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Una visión científica de los derechos de autor (V)

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El ser humano crea arte por razones que trascienden lo económico. El autor crea para obtener estatus, para realizarse, porque está codificado en sus genes, porque somos seres esencialmente meméticos, por el simple deleite estético.

Y hasta el momento, desde el inicio de esa supuesta protección de los derechos de autor, la mayoría de autores no vivían de su trabajo.

De hecho, ni siquiera alcanzaban al salario mínimo interprofesional.

La idea que trato de transmitir en este artículo es que el actual modelo de negocio no da de comer a la mayoría de autores sino a una minoría privilegiada (y por supuesto a los innumerables intermediarios). Para cambiar el modelo de negocio, entre otras cosas hay que redefinir qué son los derechos de autor: ellos privilegian a un puñado de empresarios y empobrecen económicamente al autor, y culturalmente a la sociedad.

Como ejemplo límite, la supresión de los derechos de autor no sería descabellado en tanto en cuanto siempre habrá autores dispuestos a crear aunque no se les pague por ello (el ejemplo existe hoy en día: la mayoría de los autores crea obras artísticas a pesar de que está mal pagado o directamente no se paga).

Pero, como digo, es un ejemplo límite (defendido por algunos abogados y expertos en el tema, pero que requiere de una instrucción previa que no posee la mayoría de los ciudadanos que acuden a las urnas). Podéis leer un análisis más detallado en mi artículo en Papel en Blanco.

Tal vez habría antes que dar un paso intermedio: buscar una manera de vivir de tu obra sin “vender” tu obra. Hay ya diversos libros que ofrecen alternativas a ese obsoleto modo de generar beneficios: cuando el coste de una copia es cero, vender copias no tiene sentido, máxime si hablamos de cultura y no de una botella de vino, por ejemplo.

Si escribes una nueva versión de una película de Disney, preparaos para recibir una demanda (aunque Disney se haya apropiado a su vez de un cuento popular libre de derechos de autor para hacer su película). Si os disfrazáis de dragón púrpura, prepárate para una demanda. Si cantáis en tu boda una canción de David Bisbal, prepárate para una demanda.

Por supuesto, aquí no se defiende la anarquía. Lo que se intenta exponer es que los derechos de autor, muy legítimos para enriquecer a las empresas que los gestionan o dar de comer precariamente a la mayoría de artistas, imposibilitan que el arte se desarrolle en toda su amplitud.

No se trata de que al ver la saga de Indiana Jones y que se te ocurra una idea a raíz de su lectura. No es tan simple. El problema aquí es que las variaciones que hagas de Indiana Jones deben parecerse muy poco a Indiana Jones. Y ni se te ocurra usar el personaje de Indiana Jones.

En Cultura libre, el catedrático en Derecho de Stanford Lawrence Lessig tiene un capítulo dedicado a este tema que me parece soberbio. Habla de lo difícil que es hoy en día (salvo para una empresa con mucho dinero) hacer un simple documental de Clint Eastwood. A partir de el examen de esta pequeña anécdota (completamente real), Lessig trata de demostrar que el actual modelo de protección de derechos de autor (no prescribe hasta los 70 años después de la muerte del creador, no resulta fácil saber si una obra está liberada o no de sus derechos, no es sencillo contactar con el responsable de esos derechos, etc.) no existe ni mucho menos para proteger la autoría del creador sino para privilegiar la explotación económica de los que han adquirido los derechos.

Por eso Disney es inmensamente rico, entre otras cosas: apropiándose de la cultura. Por eso hay empresas que quieren registrar el silencio, o determinadas palabras (¡incluso letras!). O Pepsi lleva años persiguiendo el registrar su color azulado para que nadie más pueda usarlo sin su permiso (ergo, soltando la mosca).

Siendo los derechos de autor un lastre para la creación en un mundo donde el acceso a la cultura puede ser prácticamente gratuito y que la autoría es un tanto difuminada (y que sin autoría es más sencillo enriquecer el panorama cultural), creo que habría que reformular, al menos, qué diablos es eso de los derechos intelectuales sobre una obra y que, como mínimo, tuvieran una duración en el tiempo más razonable, del orden de 3 o 5 años desde su creación.

Empieza a resultar absurdo que la gente viva, pues, de la copia, la reproducción y la exhibición, como resulta absurdo que la gente viva de vender aire.

Empieza a resultar absurdo el mantener el actual modelo de negocio y también la percepción general que tenemos de los derechos de autor. Y en poco tiempo habremos de acostumbrarnos a cambiar los esquemas mentales más elementales si pretendemos que la sociedad de la información avance de un modo inédito en ninguna época de la historia, un modo que tendrá implicaciones socioculturales tan importantes en el mundo como en su día lo tuvo la invención de la imprenta.

Vía | No Logo o Imagine… no Copyright de Joost Smiers y Marieke Van Schijndel / Copia este libro de David Bravo / Cultura libre de Lawrence Lessig / No Logo de Naomi Klein / La máquina de los memes de Susan Blackmore / La ciencia de la belleza de Urlich Renz / Armas, gérmenes y acero de Jared Diamond / Cómo funciona la mente de Steven Pinker / Sistemas emergentes de Steven Johnson / El meme eléctrico de Robert Aunger.

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