Marie Curie y Einstein pasaron 20 años escribiéndose cartas. Ya sabemos de qué hablaban

Treinta y dos cartas en francés y alemán, dispersas por archivos de seis países y algunas con polvo radiactivo, ahora reunidas por la historiadora Ewa Łabno-Falęcka

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Redacción Xataka Ciencia

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Entre 1911 y 1932, Marie Curie y Albert Einstein mantuvieron una correspondencia de la que ahora se conoce casi todo. Un libro editado por Ewa Łabno-Falęcka, presentado en abril de 2026 en la sede parisina de la Academia Polaca de Ciencias, reúne las 32 cartas que se han conservado en archivos de seis países. Los dos científicos se escribieron en lenguas distintas: ella en francés, él en alemán. Los documentos estuvieron dispersos hasta que Łabno-Falęcka los rastreó con el museo Maria Skłodowska-Curie de Varsovia y los Archivos de Einstein de la Universidad Hebrea de Jerusalén.

El intercambio arranca en 1911, cuando los dos se conocen en el primer congreso Solvay de Bruselas, considerado el primer congreso internacional de física. Curie, la única mujer entre dieciocho físicos, ya tiene dos premios Nobel; Einstein, de treinta y dos años, es uno de los más jóvenes del congreso. No colaboran en ciencia: sus campos apenas se cruzan. Lo que construyen es una amistad personal que aguanta más de veinte años.

Ese mismo otoño estalla en París el escándalo por la relación de Curie con el físico Paul Langevin, casado. La prensa francesa la describe como la extranjera que destruye familias; hay una muchedumbre ante su casa y el comité Nobel le sugiere que no recoja su segundo premio. Una semana antes de la ceremonia, Einstein le escribe desde Praga para decirle que está furioso por la manera innoble en que el público se atreve a ocuparse de ella.

Le aconseja no leer lo que escribe la chusma y dejárselo, en su lugar, al reptil para quien se ha fabricado. La frase, en su traducción del alemán, custodiada en los Archivos de Einstein en Jerusalén, se cuenta entre las más citadas de su correspondencia, pero no es la única que merece la pena. Curie viaja a Estocolmo y recoge el Nobel contra viento y marea.

Reconstruir el conjunto no ha sido tarea breve. La editora del volumen ha trabajado con el Instituto de Historia de la Ciencia de la Academia Polaca de Ciencias y la Universidad Adam Mickiewicz de Poznan, y ha recorrido fondos en Jerusalén, París, Zúrich, Princeton, Düsseldorf y Varsovia. Algunas cartas conservadas en París presentaban aún polvo radiactivo de los trabajos de Curie y requirieron limpieza antes de poder estudiarlas. No es un detalle menor: los cuadernos de laboratorio de la física se custodian en la Biblioteca Nacional de Francia en cajas forradas de plomo, y los objetos que tocó siguen sin poderse manejar sin protección.

La amistad tampoco se queda en el papel. En agosto de 1913, Einstein y Curie se van de excursión a pie por la Engadina suiza con los hijos de ambos. Días después, él le confiesa a su futura esposa, Elsa Löwenthal, que Curie es muy inteligente, pero fría como un pez; los biógrafos no se ponen de acuerdo en si era una impresión real o una estrategia para calmar los celos. Lo que sí está claro es que los dos se cubren las espaldas cuando llega el momento difícil, y ahí entra lo que el libro saca a la luz.

El 24 de junio de 1922 asesinan en Berlín al ministro de Exteriores alemán, Walther Rathenau, viejo amigo de Einstein, a manos de ultranacionalistas. Diez días después, Einstein decide dimitir del comité de cooperación intelectual de la Sociedad de Naciones, del que es miembro fundador junto a Curie. Le escribe contándole las razones y pidiéndole confidencialidad.

El 7 de julio, Curie le responde con una bronca con buenas formas: le causa una gran decepción, le recuerda que las corrientes extremistas hay que combatirlas, y está convencida de que el propio Rathenau habría estado de acuerdo con ella. ¿No había alguna posibilidad de que cambiara de idea? 

Einstein no dimite en aquel momento. El apoyo de Curie le hace retirar la dimisión, aunque en 1923 acaba dimitiendo y en 1924 vuelve al comité. Lo que las cartas revelan no es solo la amistad personal que ya se conocía por el episodio de 1911: es una alianza cívica entre dos científicos que ven acercarse los extremismos y se instan mutuamente a no replegarse.

Einstein se inquieta por el antisemitismo en Alemania; Curie, extranjera y mujer en el París de la Tercera República, sabe lo que cuesta mantenerse en pie. Las cartas apenas hablan de física. Hablan de cómo aguantar el siglo, y de qué hace uno con su prestigio cuando la calle se pone fea. Ese debate, y no la anécdota del escándalo Langevin, es lo que el volumen de Łabno-Falęcka deja por primera vez al alcance del lector. En veintiún años de correspondencia apenas se habló de ciencia: lo que hicieron fue cubrirse las espaldas. 

Foto | Pierre y Marie Curie. Fotógrafo desconocido, vía Wikimedia Commons

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