David Bueno, neurocientífico: "El cerebro está especialmente atento a aprender idiomas" desde los seis meses a los cinco años

  • El investigador de la Universidad de Barcelona habla de una "ventana de oportunidad" para los idiomas en una entrevista del canal 'Tengo un Plan'

  • Esa etapa favorece la percepción de los sonidos y la pronunciación, aunque aprender un idioma más tarde sigue siendo posible

David Bueno Sobre Aprender Idiomas
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redaccion

Redacción Xataka Ciencia

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Que los niños aprendan un segundo idioma figura en la lista de deseos de muchísimas familias. Y la pregunta llega sola: ¿cuándo empezar? El neurocientífico David Bueno pone fechas que proceden de una entrevista del canal de YouTube ‘Tengo un Plan’, publicada el 26 de febrero de 2026, en la que Bueno habla de una “ventana de oportunidad” en la que el cerebro está “especialmente atento a aprender idiomas”: desde el nacimiento o los seis meses hasta los tres, cuatro o cinco años.

La plasticidad manda. El biólogo y profesor e investigador de genética en la Universidad de Barcelona, también imparte neuroeducación, y su explicación pasa por la plasticidad: “El cerebro de los niños es mucho más plástico que el de los adultos”. Por eso ese cerebro hace conexiones con mucha más facilidad, por la plasticidad, que es la capacidad del cerebro para modificar sus conexiones neuronales en respuesta a la experiencia y al aprendizaje. Hay que tener en cuenta que disminuye con la edad, pero no se apaga: como recuerda el Centro para el Niño en Desarrollo de la Universidad de Harvard, se pueden formar conexiones nuevas a lo largo de toda la vida.

No obstante, algunos procesos del lenguaje tienen una sensibilidad especial en la infancia. Mucho antes de decir su primera palabra, un bebé ya está procesando lo que oye, y detectando regularidades en los sonidos de su entorno. La investigadora Patricia Kuhl lo describió en una revisión publicada en ‘Nature Reviews Neuroscience’ en 2004 de esta forma: el cerebro se especializa en los patrones estadísticos y prosódicos que experimenta al principio de la vida.

Un oído que se especializa. Hacia los seis meses, los bebés distinguen numerosos contrastes fonéticos, incluidos los de lenguas que no oyen en casa. Luego llega la criba. Entre los seis y los 12 meses, esa capacidad para los sonidos de idiomas ajenos cae en picado, como muestra un estudio de Kuhl y su equipo publicado en 2003 en ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’, y la percepción se va ajustando a las lenguas del entorno. De ahí que un niño, que crece con dos idiomas, pueda familiarizarse con ambos desde muy pequeño.

¿Confunde ser bilingüe? Es una de las dudas más habituales entre los padres: si aprender dos lenguas a la vez lía al niño o puede retrasar el habla. La investigación dice que crecer con varias lenguas no provoca “per se” trastornos del lenguaje. La revisión de Krista Byers-Heinlein y Casey Lew-Williams en ‘Learning Landscapes’ (2013) concluye que los niños bilingües no tienen más probabilidades que los monolingües de sufrir dificultades con el lenguaje, y que los bebés distinguen sus dos lenguas sin señales de confusión. Con el tiempo, aprenden a usar cada una según la persona con la que hablan. ¿Y cuando mezclan palabras de los dos idiomas en una misma frase? No hay que leerlo como un problema, sino como parte del desarrollo bilingüe normal.

Más charla que altavoz. Los especialistas insisten en que el aprendizaje llegue a través de experiencias con significado, como hablar con los niños, leerles cuentos, cantar canciones o jugar con ellos. Son algunos de los consejos que figuran entre los existentes para familias respaldados por la ASHA, la Asociación Estadounidense del Habla, el Lenguaje y la Audición. La interacción importa porque permite asociar las palabras a situaciones, emociones y experiencias concretas, y Bueno lo describe así en la misma entrevista: el cerebro del pequeño está “constantemente relacionando los sonidos lingüísticos que oye con los objetos que tiene a su alrededor”.

Por eso, oír otro idioma de forma pasiva no ofrece necesariamente las mismas oportunidades. El estudio de ‘PNAS’ citado antes lo ilustra con bebés de tan sólo nueve meses: aprendieron sonidos del mandarín con hablantes en persona, mientras que la misma exposición grabada, sin interacción, no tuvo efecto. La calidad de esas interacciones y la frecuencia del contacto con cada lengua también cuentan, apuntan Byers-Heinlein y Lew-Williams.

Foto | David Bueno (vía Instagram)

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