Nazareth Castellanos, neurocientífica: "Cuando meditamos, disminuye la relación entre el corazón y el cerebro"

  • La investigadora lo explicó en una charla de Aprendemos Juntos (BBVA) sobre la respuesta neuronal evocada por el corazón y su papel en cómo nos vemos a nosotros mismos

  • También propone un ejercicio de respiración lenta de unos diez minutos al día, siempre sin forzar

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Redacción Xataka Ciencia

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Nazareth Castellanos, neurocientífica, resume en una frase algo que no muchos conocen: “Cuando meditamos, disminuye la relación entre el corazón y el cerebro”. Es un extracto de parte de una charla que la neurocientífica, física teórica y doctora en neurociencia, dio para el canal Aprendemos Juntos de BBVA. Su punto de partida es que el cerebro no trabaja por libre. Durante la charla explicó que recibe información constante del resto del cuerpo (de cómo apoyamos los pies o de la postura de la espalda, por ejemplo) y que, de todas esas vías, la del corazón es de las que más le interesan.

Según ella, entender esa conexión ayuda a explicar cómo construimos nuestra identidad y cómo interpretamos lo que pasa a nuestro alrededor; “el corazón aporta esa perspectiva autobiográfica”. Castellanos cuenta que, cada vez que el corazón late, el cerebro le responde, y que a ese fenómeno se le llama respuesta neuronal evocada por el corazón. Medirla permite estudiar qué papel tiene el latido en la percepción y en la conciencia de uno mismo. Hay trabajos que van en esa línea, como un estudio publicado en The Journal of Neuroscience en 2016. En él se comprobó que la respuesta del cerebro a los latidos variaba según lo mucho que los pensamientos espontáneos de los participantes giraban en torno a ellos mismos.

Y ahí es donde esta el quid de la cuestión, o de su argumento mejor dicho. Que esa comunicación tiene que estar equilibrada, porque si el cerebro responde demasiado al latido, “lo que tenemos es una visión muy sesgada de nosotros mismos”. Para bajarlo a tierra usa un ejemplo de lo más cotidiano: salir a la calle y pensar “hace frío” o “tengo frío”. Las dos frases describen algo parecido, aunque la segunda pone la experiencia propia en el centro y, en ese caso, corazón y cerebro están “muy fusionados, demasiado”.

De ahí su prudencia con el famoso consejo de seguir al corazón, tiene algunas condiciones: “Sigue a tu corazón si tu corazón sabe dónde tiene que ir”, pues su razonamiento es que, cuando el cerebro se limita a seguir al corazón, la perspectiva acaba siendo “demasiado narcisista”, mientras que equilibrar un poco esa relación da una percepción de lo que sucede algo menos subjetiva.

La meditación también tiene su papel en todo esto, al afirmar Castellanos que “cuando meditamos, disminuye la relación entre el corazón y el cerebro”, al tiempo que concreta que “las zonas del cerebro que disminuyen su respuesta al corazón están asociadas con una desidentificación de mi propia identidad”. Dicho de forma más llana, “bajamos un poquito ese yo que está muchas veces excesivamente en el centro”.

Pero no es algo que deba seguirse a pies juntillas. Corazón y cerebro no dejan de comunicarse mientras meditamos, lo que cambian son determinadas respuestas cerebrales a las señales cardíacas. Un estudio con monjes budistas tibetanos, publicado en Cerebral Cortex en 2020, registró una respuesta cerebral al latido más baja durante la meditación que en reposo, si bien hablamos de meditadores con años de práctica y de una tradición concreta.

La otra herramienta que destaca es la respiración, con una ventaja evidente: podemos cambiar su ritmo a voluntad y fijarnos en cómo respiramos. De todas las técnicas, la que según ella acumula más evidencias es la respiración lenta, que consiste en ir bajando el ritmo poco a poco, de forma cómoda y sin forzar. Hay datos que apuntan en esa dirección, con matices: un metaanálisis publicado en Scientific Reports en 2023 asoció las técnicas de respiración deliberada, en su mayoría lentas, con menos estrés que los grupos de control, aunque sus autores piden cautela porque la mayoría de los ensayos tenían un riesgo de sesgo moderado.

Su propuesta práctica cabe en unos diez minutos al día. Primero, observar el aire que entra y sale sin intentar cambiarlo, porque “antes de cambiar nada, hay que conocerlo”, y después, ir alargando con suavidad la espiración: en el ejercicio que describe, se inspira contando hasta tres y se suelta el aire contando hasta seis, siempre que resulte agradable.

La experta, no obstante, insiste en que la atención pesa tanto como el ritmo, y por eso propone dedicar esos minutos solo a notar cómo respiramos, con el móvil bien lejos, y distraerse entra en el plan, pues “estas distracciones son parte del camino”. En esencia, cuando la cabeza se va a otra parte, toca traer la atención de vuelta, con amabilidad y sin frustrarse.

Foto | @nazarethcastellanos548 (vía YouTube)

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