La corteza oceánica norteamericana es un destrozo muy alejado de la lámina limpia que visionaban los científicos

  • El hallazgo documentado en la zona de subducción de Cascadia replantea cómo se deforman las masas de roca antes de hundirse en el manto

  • Un estudio divulgado en Science Advances detalla un desgaste paulatino que obligará a afinar los simuladores de prevención sísmica

La corteza oceánica norteamericana es un destrozo muy alejado de la lámina limpia que visionaban los científicos
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Redacción Xataka Ciencia

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Frente a la costa del noroeste de Norteamérica, la corteza oceánica que desciende hacia el manto profundo no es el bloque rígido que los modelos clásicos sugerían: un equipo internacional de investigadores ha descubierto una fractura tectónica de 75 kilómetros de longitud en la zona de subducción de Cascadia. En lugar de una lámina continua, el fondo marino presenta cortes limpios y desniveles verticales de hasta cinco kilómetros. El hallazgo permite documentar por primera vez cómo mueren en realidad las grandes placas terrestres bajo presión.

Una radiografía del fondo marino. Para revelar la estructura oculta de esta región, los científicos utilizaron los datos del experimento CASIE21, una expedición impulsada por la Fundación Nacional de Ciencias estadounidense. A bordo del buque de investigación Marcus G. Langseth, la tripulación emitió ondas sonoras hacia la litosfera y analizó los ecos mediante una extensa cadena de sensores acústicos sumergidos. Esta red de reflexión sísmica ha trazado un mapa de las placas Explorer y Juan de Fuca frente a la isla de Vancouver, confirmando que la roca se fragmenta bajo su propio peso. Ante estos resultados, la institución prepara el despliegue de sismómetros de fondo y vehículos remotos.

Un tren descarrilado. La nueva brecha confirma un mecanismo que los especialistas apenas habían logrado intuir estudiando muestras superficiales. Brandon Shuck, geofísico de la Universidad Estatal de Luisiana y autor principal del estudio publicado en la revista Science Advances, precisa que el hundimiento de una masa de este tamaño no ocurre de golpe. La tensión provoca fallas de transformación perpendiculares que rebanan la litosfera durante millones de años. Shuck compara esta secuencia con el descarrilamiento progresivo de un tren de mercancía: los vagones de piedra se desconectan uno a uno de la locomotora principal, en lugar de sufrir un colapso frontal.

Silencio sísmico y flujo de magma. La separación de estas unidades independientes reorganiza todo el escenario geológico de la costa. Cuando una microplaca termina de desgarrarse, deja de acumular la energía generada por el roce continuo; los sismómetros registran entonces un inusual silencio de temblores en ese tramo concreto. A la par, el hueco permanente que abren las grietas actúa como una ventana tectónica en la roca fría. Ese espacio libre facilita el ascenso directo de material incandescente desde el manto inferior, un flujo que altera la química y la frecuencia de las erupciones volcánicas de la superficie.

El cálculo del riesgo. Desmembrar una placa a escala planetaria no cambia el peligro inmediato para la población costera. La región de Cascadia cuenta todavía con la fricción suficiente para desencadenar un terremoto de magnitud nueve y la amenaza de un tsunami permanece intacta. No obstante, conocer la geometría exacta de los fragmentos sumergidos resulta imprescindible para calibrar los sistemas de prevención. Los sismólogos necesitan introducir el laberinto de nuevas fracturas en sus modelos numéricos para predecir correctamente cómo se propagarán las ondas sísmicas cuando la inmensa falla ceda.

Mapear este mecanismo mientras sucede resuelve además un debate histórico de la geofísica sobre el origen de anomalías parecidas en otras latitudes. Las misteriosas microplacas fosilizadas que descansan hoy frente a la península de Baja California, inexplicables hasta hace poco, son en realidad las cicatrices de la extinta placa de Farallón tras sufrir exactamente este mismo proceso de despedazamiento en el pasado. 

Foto | Conicet, National Geographic

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