Hay cosas que todavía no tienen palabras para ser designadas. Hay palabras que necesitan ser acuñadas. Por ejemplo, hasta hace poco, la sensación vaga e incómoda que nos invade al sentarnos en una silla que conserva aún el calor del trasero de quien la había estado ocupando no tenía palabra para ser designada. Gracias a Douglas Adams (autor de la desopilante Guía del autoestopista galáctico) y su texto The Deeper Meaning of Liff, ahora los ingleses ya tienen esa palabra: Shoeburyness.
Eso lo hacen también estupendamente en la serie de televisión Cómo conocí a vuestra madre. Una de las mejores acuñaciones de la serie fue la de revértigo. El término se refiere a la sensación de cambiar cómo somos cuando nos encontramos con alguien del pasado que hacía mucho que no veíamos: si es alguien del colegio, no podemos evitar comportarnos un poco tal y como éramos en aquella época, con esa persona.
A propósito del ateísmo, un grupo bastante amplio de intelectuales ha decidido hacer algo similar: inventar una palabra que defina mejor la posición científica, naturalista y atea frente a la realidad. Una buena razón para ello es que la mayoría de la gente con la que discutes sobre Dios y se declara agnóstica, en realidad resulta que es atea, pero no lo sabe. Muchos agnósticos, pues, son ateos mal informados. Entre otras cosas, quizá se deba a que la palabra agnóstico (no sé si dios existe o no) parece más razonable y humilde que la palabra ateo (etimológicamente, sin Dios).

No recuerdo la fecha concreta de mi descubrimiento sobre la importancia de la ciencia. Supongo que fue un descubrimiento gradual, sobre todo a raíz de aquellos debates que veía de pequeño en la televisión: cuando hablaba el científico invitado (generalmente en un debate de pseudociencias, y generalmente
Richard Dawkins, a pesar de arduo trabajo en el ateísmo militante y la popularización de la memética, es también uno de los mayores divulgadores sobre la evolución. Y, por tanto, uno de los mayores problemas de los que creen en el creacionismo o en el diseño inteligente.
Cuando contemplamos un grupo de orientales no podemos evitar sentir que todos tienen la misma cara (y que todos se apellidan Lee), pero ¿hasta qué punto esto es cierto? ¿Existe mayor homogeneidad fisonómica entre los asiáticos?
Cada vez que se produce un debate público sobre ciencia versus religión, sus interlocutores acaban derivando el debate hacia las consecuencias prácticas (malas o buenas) de ambas formas de afrontar la realidad. No tardará en afirmar alguien, probablemente aquejado con el síndrome de Frankestein, que la ciencia es la fuente de todos los males. O su lado contrario, probablemente un anticlerical, replicará: no, en realidad la fuente de todos los males es la religión.
En 2008, casi todos los españoles tararearon alguna vez la canción Baila el chiki-chiki de Rodolfo Chikilicuatre. Quién más o quién menos no ha podido evitar que se les colara en la mente temas de Rafaella Carrá o Georgie Dan.
Muy habituales son las colonias organizadas por grupos religiosos, en los que muchas de sus actividades están orientadas a fomentar la fe o a divulgar la doctrina. A todos se nos aparece la imagen del sacerdote tocando la guitarra, du-bi-dúa, frente a los boyscouts.
Según la biología moderna, lo que llamamos “persona” emerge poco a poco de un cerebro que se desarrolla gradualmente. El cerebro empieza a funcionar en el feto, pero sigue conectándose hasta bien entrada la infancia e incluso la adolescencia. Las fronteras, pues, cada vez son más difusas. Y este problema también se produce en los instantes finales de la vida de una persona, pues la muerte no es otra cosa que un fallo gradual e irregular de diversas partes del cerebro y el cuerpo.
Cuando tratas de explicar a un lego en neurobiología por qué se enamora desde el punto de vista de aflujos químicos y demás, enseguida puede salirte con esa serie de tópicos que casi todos llevamos por bagaje: eso es muy frío, hay algo más, estás biologizando al ser humano…