio, uno de ellos dio con el foso defensivo de un castro de la Edad del Hierro, y aparecieron cerámica y tégula (la teja plana romana) que apuntan al cambio de era. Su conclusión: “el yacimiento es mucho más grande de lo que parecía”.
Pero lo que de verdad tiene en vilo a los arqueólogos está fuera de las murallas, pues las prospecciones con radar de principios de 2026, con los árboles sin hojas, detectaron más allá del recinto estructuras que podrían ser un poblado de época romana, como explicó el alcalde en una entrevista en agosto. La hipótesis es que ese asentamiento estuviera ligado a Os Biocos, una de las grandes minas de oro romanas de Galicia, en el mismo municipio. El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) reconstruyó en 2013 cómo se explotó Os Biocos: allí se removieron entre 1.290.000 y 1.935.000 metros cúbicos de roca, y sus investigadores estimaron que se sacaron entre 774 y 1.161 kilos de oro.
Y ese oro tenía salida, porque la mina está en el itinerario de la Vía Nova, la calzada que Roma construyó en el siglo I entre Braga y Astorga para controlar el noroeste. “Estamos convencidos de que esa ocupación romana está relacionada con la explotación minera de Os Biocos, muy próxima, y con la salida de ese mineral por la Vía Nova hacia Roma”, aseguraba Vázquez. Por ahora es eso, una convicción pendiente de comprobar: la siguiente fase se centrará en el exterior del recinto, donde el equipo confía en encontrar restos mejor conservados. Y el alcalde, que cuenta desde la Edad del Bronce y redondea con generosidad, ya tiene el lema por si sale bien: “Pueden ser 3.200 años de historia en menos de un kilómetro”.
Foto | San Xoan do Rio (vía Facebook)
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