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¡A ponerse en forma! Lo que pasa cuando hacemos ejercicio (I)

¡A ponerse en forma! Lo que pasa cuando hacemos ejercicio (I)
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Llega el verano y con él, la Operación Bikini. Todos pretendemos dejar atrás los excesos adiposos del invierno para lucir palmito. Sin embargo, estar en forma debería preocuparnos a lo largo de todo el año, por mucha pereza que nos dé.

En Historias de un gran país, Bill Bryson cuenta que esta holgazanería no es nada extraña en Estados Unidos, pues un investigador de la Universidad de Berkeley concluyó que el 85 % de los estadounidenses son esencialmente sedentarios y que el 35 % lo son totalmente. El americano medio camina menos de 120 kilómetros al año: poco más de 2 kilómetros por semana, apenas 350 metros al día.

Yo reconozco que ando poco, también. Por otro lado, los gimnasios (o el gym, como ahora se dice de forma más cool), siempre me han transmitido una sensación epitelial parecida a la de entrar en un colegio. Rechazo, miedo, traumas freudianos. No sé si es su olor, la sonrisa de leche cálcica de la persuasiva recepcionista o la catadura de su clientela. Pero me echo a temblar. ¡Vade retro, anatema!

Sin contar que la expresión gym (hipocorístico anglosajón buenrollista) me da grima. Otra cosa eran los gimnasios de la Antigüedad. En esas circunstancias sí que habría acudido de buena gana. Entonces no sólo se practicaba carrera, pentatlón, lanzamiento de disco, salto, lucha y danza. También se hacían ejercicios intelectuales, pues el gimnasio era el centro de reunión de filósofos y literatos. Mentes de la época como Sócrates hacía jogging en su jardín para reducir el vientre.

Aunque probablemente hubiera tenido un problema con el asunto de los desnudos. En esa época, los atletas competían sin ropa para realzar su figura y como forma de tributo a los dioses. Y es que la palabra gimnasio procede del griego gymnos, que significa desnudez. Incluso actualmente, esa herencia nudista se ha revitalizado en Holanda: los usuarios de un gimnasio de Heteren ya pueden hacer sus entrenamientos como Dios los trajo al mundo.

Para sacarme las telarañas del cuerpo (aspirar a tener un cuerpo digno de ser esculpido en mármol ya es demasiada aspiración), he decidido salir a correr en bicicleta cada día. Un poco como aquella secuencia de la película Forrest Gump, en la que el protagonista se decide un día a empezar a correr y ya no se detiene más hasta al cabo de varios meses, recorriendo así Estados Unidos de costa a costa en varias ocasiones (mis salidas en bici son más modestas, claro).

Aunque la historia de Forrest Gump es de ficción, en el mundo real hay equivalentes incluso más exagerados, como el caso del científico francés Philippe Fuchs. Este investigador de realidad virtual ha realizado hace poco una megamaratón de 10.185 kilómetros que cubre la distancia entre París y Pekín.

El día de la inauguración de los Juegos Olímpicos en la capital china, Fuchs llegó desde París corriendo; en su viaje había cubierto 85 kilómetros diarios. Toda su aventura pudo seguirse a través de la web. A diferencia de Gump, las intenciones de Fuchs eran muy claras: corría equipado con varios sensores que enviaban su información a un laboratorio en el que se creó un modelo en 3D de su pie, a fin de estudiar cómo le afectaba el esfuerzo.

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