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¿Hasta qué punto nuestro nombre puede condicionar nuestra vida? (I)

¿Hasta qué punto nuestro nombre puede condicionar nuestra vida? (I)
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Siempre hemos sido especialmente crueles con nuestros compañeros de clase del colegio si estos tenían nombres que eran fáciles de parodiar. Si te llamabas Luis Orejas y, además, tenías las orejas de soplillo, estabas condenado a la burla continua.

El nombre en sí navega por una dinámica de fluidos físicos, históricos y psicológicos. De modo que ser bautizado con uno u otro nombre, en una mayoría de casos, impone un estereotipo nada más nacer al mundo, como ya intuyó el escritor Francisco Casavella:

Estoy convencido de que si en lugar de llamarme García Hortelano me hubiera apellidado, por ejemplo, García López, mi vida hubiera sido distinta. (…) Si yo quería ser marino, marino de guerra, lo adecuado, una vez aceptado el laberinto de coincidencias, hubiera sido apellidarse Churruca, Gravina, Alcalá Galiano, o hasta Nelson.

En ese sentido, el Código Civil español, modificado en 1999, incluye una mención similar. Prohíbe nombres que “objetivamente perjudiquen a la persona, así como diminutivos, variantes familiares y coloquiales.” También prohíbe registrar “los que hagan confusa la identificación y los que induzcan a un error en el sexo.”

La elección de un nombre posee tanta información sobre su lugar de procedencia, su clase social y hasta su popularidad relativa que no resulta difícil adivinar la edad aproximada de una mujer sencillamente atendiendo a su nombre de pila (los nombres de mujer cambian con más rapidez que los nombres de hombre). Si bien muchas sociedades bautizan a los niños con el nombre de algún antepasado o algún santo, siempre existe cierto cambio basado en la época y en las modas vigentes, tal y como apunta el psicólogo cognitivo Steven Pinker al referirse a los nombres de pila de Estados Unidos:

Las “Edna”, “Ethel” o “Bertha” son ciudadanas mayores; las “Susan”, “Nancy” o “Debra” son hijas del baby boom; las “Jennifer”, “Amanda” o “Heather” andan por los 30; y las “Isabella”, “Madison” u “Olivia” son todavía unas niñas.

En el contexto hipanohablante, los nombres femeninos más populares para bautizar a los niños fueron por orden, en 2008: Sofía, Camila, Valentina, Isabella, Valeria, Daniela, Mariana, Sara, Victoria, Ximena, Natalia, Mía, Martina y Andrea. Los nombres masculinos más populares: Santiago, Sebastián, Diego, Nicolás, Samuel, Alejandro, Daniel, Mateo, Ángel, Matías, Gabriel, Tomás, David, Emiliano y Andrés.

En la próxima entrega os referiré una reciente investigación sobre los nombres que llevamos y nuestro éxito académico y social.

Vía | El mundo de las palabras de Steven Pinker

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