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Una visión científica sobre el aborto (y IV)

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Según la biología moderna, lo que llamamos “persona” emerge poco a poco de un cerebro que se desarrolla gradualmente. El cerebro empieza a funcionar en el feto, pero sigue conectándose hasta bien entrada la infancia e incluso la adolescencia. Las fronteras, pues, cada vez son más difusas. Y este problema también se produce en los instantes finales de la vida de una persona, pues la muerte no es otra cosa que un fallo gradual e irregular de diversas partes del cerebro y el cuerpo.

Entre la vida y la muerte hay muchos grados y tipos de existencia, algo que se agudizará a medida que avance la tecnología médica.

De nuevo Steven Pinker:

Esto no significa que no existe ninguna política defendible y que haya que dejarlo todo en manos del gusto personal, el poder político o el dogma religioso. Como señala el bioético Ronald Green, significa sencillamente que tenemos que reconceptualizar el problema: de encontrar una línea divisoria en la naturaleza a decidir una línea divisoria que mejor equilibre lo bueno y lo malo de cada dilema político. En cada caso debemos tomar decisiones que se puedan llevar a la práctica, que consigan el máximo grado posible de felicidad y que reduzcan al mínimo el sufrimiento actual y futuro. Muchas de nuestras políticas actuales ya son compromisos de este tipo: se permite la investigación con animales, aunque se regula; a un feto muy desarrollado no se le reconoce un estatus legal completo como persona, pero no se puede abortar a menos que sea necesario para proteger la vida o la salud de la madre. Green observa que el cambio de buscar a decidir esas líneas divisorias constituye una revolución conceptual de dimensiones copernicanas.

Para rematar esta idea, permitidme que os copie otro fragmento de Richard Dawkins y su libro El espejismo de Dios:

¿Sufre un embrión? (presumiblemente no si es abortado antes de que posea un sistema nervioso; y si hasta posee un sistema nervioso, con toda seguridad sufrirá menos que, digamos, una vaca adulta en un matadero). ¿Sufre una mujer embarazad; o su familia, si ella no tiene un aborto? Muy probablemente sí; y, en cualquier caso, debido a que el embrión carece de un sistema nervioso, ¿no debería el bien desarrollado sistema nervioso de la madre tener derecho a decidir?

En este mismo libro, Dawkins reproduce la siguiente hipotética conversación entre dos doctores, que se ha difundido ampliamente por Internet:

Sobre la terminación del embarazo, quiero tu opinión. El padre era sifilítico, la madre tuberculosa. De los cuatro niños nacidos, el primero era ciego, el segundo murió, el tercero era sordomudo, el cuarto también era turberculoso. ¿Qué hubieras hecho tú?” “Yo hubiera terminado el embarazo”. “Entonces, hubieras asesinado a Beethoven.

Un argumento que es fácil de poner en cuestión: porque el mundo no es más probable de ser privado de un Beethoven por el aborto que por la casta abstinencia del coito. ¿Deberán las mujeres dejarse violar por si acaso de esta forma nacerá un genio musical? Igualmente, ¿por qué no usar el ejemplo del aborto de Hitler?

Por último, me gustaría usar la ciencia para bajar a las capas más pequeñas del ser humano, que quizá indirectamente abran la mente en el asunto del aborto, la viabilidad de los embriones, el sufrimiento o la artificialidad que implica el influir en todo ello.

¿Qué es lo que da su identidad a una persona individual? ¿Son los átomos que componen su cuerpo? ¿Depende su identidad de la particular elección de electrones, protones y otras partículas que componen esos átomos? En una persona viva existe una continua renovación del material que compone su cuerpo. Esto se aplica también a las células del cerebro de una persona.

Si se intercambiara un electrón en el cerebro de una persona con un electrón de un ladrillo, entonces el estado del sistema sería exactamente el mismo estado que antes. Lo que distingue a la persona de un ladrillo es la pauta con que están dispuestos sus constituyentes y no la individualidad de los propios constituyentes.

Y para rematar este extenso artículo que sólo aspira a remover las ideas preconcebidas acerca del espinoso asunto del aborto y fomentar un debate profundo, nada como las sabias palabras de Carl Sagan en su libro más famoso, Cosmos:

Yo soy un conjunto de agua, de calcio y de moléculas orgánicas llamado Carl Sagan. Tú eres un conjunto de moléculas casi idénticas, con una etiqueta colectiva diferente. Pero ¿eso es todo? ¿No hay nada más aparte de las moléculas? Hay quien encuentra esta idea algo degradante para la dignidad humana. Para mí es sublime que nuestro universo permita la evolución de maquinarias moleculares tan intrincadas y sutiles como nosotros.

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