Para varias generaciones de vietnamitas, como las nacidas entre los setenta y los noventa, el trứng cá era la merienda que colgaba de la rama: unas bolitas rojas del tamaño de la yema de un dedo que había que alcanzar trepando en el patio del colegio o junto a la carretera. Ese mismo árbol, conocido en español como capulín o cereza de Jamaica (Muntingia calabura), figura desde el 22 de octubre de 2026 en la lista de especies que no se pueden plantar en Hanó. Y lo que más ha sorprendido allí es el motivo, y mas teniendo en cuenta que su fruta no es venenosa.
La prohibición llega con la Decisión 143/2026/QĐ-UBND, que el presidente del Comité Popular de Hanói (el gobierno de la ciudad), Vũ Đại Thắng, firmó el 12 de octubre de 2026. La norma regula el verde urbano y las masas de agua, y trae dos listas: 33 especies recomendadas para calles y zonas públicas, y 18 que ya no se pueden plantar. ¿El motivo en el caso del capulín? La tabla del anexo 03, que se resume de la siguiente forma: “Los niños trepan para coger la fruta, que al caer afecta a la limpieza de las calles”.
Lo que preocupa a la ciudad es que los críos trepen y que la fruta madura acabe espachurrada en la vía pública. La lista reparte las 18 especies en tres familias de problemas: plantas con toxinas, plantas con espinas afiladas y árboles de ramas quebradizas cuya fruta caída ensucia; el capulín pretenece al tercer grupo, junto a la uva de Birmania (dâu da), aunque a esta la tabla le reprocha sobre todo unas ramas que se parten con facilidad. En el primero figuran la adelfa, de tallo y hojas tóxicos, y hasta una coca ornamental cuyas hojas, de acuerdo a la tabla, contienen cocaína.
Eso sí, la fruta que le ha costado el sitio al árbol se come, y está buena. La ficha de flora de NParks, el organismo de parques de Singapur, señala que mide entre un centímetro y 1,25 centímetros, tiene la piel roja (a veces amarillo anaranjada) y es dulce, con un sabor “parecido al del algodón de azúcar“. Se puede comer cruda y también sirve para la elaboración de mermeladas y tartas.
Y de hecho es una fruta relevante para la ciencia. Un equipo encabezado por Emanuel Herrera-Pool publicó en diciembre de 2025 en Journal of Food Science un análisis nutricional completo del fruto. En el se documenta como se midieron, ni más ni menos, que 1.001 miligramos de compuestos fenólicos libres (expresados en equivalentes de ácido gálico, la sustancia de referencia de la prueba) por cada 100 gramos de fruta fresca, unos niveles que los autores consideran “comparables a los de varias bayas de relevancia nutricional”, e identificó elagitaninos, galotaninos y derivados del ácido elágico. En el laboratorio, esos extractos frenaron además a Staphylococcus aureus y, con dosis más altas, a Salmonella Typhimurium. Ojo, son ensayos in vitro: hablan del potencial del fruto como ingrediente, no de efectos demostrados en personas.
Lo que sí tiene el árbol son algunas mañas que cualquier jardinero municipal conoce. La extensión agraria de la Universidad de Florida (UF/IFAS) advierte en su ficha divulgativa sobre la especie de que sus ramas “son débiles y propensas a romperse”, y recomienda podar a menudo las más largas. Soha añade que un documento del Servicio Forestal de Estados Unidos lo describen como un árbol de crecimiento rápido y buena sombra, pero con fruta que mancha el pavimento y ramas que pueden partirse con viento fuerte. Y para un niño encaramado a una de ellas, eso es una mala combinación.
La pregunta que ha quedado botando en Hanói es qué pasa con los capulines que ya dan sombra en patios y huertos. Soha repasa el articulado: el artículo 7 prohíbe plantar las especies del anexo 03, y el artículo 26 extiende esa obligación a organizaciones, familias y particulares que gestionan suelo, así que el veto no se queda en calles y parques. Ahora bien, prohibir plantar no equivale a obligar a talar. La norma encarga a los organismos responsables planes para retirar y sustituir poco a poco los ejemplares de la lista y, como subraya VietNamNet, no fija un plazo general para hacerlo.
Tampoco es una idea nueva en Vietnam, ni mucho menos. Ciudad Ho Chi Minh ya incluyó el capulín en su lista de especies prohibidas en la vía pública con la Decisión 52/2013, del 25 de noviembre de 2013, y con una justificación casi calcada: la fruta “anima a los niños a trepar” y la que cae ensucia la calle. La línea de Hanói, trece años después, suena casi idéntica.
Un árbol que se planta solo
Si este árbol se expande tan bien, es por la ayuda que supone la tala. Un equipo brasileño que estudió su biología reproductiva concluyó en 2008 que lo comen aves y murciélagos, y que sus semillas germinan rápido y en alta proporción. Todo eso lo convierte en “una especie invasora con un potencial significativo” en el sureste de Brasil. En Brasilia, un estudio de 2002 observó a tres especies de murciélagos visitando los capulines de la ciudad y dejando heces cargadas de semillas “en paredes, ventanas, coches y suelo”.
Pero Hanói, no está quitando árboles por quitar. Por esos mismos días, la ciudad podaba sus célebres hoa sữa (Alstonia scholaris), llegados durante la colonia francesa a finales del siglo XIX, porque su perfume nocturno resultaba excesivo para parte del vecindario. Reuters contó que hay unos 14.400 en la ciudad y que la campaña dejó sin flores a cerca del 7%. Curiosamente, el hoa sữa no está entre las 33 especies recomendadas por la nueva decisión, pero tampoco entre las 18 prohibidas.
Lo que deja el caso sobre la mesa es la pregunta de cualquier ciudad que quiere más arbolado: cuáles se quedan y cuáles no. En agosto de 2026, Xataka contaba que un equipo de la Universidad de Granada había medido durante dos años el efecto térmico de 19 especies y que no todos los árboles enfrían igual, con la advertencia de que su clasificación “no es una receta universal”. La lista de Hanói mide con otra vara, la de la seguridad y la limpieza, pero responde a la misma pregunta.
Foto | Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)
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