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¿Hasta qué punto nuestro nombre puede condicionar nuestra vida? (y II)

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Una reciente investigación, cuyo punto de partida ha sido un estudio realizado por Julia Kube, en la Universidad de Oldenburg, Alemania, publicado en 2009 y que ofrecía una lista de nombres propios asociados a prejuicios negativos y otra relacionada con prejuicios positivos. La investigación, dirigida por la profesora Astrid Kaiser, también de la Universidad de Oldenburg, sugiere que el nombre propio de un alumno influye en sus calificaciones escolares.

Obviamente, esta influencia sólo se percibe en la calificaciones basadas en el criterio del profesor, no en calificaciones objetivas, como las que se extraen de un examen de Matemáticas, donde 2 + 2 es igual a 4.

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¿Hasta qué punto nuestro nombre puede condicionar nuestra vida? (I)

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Siempre hemos sido especialmente crueles con nuestros compañeros de clase del colegio si estos tenían nombres que eran fáciles de parodiar. Si te llamabas Luis Orejas y, además, tenías las orejas de soplillo, estabas condenado a la burla continua.

El nombre en sí navega por una dinámica de fluidos físicos, históricos y psicológicos. De modo que ser bautizado con uno u otro nombre, en una mayoría de casos, impone un estereotipo nada más nacer al mundo, como ya intuyó el escritor Francisco Casavella:

Estoy convencido de que si en lugar de llamarme García Hortelano me hubiera apellidado, por ejemplo, García López, mi vida hubiera sido distinta. (…) Si yo quería ser marino, marino de guerra, lo adecuado, una vez aceptado el laberinto de coincidencias, hubiera sido apellidarse Churruca, Gravina, Alcalá Galiano, o hasta Nelson.

En ese sentido, el Código Civil español, modificado en 1999, incluye una mención similar. Prohíbe nombres que “objetivamente perjudiquen a la persona, así como diminutivos, variantes familiares y coloquiales.” También prohíbe registrar “los que hagan confusa la identificación y los que induzcan a un error en el sexo.”

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¿Por qué existe el arte? (y IV)

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Para finalizar, y volviendo a la analogía gastronómica, debemos asumir que un estudio más profundo del arte podría revolucionar el mismo concepto de arte, catapultándolo a un estadio mucho más maduro.

Ésta es la razón por la que obligamos a los niños a comer frutas o verduras, porque hay abundancia, tanto de recursos alimentarios como de conocimientos sobre los mismos. Una revolución pareja debería producirse en el ámbito del arte, una revolución impulsada por la acumulación sistemática de conocimientos que fundamenten las bases biológicas del arte a fin de responder con mayor claridad a preguntas apremiantes del tipo:

¿Qué es arte y qué no lo es? ¿Por qué hay obras que triunfan y otras no? ¿Tiene sentido el ejercicio de la crítica tal y como la conocemos actualmente?

Unas preguntas que precisan de respuestas maduras que impliquen diversas ramas de la ciencia, como la neurobiología, la genética o la psicología evolutiva. Respuestas, en suma, que desenreden el puñado de mitos y opiniones subjetivas o mercantilistas que han marcado el significado del arte en todas las culturas del mundo.

Y sólo entonces el arte adquirirá una entidad universal, tal y como sucedido en otro rango con la física, por ejemplo.

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¿Por qué existe el arte? (III)

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El arte es la demostración de que se dispone de recursos adaptativos: habilidad, creatividad, inteligencia, tiempo suficiente para despilfarrarlo en creaciones inútiles para la supervivencia. Y también la exhibición de estímulos supernormales, la exageración de las cualidades.

Volviendo a la ornitología, la gaviota adulta hembra tiene una mancha anaranjada en su pico que los polluelos se dedican a picar instintivamente para estimular a la madre a regurgitar y así alimentarles. Niko Tinbergen demostró que los polluelos picaban con más intensidad un modelo exagerado de la mancha anaranjada de la gaviota, aunque esa exageración fuera imposible en la naturaleza.

Las manifestaciones artísticas serían los estímulos supernormales mejor explotados por los seres humanos: la música, por ejemplo, es una experiencia auditiva intensificada y purificada que sobrestimula la corteza cerebral, tal y como ha señalado Pascal Boyer. Los colores saturados de las pinturas hacen lo propio.

Y también los memes de un libro, que no dejan de ser semillas que anhelan ponerse en circulación. Semillas generadas por cerebros que desean germinar en otros cerebros, como genes culturales.

Según el estado actual de las ciencias del comportamiento, el ser humano es la única especie que practica la verdadera imitación. Y precisamente la imitación es nuestra gran conquista evolutiva: la imitación nos sirve para asumir inmediatamente, sin perder el tiempo en tanteos, aquellas soluciones a problemas complejos que otros hallaron antes que nosotros.

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¿Por qué existe el arte? (II)

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Actualmente se conoce con bastante precisión cómo funciona el proceso de la digestión, e incluso por qué preferimos asimilar grasas antes que otras sustancias, pero ello no ha hecho desaparecer nuestra afición por la gastronomía, por elaborar recetas o por acudir a restaurantes.

Nos deleitamos con un plato bien cocinado sin cuestionarnos si nuestras papilas gustativas sólo encuentran sabroso lo que es rentable a nivel metabólico. Incluso los conocimientos obtenidos sobre el tema han permitido elaborar dietas hipocalóricas en un contexto donde los alimentos muy calóricos ya no escasean como antaño; es decir, han hecho que la gente sea más responsable para con su alimentación y que no se deje llevar por el simple capricho, como por ejemplo postulaba De la Mettrie, médico y autor del ensayo El hombre máquina (1748):

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¿Por qué existe el arte? (I)

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Existe un pájaro de Australia y Nueva Guinea al que podríamos llamar pájaro Número 9, aunque su verdadero nombre sea tilonorrinco. Lo podríamos llamar Número 9 porque hace unos años, un inversor mexicano batió el récord mundial de una subasta de pintura al pagar más de 109 millones de euros por Número 9, de Jackson Pollock.

Así pues, podemos considerar Número 9 como el epítome del arte y de todos sus efectos y consecuencias en el ser humano. El tilonorrinco representa lo mismo en el mundo de la ornitología, pues los machos de esta ave construyen complicados nidos que decoran exagerada y fútilmente con diversos objetos, como orquídeas, conchas de caracoles, bayas y cortezas de árbol. Algunos de ellos incluso pintan literalmente esas enramadas con residuos de frutas que regurgitan, empleando hojas o cortezas a modo de pincel.

Hasta aquí, los paralelismos entre el arte humano y el arte ornitológico son sorprendentes, pero también lo son en sus implicaciones psicológicas y sociales: las hembras de tilonorrinco valoran los nidos y se emparejan con los autores de las creaciones más simétricas y más profusamente ornamentadas. De igual modo, los pintores, escritores o músicos humanos, por el hecho de serlo, tienen más éxito social y sexual.

Tanto el acto creativo, como las derivaciones de éste (éxito social o sexual, placer estético, competencia artística, etc.), parecen regirse entonces por los parámetros de la selección natural. El arte, básicamente, funcionaría de la misma manera que lo hace la cola de un pavo real: como reclamo que demuestra que existe una buena dotación de genes.

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¿Por qué es tan insoportablemente pegadiza la canción del verano?

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En 2008, casi todos los españoles tararearon alguna vez la canción Baila el chiki-chiki de Rodolfo Chikilicuatre. Quién más o quién menos no ha podido evitar que se les colara en la mente temas de Rafaella Carrá o Georgie Dan.

Como si nuestro cerebro fuera una manzana y un gusano musical se hubiera alojado en él.

Así es precisamente cómo llaman al fenómeno consistente en que, de pronto, empecemos a tararear o silbar determinadas canciones y ya no podamos quitárnoslas de la cabeza: gusano auditivo o neurogusano.

Habla de ello el neurólogo Oliver Sacks en su libro Musicofilia, llegando a comparar el neurogusano con “un tic o un ataque”. De algún modo, las notas musicales de la canción nos han infectado, como si fueran un virus. La razón de que nuestro cerebro sea tan proclive a dejarse contaminar por canciones como éstas (generalmente un poco bobas) es que nuestra mente trata de completar una melodía inconclusa (según algunos psicólogos) o sencillamente es la manera de que la mente siga trabajando mientras está ociosa (según otros).

Desde el punto de vista de la memética, es decir, la teoría que propone que la existencia de los memes (unidades de una cultura que pueden considerarse transmitidas por medios no genéticos, especialmente por imitación), la explicación es un poco más compleja.

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Cómo se contagia el Mal

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El juicio moral que nos permite juzgar a los demás reside una región específica de nuestro cerebro. Y como demuestra una reciente investigación de Neurocientíficos del MIT liderados por Rebeca Saxe, basta con perturbar esa parte del cerebro para que la gente tenga un juicio moral diferente o más laxo.

En estudios previos se había mostrado que la región cerebral conocida por unión parietal temporal (o TPJ en sus siglas inglesas) se activaba fuertemente cuando pensamos acerca de las intenciones de los demás, sus pensamientos o creencias, que es el modo que tenemos para deducir si la otra persona está actuando bien o mal (por ejemplo, aquella persona acaba de agredir a otra: ¿ha sido para defenderse, ha sido por odio, ha sido por equivocación, etc.?).

En esta nueva investigación se perturbaron temporalmente la actividad de TPJ mediante la inducción de una corriente el cerebro, inducción que se conseguía gracias a la aplicación de un campo magnético desde el exterior del cráneo. Liane Young afirma lo siguiente tras conocerse los resultados:

Normalmente se piensa que la moralidad forma parte de un comportamiento de elevado nivel. Ser capaz, con un campo magnético aplicado a una región específica del cerebro, de cambiar esto es realmente pasmoso.

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Una visión científica de los derechos de autor (V)

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El ser humano crea arte por razones que trascienden lo económico. El autor crea para obtener estatus, para realizarse, porque está codificado en sus genes, porque somos seres esencialmente meméticos, por el simple deleite estético.

Y hasta el momento, desde el inicio de esa supuesta protección de los derechos de autor, la mayoría de autores no vivían de su trabajo.

De hecho, ni siquiera alcanzaban al salario mínimo interprofesional.

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Una visión científica de los derechos de autor (IV)

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Según la memética, todos nosotros somos excelentes imitadores de los demás. De hecho, las bases de nuestro lenguaje, nuestra expresión artística, las corrientes ideológicas, las modas, la música, etc. surgen de la interacción memética. Los memes serían como los genes, pero a nivel informativo, a nivel cultural.

En ese sentido, la originalidad no es tal sino la combinación de memes que el autor ha recebido de los demás. Por ello, un autor, en realidad, lo único que hace es copiar parcialmente el mundo memético en el que está inmerso. Y también, por ello, en un ambiente memético con miles o millones de individuos, lo estadísticamente lógico es pensar que existen muchos más individuos que han combinado los memes de la misma forma que el autor brillante.

Sin embargo, las estructuras sociales que nuestros cerebros incapaces de imaginar grandes poblaciones han originado para valorar el genio no permiten, por su propia esencia, que muchos genios aparezcan simultáneamente: ello menoscabaría el genio escogido, reduciría las ventas, complicaría las discusiones sobre crítica de arte, etc. (Internet, afortunadamente, está debilitando estas estructuras sociales, cada vez descubrimos más autores en todas las áreas que son igualmente brillantes; pero las estructuras psicológicas permanecen individualmente, porque, como dije antes, están codificadas en los genes heredados de homínidos que se desarrollaron en sociedades de pocos individuos).

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