Cada mañana nos abrochamos botones y nos atamos los zapatos sin dedicarles un solo pensamiento, y aun así nadie nació sabiendo hacerlo. Para el neurocientífico Ignacio Morgado, catedrático emérito de Psicobiología en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), ese gesto trivial es una puerta de entrada a una pregunta mucho mayor: qué hace el cerebro cuando pensamos y qué ocurre cuando somos capaces de pensar sobre lo que pensamos.
La tesis de fondo cabe en la frase “hasta donde podemos demostrarlo científicamente, solo nosotros, los seres humanos, podemos pensar que pensamos”, es decir, además de tener experiencias conscientes, podemos convertir nuestros propios pensamientos en objeto de reflexión. A esa capacidad la llama autoconsciencia o metaconsciencia, y la sitúa entre las capacidades mentales más elevadas que conocemos. Su forma de resumirla es casi un trabalenguas, “Somos conscientes de que somos conscientes”.
Para llegar hasta ahí conviene empezar por lo básico, ya que el neurocientífico define la mente como un conjunto de procesos que realiza el cerebro: percibir, emocionarnos, recordar, hablar, entender lo que dicen otras personas, darnos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor... Lo llamativo es que buena parte de ese trabajo transcurre sin que nos enteremos, y de hecho la mayoría de las cosas que hace el cerebro las hace de manera inconsciente.
Volvamos al ejemplo con el que abrimos, los botones. Abrocharlos, atarse los cordones, conducir o montar en bicicleta son aprendizajes que el cerebro acaba convirtiendo en automatismos. Al principio cuestan, pero con la práctica se ejecutan solos, sin que tengamos que vigilar cada movimiento, en un claro ejemplo de mecanización. La ventaja es que si tuviéramos que decidir conscientemente cada pequeño gesto del día, apenas nos quedarían recursos mentales para otra cosa. Morgado insiste en que esos automatismos son, en realidad, memorias, porque todo eso lo hemos aprendido a lo largo de la vida.
Y lo que percibimos tampoco es tan directo como parece. Por ejemplo, Morgado señala que los colores, los sonidos, los olores y los sabores son experiencias que genera el cerebro a partir de la información que le llega por los órganos de los sentidos. Fuera del organismo, lo que hay son estímulos físicos, como radiación electromagnética, partículas, moléculas o vibraciones del aire. El sonido también lo ilustra bien, pues a nuestros oídos llegan fluctuaciones del aire, y es el sistema nervioso el que las procesa hasta convertirlas en lo que experimentamos como sonido. En suma, la realidad consciente que conocemos depende del trabajo de las neuronas.
La consciencia como marca de pensamiento en algunas especies
Respecto a la consciencia, Morgado no la reserva a los humanos, y muchos seres vivos la tienen en distintos grados. Pero el neurocientífico sitúa su aparición, probablemente, en el desarrollo cerebral de los primeros vertebrados. En esa historia evolutiva otorga un papel destacado a la corteza cerebral: a medida que se desarrolló, habría permitido formas de experiencia consciente cada vez más complejas.
No obstante, algunas especies complican el reparto, como en los casos de los bonobos, los delfines o los elefantes, animales en los que algunos investigadores ven posibles formas avanzadas de autoconsciencia porque consiguen reconocerse ante un espejo. Esa capacidad está documentada en grandes simios y cetaceos, y un estudio publicado en noviembre de 2006 en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’ (PNAS) la describió en un elefante asiático. No obstante, el neurocientífico aconseja cautela: reconocerse visualmente puede ser un indicio de tener consciencia de uno mismo, aunque no demuestra que determinados animales reflexionen sobre sus pensamientos, de ahí que la cuestión siga abierta, y su afirmación arranca con un “hasta donde podemos demostrarlo”.
La diferencia entre lo consciente y lo inconsciente gana peso cuando dormimos, que es cuando dejamos de relacionarnos conscientemente con el entorno, como hacemos durante la vigilia, pero el cerebro sigue trabajando. De hecho, es durante el sueño cuando se consolidan los recuerdos adquiridos previamente, algo que Morgado también vincula con la intuición y la creatividad. Un problema al que hemos dado vueltas durante el día puede seguir procesándose de forma inconsciente mientras dormimos, y según sus teorías, la solución que parece surgir de la nada al despertar tiene detrás un procesamiento cerebral basado en información que ya habíamos adquirido.
Al final, para el neurocientífico, la diferencia está en cómo trabaja cada modo. El pensamiento consciente es fundamentalmente serial: nos concentramos en un pensamiento y después pasamos a otro, pero solo uno a la vez. Por otra parte, la actividad inconsciente permite que distintas regiones cerebrales procesen información de forma simultánea, y esa es “una gran ventaja de la inconsciencia sobre la consciencia”.
Foto | BBVA (vía YouTube)
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