El 10 de enero de 1992, 12 contenedores del buque de mercancías Ever Laurel cayeron al mar durante un temporal en el Pacífico Norte, cerca de la línea internacional del cambio de fecha. Uno de ellos transportaba 28.800 juguetes de baño de plástico, fabricados en China para la empresa estadounidense The First Years: patos amarillos, tortugas azules, castores rojos y ranas verdes, en lotes de 7.200 ejemplares de cada animal.
El accidente que se hizo experimento. Diez meses después, los primeros juguetes aparecieron en las playas de Sitka, en Alaska, a unos 3.200 kilómetros del lugar del vertido. Los oceanógrafos Curtis Ebbesmeyer y James Ingraham, este último en la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, vieron en aquella marea de plástico una ocasión que ningún comité de ética habría autorizado: miles de objetos flotantes partiendo del mismo punto y en el mismo instante, algo que los métodos habituales, con cientos de botellas a la deriva, no conseguían reproducir.
Ebbesmeyer empezó a recopilar fechas y lugares de aparición con la ayuda de una red de personas que recorren las playas. Ingraham corría un modelo informático llamado OSCURS, el simulador de corrientes superficiales del Pacífico Norte desarrollado por la NOAA. "No puedes hacer beachcombing por teléfono", resume Ebbesmeyer. "Tienes que salir y buscar."
Por qué flotaban y no se hundieron. Los Friendly Floatees, nombre comercial del juguete, no tenían el agujero por el que la mayoría de los patos de goma se llenan de agua. Esa particularidad, sumada al cartón que se degradó pronto en agua salada, dejó a los animales sueltos en la superficie, donde el viento y las corrientes hicieron el resto. El sol blanqueó con los años a patos y castores, mientras las tortugas y las ranas conservaron su color original, un detalle que aún ayuda a identificarlos en las playas.
La travesía por el Ártico. OSCURS proponía un recorrido ambicioso: tras alcanzar el estrecho de Bering, parte de los juguetes quedarían atrapados en la banquisa, la capa de hielo que flota sobre el océano más boreal, y avanzarían hacia el Atlántico Norte a un ritmo calculado por Ebbesmeyer en una milla por día. La liberación llegaría con el deshielo al este de Groenlandia.
Las predicciones se cumplieron en lo esencial: en 1996 llegaron al estado de Washington, en 1997 a Hawái, en 2003 aparecieron un pato en Maine y una rana en Escocia, y en 2004 decenas de piezas se repartieron entre las costas atlánticas de América y Europa, en un itinerario que Xataka reconstruyó en 2020. Un pato hallado en Devon, en el Reino Unido, se vendió en 2007 como el primero en alcanzar las islas, pero un análisis posterior descartó que fuera uno de los originales.
Lo recuperado y lo que gira. Las cifras conocidas son parciales: diez juguetes en Sitka en noviembre de 1992, otros 20 en los doce días siguientes y unos 400 más en los meses posteriores a lo largo de la costa del golfo de Alaska.
Parte de los juguetes no escapó nunca del Subpolar Gyre, la corriente circular de 12.600 kilómetros que bordea el Pacífico Norte, y reapareció en las playas de Sitka en 1994, 1998, 2001 y 2003. Ebbesmeyer compara ese giro con la mancha roja de Júpiter: "Es una de las grandes características del planeta Tierra, pero no se puede ver". Los ejemplares que llegan a la costa se cotizan como objetos de coleccionista.
La red de ciencia ciudadana que Ebbesmeyer tejió en torno a aquellos hallazgos sigue activa: su boletín Beachcombers' Alert, actualizado por el propio oceanógrafo en 2023, sigue pidiendo a quienes recorren la costa que cataloguen los objetos que arrastra el mar. Aquella rareza es ya la regla: el World Shipping Council estima 1.478 contenedores caídos al mar en 2025, sobre más de 280 millones transportados, y la pregunta pendiente es cuántos cargamentos comparables pasan inadvertidos.
Foto | Generada con Google Gemini
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